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Simónides salvado por los dioses. Grabado de Charles-Nicolas Cochin de un dibujo de Jean-Baptiste Oudry

Picotazos de historia

Un derrumbe, un poeta y un banquete en la Grecia clásica: así nació la mnemotecnia, la técnica para recordar

Hace más de dos mil años, un poeta convirtió una desgracia en un sistema que todavía usamos para recordar listas, nombres y discursos

En el sureste del mar Egeo se encuentra una de las trece regiones administrativas que forman la actual República de Grecia. En esta región del Egeo Meridional encontraremos el archipiélago del Dodecaneso (palabra que en griego significa «doce islas»), formado por un total de 163 islas, de las cuales 26 están habitadas. La tercera de mayor tamaño es la isla de Cos.

Esta alargada isla, de 45 kilómetros de largo por 11 de ancho, será la patria de uno de los poetas más notables de la Antigüedad: Simónides de Cos.

Simónides representado en la obra Las Crónicas de Núremberg

Simónides fue miembro de la nobleza local y estaba emparentado con famosos campeones y atletas deportivos, por lo que desde muy pequeño estuvo en contacto con un tipo de composición poética característico de estas actividades: el epinicio.

Este es el nombre de un subgénero poético (odas e himnos) destinado a ensalzar al vencedor de una competición atlética. Poetas como Píndaro o Baquílides fueron famosos por este tipo de composiciones y, por supuesto, Simónides.

Frisando la treintena, Simónides decidió abandonar su patria y viajar a Atenas, poniéndose al servicio de Hiparco, que era el nombre del tirano de la ciudad. Allí estuvo hasta el año 514 a. C., fecha de una revuelta que le costó la vida a Hiparco. Por motivos de salud —debido a su cercanía con el desaparecido tirano ateniense— viajó a Tesalia, donde sirvió a las poderosas familias de los Escópadas y los Aleuadas.

Con motivo del inicio de las guerras médicas (guerras con Persia que durarían del 499 hasta el 449 a. C.) decide regresar a Atenas. Para entonces, era ya un artista consagrado. Era famoso por ser el primero en exigir un pago por su arte, mostrando así un orgullo profesional al declarar sus creaciones y declamación como trabajos que debían ser remunerados. Se decía que fue el creador de cuatro letras del alfabeto griego: omega, eta, xi y psi.

Fuera por su fama o por otro motivo, el hecho es que se le comisionó la composición de un epigrama en honor de los atenienses caídos en la batalla de Maratón (490 a. C.). Este tipo de composiciones eran su especialidad y las que más fama le dieron. Curiosamente, aquella por la que es más conocido es la que jamás compuso.

Me estoy refiriendo al famoso epitafio al rey Leónidas y sus trescientos espartanos caídos defendiendo las Termópilas: «Caminante, ve a Esparta y di que, cumpliendo sus leyes, aquí yacemos». Que se le ha atribuido a lo largo del tiempo.

Simónides pasó los últimos años de su vida en Sicilia, apreciado y protegido por Hierón de Siracusa y Terón de Acragante. Falleció en esta última ciudad en el año 468 a. C. y allí fue enterrado con honores.

Esta introducción, un poco larga, acerca de la figura de Simónides, era necesaria para que comprendieran a la persona y su tiempo en relación con un relato que nos cuentan Cicerón y el poeta latino Quintiliano.

En su obra De oratore, Marco Tulio Cicerón nos presenta al poeta en casa de un noble tesalio, jefe de una de las facciones políticas de esa polis griega. El noble —con el apropiado nombre de Escopas— era alegre y bebedor, buen anfitrión, pero también persona que conoce el valor de las cosas y gusta de pagar lo justo.

Escopas dio un banquete y, por tal motivo, invitó a Simónides y le encargó que compusiera una oda en su honor y la declamara durante la celebración. Así lo hizo el poeta, y en su composición no solo alabó al anfitrión, pues buena parte del poema fue un canto a los gemelos Cástor y Pólux (mellizos conocidos como los Dióscuros, que significa «hijos de Zeus». Fueron hijos de distintos padres: Cástor, hijo de Zeus y, por tanto, semidiós; y Pólux, mortal e hijo de Tíndaro, rey de Esparta).

El poema y la declamación gustaron mucho. Escopas estaba encantado pero, tal vez por efecto del vino que se estaba consumiendo durante el banquete, se quejó de que solo pagaría la mitad del precio, pues él solo era mencionado en la mitad de la composición. Si el poeta quería cobrar el resto, debería reclamárselo a los Dióscuros, a los que tan buen servicio había hecho.

Continuó el banquete entre risas y buen humor, aunque no demasiado por parte de Simónides, para quien los asuntos de dinero eran sagrados (el buen señor tenía fama de avaro). En esas estaba, cuando le avisan de que en la puerta de la casa le esperan dos jóvenes. Afirmaban que el motivo era urgente y no admitía demora. Simónides se encaminó a la puerta del hogar de Escopas, pero no encontró a nadie allí. Quedó pensando qué pudo haber sucedido cuando se produjo un horrísono sonido que provenía de la casa. Se giró y vio cómo, con gran estrépito, se derrumbaba el techo de la sala que acababa de abandonar. Simónides fue el único superviviente, y se consideró que los Dióscuros habían pagado a Simónides por el poema.

No termina ahí la historia. Los habitantes de Tesalia se pusieron a trabajar para liberar a los supervivientes y rescatar los cuerpos de los sepultados. En vano fue lo primero, pues no hubo más superviviente que Simónides. En cuanto a lo segundo, encontraron que los cuerpos estaban tan magullados y maltratados por los escombros que apenas eran reconocibles.

Los familiares de los difuntos pidieron ayuda a Simónides por si podía identificar los cuerpos. El poeta no tenía conocimiento de muchos de ellos, pero logró reconstruir en su mente la posición de cada una de las mesas de la sala, quiénes estaban sentados en ellas y en qué orden. De esta manera, pudieron ser identificados todos los cuerpos.

Es por esta anécdota, que nos cuentan Cicerón y Quintiliano, que se considera a Simónides como el creador de la mnemotecnia. Esto es: las técnicas que facilitan la memorización por medio de la asociación mental para facilitar el recuerdo.