Prisioneros en una mazmorra es un dibujo de Mary Evans
Picotazos de historia
Calabozos, mazmorras y agujeros del miedo: así eran las celdas más crueles de la Edad Media
En muchísimos castillos, palacios, fortalezas y casas nobles se encontraron dependencias a las que se atribuyeron las más truculentas funciones
Todos ustedes habrán visto películas ambientadas en la Edad Media o, lo que ahora es más común, de las llamadas de magia y fantasía. Estas últimas están encuadradas en mundos más o menos fantásticos, con un cierto aire medieval (lo importante es saber manejar la espada y lanzar hechizos). Pues bien, una de las escenas más recurrentes y requeridas en este tipo de películas es la que muestra lóbregas y siniestras mazmorras; y es sobre este tema que les voy a hablar hoy. En concreto, de un tipo muy especial de celda.
La creación de un lugar específico para mantener encerrados a los prisioneros y cautivos es tan antigua como la capacidad del ser humano para pegarse con alguien, pero de la primera que tenemos constancia de su construcción con este fin específico y con nombre propio es del Tullianum de Roma.
Tulio Hostilio (670–638 a. C.) fue el tercer rey de Roma y el promotor de la construcción de una prisión estatal que recibiría de él su nombre. El Tullianum estaba situado en la ladera noroeste del monte Capitolino. Era una carcer, una cárcel, y en ella se guardaban los prisioneros. Pero en su interior había un pozo o silo subterráneo, «...de doce pies de profundidad bajo el suelo» y en forma de botella, según nos relata Suetonio. Era en este lugar donde se arrojaba a los peores criminales para que, en medio de la oscuridad y con la salida visible pero inaccesible, murieran lentamente de hambre, locura y desesperación.
La Cárcel Mamertina, en la antigüedad Tullianum
El diccionario de la Real Academia Española define calabozo como el lugar donde se encierra a determinados presos, y señala que también es el nombre que se da a un tipo de fortificación y a la guarnición que la protege. La palabra viene del latín calafodium, que nos da una idea de cavar, hacer un agujero. Por otro lado, tenemos la palabra de origen árabe mazmorra que, según la RAE, tiene un significado algo más preciso: prisión subterránea. Ambas palabras definen el lugar donde se tiene retenidos, en diferentes grados de comodidad, a los prisioneros.
Piensen que hasta el siglo XVIII no era extraño encontrar estos lugares en un castillo, palacio o casa principal, donde se retenía a los delincuentes o a los infractores. En su defecto, hacía funciones algún lugar dentro del ayuntamiento o del pósito local (lugar donde se guardaba el grano municipal para el reparto entre los vecinos necesitados) o alfolí.
Pues bien, existe un tipo especial de celda, o más bien una celda con unas características particulares, que puede encontrarse —o no— en los calabozos y mazmorras. Estos sitios se conocen con el nombre francés de oubliette, o angloch en alemán. La palabra francesa hace referencia al olvido: quien era allí encerrado, era olvidado para siempre. La palabra alemana tiene dos vertientes: por un lado, es una derivación del latín angustus, que significa «angosto», y por otro, del alemán, donde se refiere al «agujero del miedo».
La corriente artístico-literaria romántica del siglo XIX nos dejó una imagen —no siempre acertada pero repetida hasta la saciedad— que cuajó en el imaginario popular. Así, en muchísimos castillos, palacios, fortalezas y casas nobles se encontraron dependencias a las que se atribuyeron las más truculentas funciones, pero que no eran otra cosa que silos, almacenes o pozos de letrina.
Pero, aunque la realidad nos muestra que este tipo de lugares —las oubliettes— son escasos, no por ello dejaron de existir. Y no solo porque cronistas como Jean Froissart (1337–1404) nos los nombran y describen, sino también porque el mero hecho de que existan ejerce un saludable efecto disuasorio sobre su posible usuario. Podemos encontrar un magnífico ejemplo de ello en Inglaterra.
Originalmente construido por Guillermo el Conquistador en el año 1068, el castillo de Warwick es uno de los más imponentes ejemplos de arquitectura militar y de su transformación en residencia palaciega. Visitándolo, encontré una espada en una de las numerosas y artísticas panoplias que adornan sus paredes, en cuya hoja estaba grabada la leyenda: «Viva mi rey Carlos IV».
Pues bien, en una de las torres del lado oeste, se baja a lo que indican como las mazmorras del castillo. Al final de un estrecho pasillo, en el suelo, encontramos una abertura de unos 40 x 40 centímetros cerrada con una reja de hierro. Esa es la entrada de la oubliette del castillo de Warwick.
La celda, si se le puede llamar así, tiene unos cuatro metros de largo, pero apenas unos cuarenta o cuarenta y cinco centímetros de ancho y de alto, y se encuentra a unos tres metros de profundidad. En algunos puntos, las dimensiones se reducen unos centímetros. El suelo de esta celda está hecho de argamasa y guijarros irregulares con sus puntas hacia arriba. El prisionero era bajado con una cuerda al fondo de la celda. Allí solo podía permanecer boca abajo sobre los incómodos guijarros o de pie en la estrecha chimenea de bajada. Estaba en un lugar tan angosto que no podía girarse, ni cambiar de postura, ni extender los brazos. Allí quedaba abandonado a la claustrofobia, la oscuridad, la humedad, el miedo y la desesperación.
Hay otros tipos de agujeros del miedo más comunes, y son los de tipo horizontal. El prisionero era bajado a un pozo cada vez más estrecho, pero no lo suficiente como para impedir la normal respiración. Allí quedaba emparedado, sin poder moverse, girar y, mucho menos, salir. Con la única posibilidad de alzar la cabeza para buscar alguna luz que se filtrara de la trampilla que cerraba su tumba en vida.
Ejemplos de estos tenemos en los castillos de Leap (Irlanda), Conwy (Gales, Reino Unido), así como en fortalezas y castillos de Alemania, Hungría, Rumanía y Turquía. En este último país parece que era una modalidad de disposición de los enemigos bastante popular.
En la Bastilla de París, hoy completamente destruida, existió lo que se afirmó que era una espeluznante mazmorra oubliette. El arquitecto y restaurador Viollet-le-Duc nos dejó una interpretación muy personal de cómo debió de ser. Durante mucho tiempo se mostró la ilustración del arquitecto —en la que se veía una construcción subterránea en forma de botella con una estrecha apertura en la parte superior— mientras se relataban las supuestas torturas y sufrimientos de las víctimas allí arrojadas. Hoy sabemos que dicha cámara servía para el almacenamiento y conservación del hielo.
Lo dicho. La mayoría de las mazmorras, calabozos y salas de tortura —por no hablar de los angloch y oubliette— que se muestran para el estremecido placer de los turistas son producto de la imaginación o del interés por el euro/dólar/libra. Mucho más si les señalan una de estas estrechas cámaras de angustia. Pero, como las meigas, «haberlas, haylas».