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Sirena y sireno, 1866. Artista popular ruso desconocido

Sirena y sireno, 1866. Artista popular ruso desconocido

Picotazos de historia

El empresario que engañó a toda América con una sirena hecha de mono y salmón

Examinó «la sirena» y acordó alquilársela al Museo de Boston por la bagatela de 12,50 dólares semanales. Con el objeto asegurado, Barnum empezó a organizar el timo

Phineas Taylor Barnum (1810–1891) es una figura legendaria dentro del mundo del espectáculo en general y del circense en particular. Asociado con el empresario James Anthony Bailey, fue el creador de «el mayor espectáculo del mundo», gira de espectáculos circenses que se convertiría en lema asociado con el mundo del circo.

El circo Barnum & Bailey acabó siendo adquirido, en 1907, por otros gigantes del mundo circense: los hermanos Ringling. El Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus continuó manteniendo la tradición del espectáculo del circo hasta su cierre definitivo en 2017.

Cartel del Ringling Bros (1899)

Cartel del Ringling Bros (1899)

Pero el señor Barnum también fue muy famoso en relación con una faceta algo más turbia: la de muñir y amañar todo tipo de engaños y embelecos que ofrecía para la contemplación de los crédulos, por un mísero precio, por supuesto. Una actividad tan antigua como los artistas circenses (ilusionistas, funambulistas, acróbatas, domadores, etc.).

Para que se hagan una idea del pelaje del individuo, en 1835 compró una esclava negra llamada Joice Hetz. La pobre mujer tenía cerca de ochenta años, estaba ciega y semiparalítica, por lo que debió comprarla por un par de dólares. Joice aparentaba mucho más, arrugada y consumida como estaba por una vida de trabajos y padecimientos. Pues bien, Barnum (que entonces contaba veinticuatro años de edad) la adecentó un poco y la anunció como la esclava que cuidó de George Washington niño.

El asombroso caso de la mujer que puso los primeros pañales al padre de la patria y que ha alcanzado la portentosa edad de ciento cuarenta y un años.

La pobre anciana fue exhibida por primera vez el 10 de agosto de 1835. Para poder tener el privilegio de contemplarla, había que pagar una entrada de medio dólar, y esta balbuceaba algunas historias que la habían hecho aprender y canturreaba el himno nacional. Se calcula que reportaba a Barnum unos mil quinientos dólares semanales netos de 1835. Barnum exprimió a la gallina de los huevos de oro. Mantuvo a la anciana en exhibición continua, con jornadas de diez y doce horas, hasta su fallecimiento el 19 de febrero de 1836.

Promoción del espectáculo en The Allentown Democrat (10 de mayo de 1917)

Promoción del espectáculo en The Allentown Democrat (10 de mayo de 1917)

Para rebañar el negocio, Barnum organizó una autopsia pública del cadáver de Joice: un dólar el asiento y más caro si se quería estar próximo al forense mientras llevaba a cabo la autopsia. Esta era la calaña del individuo.

Una de las estafas o engañifas más renombradas de Barnum es la conocida como «la sirena de Fiji». Invención algo compleja de la que Barnum se aprovechó, pero no creó. Déjenme que les explique.

Hay dos orígenes diferentes en la historia. El primero nos dice que la sirena fue adquirida en Batavia (capital de las Indias Orientales Holandesas, actual Yakarta) por el capitán de un ballenero norteamericano, en 1822. La otra historia nos dice que el capitán Samuel Barret Edes la adquirió, por la misma fecha, a unos marineros japoneses. Este marino hacía rutas comerciales en Extremo Oriente y nos dejó una correspondencia y documentación de sus actividades.

En ese tiempo era posible adquirir composiciones frankestein a los marineros japoneses, que veían en ello una fuente extra de ingresos. Se trataba de remiendos que hacían con cabezas y torsos de mono, cuerpos de truchas u otros pescados; se podían poner una o dos cabezas, etc. Van Overmeer, gestor de un puesto comercial en el puerto de Nagasaki, describe cómo era posible adquirir estas sirenas, así como otras muchas criaturas, y que estas eran fabricadas por los locales para su comercio. El holandés señala que estos monstruos fabricados podían adquirirse a un precio razonable para luego vendérselos a un incauto en Batavia por cien veces lo pagado.

Como fuere, para el año 1822 «la sirena» estaba en posesión del capitán Samuel Barret Edes, quien la estuvo exhibiendo en el Turf Coffee House de St. James Street, Londres. Allí estuvo durante años, para deleite del público que la bautizó como «la sirena de Fiji». En 1842 está documentado que el hijo del capitán Edes vendió «la sirena» al señor Moses Kimball, propietario del Museo de Boston que había abierto el año anterior.

Phineas Taylor Barnum

Phineas Taylor Barnum

Barnum, que para estos asuntos tenía el olfato de un lebrel, inmediatamente contactó con Kimball, a quien conocía desde hacía tiempo. Examinó «la sirena» y acordó alquilársela al Museo de Boston por la bagatela de 12,50 dólares semanales. Con el objeto asegurado, Barnum empezó a organizar el timo.

Primero hizo que se enviaran cartas anónimas a diferentes periódicos de los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania, informándoles de que un tal Dr. J. Griffin, recién llegado de un viaje científico y de exploración por Sudamérica, estaba en posesión de un objeto asombroso.

La siguiente fase del plan consistió en convertir a uno de los socios de Barnum, de nombre Levi Layman, en el doctor Griffin. Vestido con ropas de lino blanco, rostro atezado y ademanes desenvueltos, el falso doctor se alojó en un conocido hotel de la ciudad de Filadelfia. Esta ciudad, una de las mayores e históricamente más importantes de Estados Unidos, está estratégicamente situada entre Nueva York y Washington D. C., y en la linde entre los estados de Nueva Jersey y Pensilvania.

Volviendo al doctor, pronto se hizo popular por las anécdotas que relataba y su generosidad para con otros distinguidos huéspedes del hotel y personas de categoría, a quienes invitaba a cenar o a copas. A unos pocos huéspedes, de más íntimo trato, y al dueño del hotel, les reveló en confidencia el maravilloso descubrimiento que había hecho durante su viaje y les mostró «la sirena».

Sirena Fiji

Sirena Fiji

Pronto la noticia fue conocida. Los periódicos hilaron con las cartas anónimas que habían recibido y publicaron como confirmado lo que solo era un rumor fabricado: había un científico que había regresado de Sudamérica con un ejemplar único de las míticas sirenas. La prueba de su existencia real.

Una vez en marcha el timo, Layman/Griffin se mudó a Nueva York, donde Barnum ya estaba calentando el ambiente y organizando unas exclusivas visitas para poder admirar la increíble prueba de las mitológicas criaturas.

Cuando el falso doctor llegó a Nueva York, toda la ciudad estaba en ascuas en relación con lo que traía. Barnum negoció el privilegio de unas visitas exclusivas junto con una explicación personal del doctor por cincuenta dólares por persona. Solo para muy selectos individuos.

Tras una muy rentable semana, se pasó a la siguiente fase: se alquiló una sala de conciertos donde se exhibió la maravillosa pieza. El precio para admirarla sería más económico, pero el doctor solo daría unas cuantas conferencias aparte. Tanto la visita para ver la sirena como para escuchar al doctor requería la compra de un billete de entrada.

Los anuncios presentaban a la Sirena Fiji como una criatura hermosa

Los anuncios presentaban a la Sirena Fiji como una criatura hermosa

Y aquí se puso en funcionamiento la última fase de la operación. Y es que Barnum organizó una discreta venta de «la sirena» al Museo Peabody de Arqueología y Etnografía de la Universidad de Harvard, mientras estaba generando dinero con las visitas. Nunca se supo el precio de compra ni los beneficios que generó el timo, pero debieron de ser muy altos. ¿El señor Kimball, propietario del bicho y socio de Barnum? Se quedó sin su sirena, pero nunca se quejó de nada ni reclamó, por lo que se sospecha que debió de haber algún acuerdo bajo mano.

Recientemente se ha examinado la sirena. El dictamen es que se trata de un compuesto de cabeza y torso de mono cosido al cuerpo de un salmón. Los brazos de la sirena son en realidad las patas con garras de un dragón de Komodo.

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