La batalla de la bahía de Vigo, 23 de octubre de 1702, de Ludolf Backhuysen
La batalla de Rande, el ataque que destruyó la Flota de Indias en Vigo en 1702
La resistencia española se vio superada por la superioridad numérica y técnica de la infantería de marina inglesa y holandesa
El 23 de octubre de 1702, las aguas de la ría de Vigo dejaron de ser el refugio seguro que la Corona de España buscaba desesperadamente. En el estrecho de Rande, un paraje donde la geografía gallega se estrecha como un cuello de botella, se libró uno de los enfrentamientos más dramáticos y simbólicos de la Guerra de Sucesión Española.
Una España en la encrucijada
A principios del siglo XVIII, España era el tablero de ajedrez sobre el que se decidía el destino de Europa. Tras la muerte sin descendencia de Carlos II, el Hechizado, el trono español quedó en manos de Felipe V, el primer Borbón. Sin embargo, la Gran Alianza de La Haya (Inglaterra, Holanda y Austria) no estaba dispuesta a permitir una hegemonía franco-española.
En este clima de tensión, la Flota de Indias, el cordón umbilical que unía a la Monarquía Hispánica con sus virreinatos americanos, se convirtió en el objetivo prioritario. Aquel año, el cargamento era excepcional: diecinueve galeones españoles bajo el mando del almirante Manuel de Velasco y Tejada, escoltados por una potente escuadra francesa de veintidós navíos, a las órdenes del vicealmirante Château-Renault. En sus bodegas viajaba la mayor cantidad de plata, oro y especias jamás transportada desde el Nuevo Mundo.
Debido al bloqueo de Cádiz por parte de la armada angloholandesa, la flota puso rumbo al norte. El 22 de septiembre de 1702, los galeones entraron en la ría de Vigo. Por orden del Consejo de Indias, la carga no podía desembarcarse en un puerto que no fuera el gaditano, pero la urgencia de la guerra y la presencia de los enemigos obligaron a una excepción histórica.
Los españoles y franceses se refugiaron al fondo de la ría, en la ensenada de San Simón, tras el estrecho de Rande. Con un ingenio táctico notable, extendieron una pesada cadena de hierro, madera y cables de una orilla a otra, protegida por los fuertes de Rande y Corbeiro. Parecía una fortaleza inexpugnable. Sin embargo, el tiempo jugaba en su contra. Mientras los bueyes gallegos transportaban parte del tesoro hacia el interior del reino, la flota angloholandesa, comandada por el almirante George Rooke, localizaba su posición.
El estruendo de los cañones
La mañana del 23 de octubre, el almirante inglés, consciente de que no podía maniobrar fácilmente en el estrecho, desembarcó tropas en ambos márgenes para tomar los fuertes por tierra. La resistencia española se vio superada por la superioridad numérica y técnica de la infantería de marina inglesa y holandesa.
Una vez neutralizadas las defensas terrestres, el navío inglés Torbay, bajo el mando de sir Thomas Hopsonn, aprovechó un viento favorable para lanzarse a toda vela contra la gran cadena. El impacto fue brutal. La barrera cedió y la armada aliada penetró en la ensenada.
Relación verdadera de la victoria obtenida en Vigo en Galicia sobre las flotas de Francia y de España unidas por la flota combinada de Inglaterra y Holanda el 22, 23 y 24 de octubre de 1702. Texto a cuatro columnas en francés y holandés
Ante la inminente captura de los buques, el almirante Château-Renault dio una orden desesperada: incendiar y hundir los galeones para evitar que el enemigo se hiciera con el botín y las naves. Los navíos españoles y franceses se convirtieron en antorchas flotantes en medio de la ría. La flota francesa fue prácticamente aniquilada y los galeones españoles capturados o hundidos. No obstante, el análisis histórico riguroso matiza la magnitud del botín obtenido por los ingleses.
Las investigaciones más recientes, basadas en los archivos de la época, sugieren que la mayor parte de la plata del rey (la quinta parte del cargamento destinada a la Corona) ya había sido desembarcada y enviada a Lugo y Segovia antes del ataque. Lo que los ingleses se llevaron —y lo que se hundió con los barcos— fue principalmente la plata de particulares, especias, tintes y maderas nobles.
El mito de los tesoros hundidos
La batalla de Rande no terminó con el último cañonazo. En el imaginario colectivo, el fango de la ría de Vigo custodia aún toneladas de oro. Este mito fue inmortalizado por Julio Verne en su obra Veinte mil leguas de viaje submarino, donde el capitán Nemo visita los restos de los galeones para financiar sus expediciones.
«Aquel tesoro pertenecía a los vencidos, y ahora me pertenecía a mí. ¿Quién me hubiera dicho que aquellas aguas de Vigo escondían tales riquezas?», escribe Verne en la voz de su protagonista.
El capitán Nemo y su tripulación recogen los tesoros hundidos en la bahía
Más allá de la ficción, la realidad arqueológica es más austera. El ambiente anaeróbico del lodo de la ría ha conservado restos de madera y algunos objetos, pero las numerosas expediciones de rescate realizadas desde el siglo XVIII hasta hoy han confirmado que el verdadero tesoro de Rande no es el oro, sino el valor histórico de los pecios que aún descansan bajo las aguas gallegas.
Hoy, un monumento de columnas en el monte del Castro, en Vigo, recuerda a los caídos. El estrecho de Rande está ahora cruzado por un puente moderno, una joya de la ingeniería que une las dos orillas que un día estuvieron separadas por una cadena de hierro. Pero cuando la marea baja y el sol se pone sobre las islas Cíes, es difícil no imaginar el resplandor de los galeones y el eco de una batalla que cambió el rumbo de la Europa moderna.