Bismarck en julio de 1891
Picotazos de historia
El escándalo de la fotografía del canciller Bismarck en su lecho de muerte
Cuando la muerte de Bismarck era inminente, dos fotógrafos se acercaron a su finca tras sobornar a un guardabosques que debía avisarles y facilitarles la entrada
A las 11:00 de la noche del 30 de julio de 1898, fallecía pacíficamente en su villa de Friedrichsruh quien fuera el creador del Segundo Imperio alemán, así como de un sofisticado sistema de alianzas internacionales orientado a garantizar la seguridad y supremacía de Alemania.
Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen (1815-1898), conde y príncipe Bismarck y duque de Lauenburgo, unificó el mosaico de reinos y principados alemanes en un único Estado regido por la casa de Hohenzollern. Para lograrlo, necesitó de tres guerras:
La primera contra Dinamarca, en 1864, lo que supuso para Prusia la adquisición de los ducados de Schleswig, Holstein y Lauenburgo; luego contra el Imperio austrohúngaro, en 1866, cuya victoria en Sadowa dio lugar a la Confederación Alemana del Norte, con Prusia como Estado hegemónico, y por último, contra el Imperio francés, cuya derrota permitió la proclamación del Segundo Imperio alemán en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, en 1871.
En 1888 murió el emperador Guillermo I, seguido casi inmediatamente por su hijo Federico Guillermo, por lo que se entronizó a su nieto Guillermo II, quien tenía sus propias ideas. Este pronto entró en conflicto con el viejo canciller, lo que derivó en la renuncia de Bismarck en 1890.
Congreso de Berlín, cuadro de Anton von Werner ; en el centro: Otto von Bismarck
El «canciller de Hierro», como ya empezaban a llamarle respetuosamente, se trasladó a unas tierras que poseía en Varzim, en la actual Polonia. Tras el fallecimiento de su esposa (1896), se instaló en la casa familiar de Friedrichsruh.
Sería en este lugar donde pasaría sus últimos años, cada vez más retirado y solo preocupado por escribir sus memorias, muy críticas con Guillermo II, por cierto. Su salud declinó, y en marzo de 1898 era notorio que el fin no tardaría en llegar.
Cuando fue evidente que había entrado en la fase final de su vida, se desplazaron a los alrededores de la casa el fotógrafo Max Priester y el fotógrafo de la corte Willy Wilcke. Ambos habían sobornado a un guardabosques de la finca —de nombre Louis Sparcke— para que les avisara cuando se acercase el momento y —aún más importante— les ayudara a introducirse en la casa.
Y es que tanto Priester como Wilcke tenían el objetivo de conseguir una fotografía del canciller de Hierro en su lecho de muerte. Ya habían contactado con algunos periódicos, cuya respuesta no fue de interés, sino de avidez. Estaban dispuestos a pagar verdaderas fortunas por una imagen así.
En torno a las cuatro de la madrugada del 30 al 31 de julio, el infiel guardabosques ayudó a los dos fotógrafos a introducirse en la casa de los Bismarck. Conocedor del interior, los condujo hasta el dormitorio del difunto. Prepararon el equipo fotográfico, manipularon el cadáver —al cual ya le habían atado un pañuelo alrededor de la cabeza para evitar que se le abriera la boca por la relajación muscular— y procedieron.
Bismarck en su lecho de muerte
Sacaron varias placas del difunto, utilizando magnesio para iluminar la estancia. Una vez concluida la sesión fotográfica, y tras recoger con cuidado el material que transportaban, abandonaron la casa y se dirigieron lo más rápidamente posible a Berlín para revelar las placas.
La publicación de la fotografía, que tuvo una enorme difusión, demostró la importancia que tendría esta en el futuro de las noticias y de la manipulación informativa. Supuso un gran escándalo y levantó una enorme indignación en una parte de la sociedad alemana, especialmente entre los miembros de la familia Bismarck. Se había violado la intimidad familiar y la privacidad del hogar, asaltando este con nocturnidad. Estaban furiosos, y buena parte de la sociedad les daba la razón.
La fotografía muestra un dormitorio como el de cualquier persona, lleno de pequeños cachivaches que cualquiera pudiera tener: un timbre (con sus cables) cerca de la cabecera de la cama, un reloj (modelo de viaje, pero sin la funda de cuero) sobre la mesilla y, especialmente enternecedor, el orinal sobre la silla situada a la izquierda de la imagen. Al cadáver le colocaron unos almohadones detrás de la cabeza para mantenerla erguida y captar sus rasgos con nitidez. Se trata de un notable documento de la humanidad y mortalidad del gran estadista, aunque con escaso margen para la dignidad de la persona, según los baremos de la época.
Al final, la fotografía fue retirada por la mayoría de los periódicos, solo después de que la familia Bismarck amenazara con una demanda, pero el daño ya estaba hecho. La difusión de la imagen fue mundial y se consolidó como documento histórico cargado de simbolismo. Mostraba el final de quien había marcado una era y forjado naciones, así como la creciente importancia de los periódicos como guía de la opinión pública, y la relevancia de la imagen —mucho mejor la fotografía, por ser imagen real, que el dibujo fruto de la plumilla del ilustrador gráfico— para dar mayor realismo y dramatismo a la noticia.
Las placas originales fueron confiscadas y no volvió a aparecer ninguna imagen de la icónica fotografía hasta que el Frankfurter Illustrierte obtuvo permiso para publicarla en 1952.