Mehmet Ali en 1840. Retrato de Auguste Couder
El día que Mehmet Ali quiso desmantelar las pirámides de Egipto
En pleno siglo XIX, Mehmet Ali gobernaba Egipto con mano firme y ambición modernizadora. En su afán por transformar el país, surgió una idea audaz: desmontar la Gran Pirámide de Guiza
Egipto, a comienzos del siglo XIX, era un país en plena transformación. Su control nominal estaba en manos del Imperio otomano, pero en la práctica, la autoridad recaía en un hombre ambicioso y despiadado: Mehmet Ali. Gobernador de Egipto desde 1805, este militar de origen albanés había conseguido consolidar su poder tras eliminar a los mamelucos en la infame Masacre de la Ciudadela (1811), un episodio de brutal eficacia en el que invitó a los principales líderes de la élite de los mamelucos a un banquete solo para emboscarlos y exterminarlos sin piedad, lo que zanjó cualquier cuestión sobre quién debía ostentar, en adelante, el poder sobre Egipto.
Desde entonces, Mehmet Ali gobernaría Egipto con una visión pragmática: su objetivo no era solo afianzar su poder, sino modernizar el país y convertirlo en una potencia regional. Introdujo reformas en el ejército, impulsó la industria y emprendió grandes proyectos de infraestructura para mejorar la agricultura y el comercio. Pero, como todo gran reformador con una obsesión por la eficiencia, su mirada no estaba puesta en la conservación del pasado, sino en la utilidad del presente.
Fue en este contexto que surgió una idea inquietante: desmantelar la Gran Pirámide de Guiza para aprovechar su piedra en obras públicas.
La pirámide como cantera
¿Seríamos capaces de imaginar a nuestros gobernantes proponiendo el desmantelamiento del acueducto de Segovia para construir un nuevo hospital o puente? Algo así fue la propuesta de del entonces valí de Egipto. A ojos de Mehmet Ali, las pirámides no eran más que gigantescas acumulaciones de piedra sin propósito alguno. Monumentales, sí, pero inútiles. ¿Por qué mantener intactas aquellas estructuras arcaicas cuando sus piedras podían servir para algo mucho más práctico?
Sus diques, sus fortalezas, sus palacios… todo requería materiales en grandes cantidades, y las pirámides estaban ahí, al alcance de la mano, con bloques perfectamente tallados listos para ser reutilizados.
No era una idea nueva. A lo largo de la historia, muchas construcciones faraónicas habían sido saqueadas para alimentar otros proyectos. Incluso siglos atrás, en el siglo XII, el sultán ayubí Al-Aziz Utman, hijo de Saladino, había intentado demoler la Gran Pirámide. Su fracaso dejó una cicatriz visible en la cara norte del monumento, una huella de que la solidez de la pirámide era casi invulnerable. Pero Mehmet Ali no era un hombre que se detuviera ante los desafíos físicos. Si la pirámide debía caer, caería.
El ingeniero francés y el cálculo de la locura
Para evaluar la viabilidad del proyecto, Mehmet Ali consultó a Jean-Baptiste Cécile, un ingeniero francés con experiencia en obras de gran envergadura. Sus órdenes eran claras y directas: estudiar cómo se podía desmontar la pirámide y reutilizar sus piedras de la manera más eficiente posible.
Cécile hizo sus cálculos con frialdad. Midió los bloques, evaluó los métodos de extracción y analizó los costes del traslado. El ingeniero comunicó al valí sus conclusiones de manera contundente: demoler la Gran Pirámide no solo era un proyecto titánico, sino también completamente irracional.
Los bloques de piedra eran demasiado grandes y pesados para ser transportados con facilidad. La cantidad de mano de obra necesaria para desmontar la pirámide era absurda, y el tiempo requerido para completar la operación haría que la obra se extendiera por años. Además, Cécile señaló algo evidente pero que nadie había considerado con seriedad: las canteras de piedra caliza seguían existiendo y resultaba más barato extraer nuevos bloques que tratar de reutilizar los de la pirámide.
Mehmet Ali, hombre pragmático hasta la médula, no insistió en la idea. Para él, el problema no era la preservación del patrimonio ni el respeto a la historia de Egipto, sino la eficiencia. Si desmantelar la pirámide era más costoso que extraer nueva piedra, entonces el asunto estaba resuelto: la pirámide podía seguir en pie.
La Gran Pirámide de Guiza, en El Cairo, Egipto
Así, casi por accidente, la Gran Pirámide de Guiza sobrevivió a uno de los mayores peligros que había enfrentado en su historia moderna. No fue salvada por un decreto de protección patrimonial ni por reconocimiento de su valor histórico, sino simplemente porque no valía la pena destruirla.
Las pirámides: supervivientes de la historia
El episodio del intento fallido de derribo de la Gran Pirámide es solo una de las muchas historias que demuestran la asombrosa resistencia de estos monumentos. A lo largo de los siglos, las pirámides han sobrevivido a terremotos, invasiones, saqueos y la indiferencia de gobernantes más preocupados por el presente que por el pasado.
Hoy, la Gran Pirámide sigue en pie, desafiando el tiempo y recordándonos que, en ocasiones, la historia se preserva no por el respeto, sino por la imposibilidad de su destrucción. Mehmet Ali quiso verla desarbolada, pero su propia lógica lo traicionó. Y así, sin saberlo, se convirtió en uno de los muchos hombres que intentaron destruir el pasado y fracasaron en el intento.