El triunfo de la Santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa. Obra de Marcelino Santa María Sedano
Cuando el Papa Gregorio VII reclamó España para la Santa Sede
Durante su pontificado, Gregorio VII impulsó la centralización y el poder papal sobre toda la cristiandad, lo que marcó especialmente su política hacia los territorios hispánicos
El Papa Gregorio VII (1020-1085) desempeñó un papel crucial en las relaciones entre la Santa Sede y los reinos de España, en un contexto de profundas reformas eclesiásticas conocidas como reforma gregoriana. Durante su pontificado, Gregorio VII impulsó la centralización y el poder papal sobre toda la cristiandad, lo que marcó especialmente su política hacia los territorios hispánicos. Buscó asegurar la supremacía de la Santa Sede sobre España, al menos en términos de jurisdicción espiritual y uniformidad litúrgica, viendo en ambas condiciones la base de la reforma y unidad de la Iglesia de Roma.
El Papa sostuvo que «España pertenecía a san Pedro», es decir, a la Sede Apostólica, y así lo manifestó en varias de sus cartas, en las que expresaba lo siguiente: «El reino de España desde antiguo ha sido por derecho propio de san Pedro y, aunque haya sido ocupado durante mucho tiempo por los paganos, no por ello la ley de justicia ha sido anulada; no pertenece, pues, a ningún mortal, sino únicamente a la Sede Apostólica».
San Gregorio VII
Justificaba esta reclamación refiriéndose a una supuesta antigua donación, cuyo valor y vigencia no se habrían perdido con el paso del tiempo ni con las ocupaciones musulmanas. Por ello, exigía que los territorios que fuesen recuperados por los cristianos, en el contexto de la Reconquista, se entregasen a san Pedro, es decir, que reconocieran la autoridad y propiedad espiritual y jurisdiccional del Papa en Roma, incluyendo quizá las parias que los territorios musulmanes pagaban a los reinos cristianos.
Esta pretensión fue utilizada, principalmente aunque no de forma exclusiva, como fundamento para reclamar autoridad sobre los reinos peninsulares y promover la reforma eclesiástica. Existía una supremacía papal sobre los reinos hispánicos. Esta reivindicación aparece sobre todo en los inicios de su pontificado y consistía en considerar la Península como patrimonio de Roma, aunque tuvo escaso alcance en términos políticos prácticos posteriores. No obstante, consiguió legitimar la intervención papal en asuntos internos, tanto eclesiásticos como de disciplina real, basándose en la primacía espiritual —el poder religioso— sobre cualquier poder laico.
Se conservan al menos diecisiete cartas de Gregorio VII relacionadas directamente con asuntos españoles, en las que destaca su interés permanente por la implantación de la reforma en los reinos hispánicos. Sus intervenciones principales fueron la imposición del rito romano, desplazando al rito mozárabe (considerado por él herético e impregnado de prácticas supuestamente desviadas), la condena de la simonía (venta de cargos eclesiásticos) y el recordatorio de la exigencia del celibato y la obediencia del clero a la autoridad papal, con cartas y presiones directas hacia los reyes de Aragón, León y Navarra, felicitando a quienes lo adoptaban y advirtiendo a quienes se resistían.
Gregorio VII mostró una clara voluntad de que en España se abandonase el rito mozárabe (hispánico tradicional) y de uniformar la liturgia en favor del rito romano. Justificaba esta medida argumentando que la usanza hispana contenía elementos de herejía y estaba contaminada, por lo que debía volver a la auténtica tradición de la Iglesia universal representada por el rito romano.
Consideraba esta transformación una recuperación de la verdadera fe y de la unidad eclesial, pues veía una conexión directa entre la liturgia (lex orandi) y la doctrina (lex credendi). La introducción del rito romano se convirtió así en un criterio de valor moral para los reyes peninsulares y fue el principal objetivo de su intervención en la reorganización eclesiástica y en la elección de obispos en los reinos hispánicos.
En su actuación en la península, Gregorio VII envió legados papales y recurrió a figuras influyentes, como el abad Hugo de Cluny, para que intercedieran ante los reyes hispanos, especialmente Alfonso VI. Apoyó la renovación del clero y la disciplina eclesiástica, haciendo frente a las resistencias locales y buscando la sumisión de los reyes a las directrices de Roma.
Esto tuvo consecuencias políticas y religiosas. El avance de la reforma gregoriana supuso una mayor presencia e influencia de la Santa Sede en los asuntos españoles, fortaleciendo el control papal, pero también tensionando la independencia política de monarcas como Alfonso VI, que apoyó la reforma en lo estrictamente eclesial, tratando de mantener la autonomía política de sus reinos.
El papa intentó transformar la Iglesia hispánica alineándola con los nuevos principios de la Iglesia romana centralizada y reformista. Aunque proclamó la autoridad de la Santa Sede sobre España, sus esfuerzos solo fructificaron en la reforma eclesial y litúrgica, sin lograr un dominio político directo. La relación entre Gregorio VII y la España de su tiempo fue fundamental para consolidar la influencia papal, sentando las bases de interacción entre la monarquía hispánica y el papado que perdurarían en los siglos siguientes.
No sería hasta 1992 cuando el Papa san Juan Pablo II reconoció y promovió el rito mozárabe, al celebrar en Roma la misa en este rito, convirtiéndose en el primer pontífice en hacerlo. Además, amplió los permisos para su uso en España donde se requiriese por devoción o interés histórico-litúrgico.