Cónclave de 1878 en la Capilla Sixtina
Picotazos de historia
Cuando los cardenales votaban a pan y agua: así nació el cónclave
Si tras esta reducción sus eminencias porfiaban y, tras ocho días más, no se hubiese alcanzado acuerdo, entonces se alimentaría a los cardenales solo con pan y agua
El Papa Gregorio X abandonó la ciudad de Lyon a finales del mes de abril del año 1275. En el mes de mayo del año anterior había inaugurado en la ciudad francesa el segundo concilio que llevaba el nombre de esa ciudad y el decimocuarto de la Iglesia católica. El concilio quedó clausurado el 17 de julio de 1274, pero el pontífice permaneció en la ciudad, ocupado en asuntos relacionados con el concilio y la diplomacia. También su salud aconsejaba tomarse las cosas con tranquilidad; en especial, le molestaba una hernia inguinal de la que se veía aquejado.
Como mencioné antes, abandonó la ciudad en el mes de abril, y para el 14 de mayo lo encontramos en Beaucaire con el rey Alfonso X de Castilla, a quien convence para que retire sus pretensiones a la corona imperial (por cierto, en esa misma entrevista, el hermano de Alfonso X, el infante don Manuel, consiguió un privilegio para que un caballero de la Orden de Santiago estuviera en las comidas del Santo Padre. Este privilegio ya está perdido).
Continúa el viaje, jalonado de paradas, entrevistas y achaques, llegando la noche del 19 al 20 de diciembre a la ciudad de Arezzo. El papa se alojará en el palacio episcopal de la ciudad. La salud del Pontífice empieza a sufrir un rápido deterioro y fallecerá el 10 de enero de 1276. El Papa Gregorio X está enterrado en la catedral de Arezzo.
No diré que la muerte del Papa fue oportuna, pero sí es verdad que Gregorio X, unos meses antes, durante el segundo Concilio de Lyon, había tenido la precaución de presentar una constitución apostólica ante el colegio cardenalicio y episcopal allí reunido, que establecía la reunión del mismo colegio cardenalicio en un lugar cerrado (cum clavis, ‘bajo llave’, en latín). La nueva constitución, promulgada el 16 de julio de 1274, se titulaba Ubi periculum (‘Donde está el peligro’).
El Papa Gregorio X, recibiendo a los hermanos Niccolo y Maffeo Polo
Las disposiciones que se reflejaban en el documento establecían que los cardenales debían reunirse a los diez días de la muerte del Pontífice, en el lugar donde se hubiese producido el fallecimiento y en el mismo edificio. Solo podría acompañar a cada cardenal un secretario, y todos vivirían en una habitación común sin contacto con el exterior.
Cualquier intento de comunicación estaría penado con la excomunión a toda persona que hubiera participado o tenido conocimiento, y durante la vacante de la silla de san Pedro todos los ingresos de las rentas de los cardenales serían retenidos por el camarlengo. La totalidad de estas rentas le sería entregada al nuevo Pontífice.
La constitución Ubi periculum también establece que se admitiría a los cardenales que llegasen tarde, incluso a aquellos que se encontraran bajo pena de interdicto o excomunión. Pero una vez dentro, no podrían salir excepto por enfermedad grave. Muchas de las pautas establecidas en esta constitución continúan vigentes.
Un punto importante ha sido alterado, y es que Ubi periculum establecía que, si pasados tres días los cardenales no hubieran llegado a ninguna decisión, se les reducirían los alimentos a un solo plato por comida. Si tras esta reducción sus eminencias porfiaban y, tras ocho días más, no se hubiese alcanzado acuerdo, entonces se alimentaría a los cardenales solo con pan y agua. La estricta aplicación de estas reglas y disposiciones se delegaba y confiaba a las autoridades de la ciudad donde tuviera lugar el cónclave, que —estoy seguro— pondrían todo el celo en hacerlas cumplir.
La efectividad de las disposiciones de la Ubi periculum se demostró en ese primer cónclave. Fíjense que solo duró un día. Se inició el 20 de enero y, al día siguiente, ya tenían a Inocencio V. Tal vez estuviera ya enfermo o, sencillamente, intervino la Providencia; el hecho es que cinco meses después Inocencio V estaba muerto y hubo de convocarse un nuevo cónclave.
El cónclave empezó el día 2 de julio y tuvo lugar en la basílica de Letrán, en Roma. Esta vez, los cardenales pasaron un poco de hambre, ya que la elección del nuevo papa se demoró hasta el día 11 de julio. El nuevo Pontífice tomó el nombre de Adriano V, y su primera orden fue la de suspender Ubi periculum por considerar que sus disposiciones eran demasiado restrictivas.
No entro en detalles que ignoro, pero —sea porque alguien no estaba complacido con la elección o por simple mala suerte— el hecho es que el 18 de agosto el nuevo papa estaba muerto. Adriano V, tal vez por no encontrarse bien, decidió alejarse de la tórrida Roma y, buscando un mayor frescor, se fue a Viterbo, donde lo que encontró fue la muerte.
Palacio Papal de Viterbo
El nuevo cónclave se celebró en Viterbo, adonde acudieron presurosos los cardenales, y empezó el día 3 de septiembre. El retraso en el inicio fue consecuencia de ciertos levantamientos y revueltas populares que defendían que se siguieran las disposiciones de la Ubi periculum. El nuevo cónclave no tardó mucho en ponerse de acuerdo y eligieron a un portugués, de nombre Pedro Julião, que tomó el nombre de Juan XXI.
Durante los años siguientes se dio una agria disputa entre los partidarios y detractores de Ubi periculum. El 5 de julio de 1294, después de que la sede apostólica hubiera estado vacante durante dos años y tres meses por falta de acuerdo, fue elegido por aclamación —una forma de elección que podemos ver en la película Las sandalias del pescador, pero que ya no está aceptada— un monje que tomó el nombre de Celestino V. Este papa fue el primero en renunciar al cargo y responsabilidad, y en él se apoyaría Benedicto XVI para hacer aceptar su renuncia al papado.
Pues bien, este Papa —del que se pueden contar muchas cosas que quedan para otro artículo— restableció la constitución Ubi periculum, que, con algunas modificaciones, ha llegado hasta hoy.