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'El curso de la destrucción del Imperio'. Obra de Thomas Cole

¿Fue Rómulo Augustulo el último emperador de Roma o solo un usurpador?

Rómulo «Augustulo», es decir, el «pequeño augusto», un diminutivo despectivo usado para destacar su insignificante poder político y su juventud

Unos 14 años, usurpador y con un imperio desmoronándose frente a sus ojos. La decadencia y caída del Imperio romano de Occidente no sucedió de la noche a la mañana, fue un proceso que venía de lejos. Ahora bien, en la escuela siempre se ha enseñado que el Imperio cayó en el 476 d.C. por la invasión de los bárbaros. Tras este titular hay muchos matices y una historia llena de intrigas palaciegas, rebeliones y cambios políticos que tienen como protagonista al último emperador de Roma, con una historia que queda lejos de la épica y el heroísmo que evoca su nombre.

Para conocer cómo fue la «caída» del imperio hay que remontarse al otoño del 475. Julius Orestes, antiguo notario de Atila, recién nombrado magister militum (máximo oficial militar de las tropas del imperio) se volvió contra su emperador legítimo, Julio Nepote. El César huyó a Salona, en la región de Dalmacia, donde continuó proclamándose Augusto con el apoyo de Constantinopla. Mientras, para legitimar su poder, Orestes proclamó emperador a su hijo Flavio Rómulo Augusto, de unos 14 años.

Su nombre recordaba la figura del fundador de la ciudad Eterna y la del primer emperador, pero la versión que se popularizó fue la de Rómulo «Augustulo», es decir, el pequeño augusto, un diminutivo despectivo usado para destacar su insignificante poder político y su juventud. De hecho, para el historiador Ralph W. Mathisen «Julio Nepote […] merece con mayor razón el título de ‘último emperador romano occidental’». Nada nuevo para un sistema político habituado a usurpadores y crisis políticas.

El Imperio que cayó por su propio peso

En el año 476 estalló el conflicto clave. En la zona sur de la actual Alemania, estaban asentados los pueblos hérulos, escirios y torcilingos. Tenían un pacto con el Imperio que los convertía en foederati, es decir, pueblos bárbaros aliados de Roma a los que se les permitía habitar una región si se comprometían a defenderla.

Al mando de Odoacro, exigieron nuevas tierras en Italia, pero Orestes rechazó la petición sin pensar en las consecuencias. En pocas semanas, los foederati avanzaron sobre la península italiana, derrotaron a Orestes en Plasencia y a su hermano Paolo en Ravenna, donde también estaba el joven emperador Rómulo Augusto.

Ilustración del siglo XIX de Rómulo Augusto entregando su corona frente a Odoacro

«Luego entró en Rávena, destronó a Augusto, pero, compadeciéndose de su corta edad, le perdonó la vida; y, debido a su belleza, le concedió una renta de seis mil piezas de oro y lo envió a Campania, para que viviera allí como un hombre libre con sus parientes», según se describe en Anonymus Valesianus II, una recopilación de crónicas latinas tardoantiguas.

El último emperador de Roma, vivió el resto de su vida en el castellum Lucullanum, en la bahía de Nápoles. Además de salvar la vida, ganó una fortuna equivalente, al año, a 1.200 veces el salario anual de un soldado raso del ejército romano tardío. Entonces ¿Por qué cayó el Imperio?

Como advierte Mathisen, cuando el Senado romano envió las insignias imperiales al emperador romano de Oriente, con sede en Constantinopla, selló a nivel simbólico el final del Imperio romano de Occidente. Además, Odoacro gobernó Italia como rex y patricius, sin nombrar a otro Augusto lo que consolidó la idea de un cambio de régimen. Sin embargo, Nepote, el legítimo César seguía vivo en Dalmacia, por lo que varios historiadores plantean que el Imperio acabaría con su muerte en el año 480.

Más allá de fechas, existe un consenso en que la caída de Roma como imperio en occidente fue un proceso político, fiscal y social largo que se venía gestando desde hace décadas. En este marco, la imagen que queda de Rómulo Augustulo es la de un joven que gobernó poco menos de un año y salió de Ravenna para vivir una plácida vida señorial con sueldo vitalicio, ocupando un lugar en la memoria colectiva excesivo para el papel que jugó en esta historia.