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Retrato de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli

Retrato de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de ÉboliGTRES

Cuando la princesa de Éboli fue monja

El paso de la princesa de Éboli por el convento de Pastrana no fue un simple episodio de devoción, sino un choque frontal entre dos mundos: el del poder y el del espíritu

Ana de Mendoza y de la Cerda, la célebre princesa de Éboli, no solo fue protagonista de intrigas cortesanas y aliada de Felipe II, sino también de uno de los episodios más insólitos y desconcertantes de la historia religiosa y social de España: su entrada en el convento de Carmelitas Descalzas de Pastrana.

Tiempo atrás, la princesa y su esposo, Ruy Gómez de Silva, habían ofrecido su protección y recursos a Santa Teresa de Jesús para realizar su quinta fundación. Sin embargo, aquello que comenzó como una colaboración piadosa, acabó años después en un conflicto que sacudió los cimientos de la vida monástica.

Cuando Ruy Gómez murió en 1573, la princesa, viuda y aún poderosa, tomó una decisión inesperada: pidió el hábito al padre Mariano, un ermitaño italiano y uno de los primeros carmelitas descalzos, durante el mismo velatorio de su marido. Se vistió con hábito de fraile y, acompañada de su madre y dos criadas, se dirigió al convento. No entró sola ni discretamente: lo hizo con su séquito, sus lujos y su voluntad de imponer su presencia.

La priora Isabel de Santo Domingo, al enterarse previamente de su llegada, no pudo contenerse y exclamó: «¿La princesa monja? ¡Yo doy la casa por deshecha!».

Éboli se habilitó para ella una zona privada con acceso directo a la calle, rompiendo la clausura. Recibía visitas como si aún estuviera en su palacio y pretendía ejercer autoridad sobre la comunidad. Aquello no era recogimiento, sino desconcierto.

Santa Teresa, que había soñado con un Carmelo austero, obediente y apartado del mundo, intentó sostener la situación con prudencia. Pero el conflicto era evidente. En Fundaciones, uno de los libros de la santa, dejó constancia de su dolor y su resignación:

«Sólo en lo que tengo dicho fue la ocasión, y la misma pena que esta señora tenía, y una criada que llevó consigo, que, a lo que se entiende, tuvo toda la culpa. En fin, el Señor lo permitió…».

Finalmente, en la noche del 6 al 7 de abril de 1574, Santa Teresa y sus monjas abandonaron Pastrana dirigiéndose hacia Segovia. Fue una retirada silenciosa, pero cargada de significado: la comunidad no podía realizar su vida religiosa y por ello abandono el Monasterio. No podía convivir con el poder mundano.

El paso de la princesa de Éboli por el convento de Pastrana no fue un simple episodio de devoción, sino un choque frontal entre dos mundos: el del poder y el del espíritu. Su intento de ingresar en la clausura, con todo su peso social y político, dejó una huella imborrable en la historia del Carmelo y en la memoria de la mística española.

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