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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

La Calderona, la actriz que conquistó a Felipe IV y acabó en un convento de la Alcarria

Figura clave del teatro del Siglo de Oro, la Calderona brilló en los escenarios madrileños y acabó envuelta en un misterio que mezcla arte, poder y leyenda

María Calderón

María Calderón

Madrid fue durante decenios, más siglo y medio incluso, la capital del mundo. Lo fue como resultan ser los imperios en muchas cosas, y no solo en poder, ejércitos y territorios, sino también como foco de esplendor y atracción en el capítulo de las artes, de las letras, de la medicina o de la moda, la de la corte española y el negro campeche, imposible de conseguir hasta entonces, que hizo furor en la época y era tan deseado como envidiado.

El Siglo de Oro se asimila de inmediato a los grandes literatos y, si se recapacita un instante, también a los grandes pintores, pero casi siempre se olvida un asunto tan medular y diferencial del mismo como es el teatro. De lo que no cabía duda alguna es que, ya desde finales del XVI y durante todo el siglo XVII, si Madrid era algo, era teatro, y junto a ella, ciudades y villas competían por alcanzarlo. España era, quizás, y más que metafóricamente, puro teatro.

Había grandes autores. Ya me contarán: Lope de Vega, Quevedo o Calderón de la Barca fueron, antes que nada, reputadísimos autores teatrales, y sus obras para los escenarios tenían mucho más tirón —dónde va a parar— que las novelas. Que se lo pregunten, si no, al pobre Cervantes, que siempre anduvo, en cuanto a dineros se refiere, bastante tieso. El pueblo amaba el teatro, reconocía a los autores y adoraba a los actores y a las actrices, que, además, casi era preceptivo que cantaran. Madrid era como el Hollywood de ahora.

Pero, a pesar de la fama, la profesión no estaba bien vista del todo. Que si disolutas costumbres, malos hábitos y peores vicios, y, en suma, todo lo achacable a la farándula, a la que no por ello —o quizás aún más, por tal causa— se idolatraba. Entonces no había share de ese ni medición telemática de audiencias, pero los corrales de comedias estaban que reventaban.

Y, en cuanto a permisividad, resultaba que España era de lo más avanzado, y ya no digamos por el costado italiano y napolitano. Mucho más, desde luego, que Inglaterra —los anglosajones siempre han sido mucho más siesos, puritanos, intolerantes, prohibidores y quemadores de brujas que nosotros, aunque luego le hayan dado la vuelta a base de propaganda—. Allí no podían, por ejemplo, actuar las mujeres, y los impedimentos eran también muchos en Francia o Alemania.

En España sí estaban autorizadas, aunque estuviera muy mal visto e imposible en según qué rangos, pero con la condición de estar casadas. Cosa que, según las malas lenguas de la época —empezando por la de los más altos literatos, que las tenían peor que nadie—, se resolvía casándose una actriz por conveniencia con un actor homosexual (marión, se les decía coloquialmente), y así los dos contentos y a cubierto bajo la tapadera. La una podía hacer su vida, y el otro, la suya.

Al teatro iban todos: de plebeyos a reyes y, de por medio, nobles, soldados, truhanes, artesanos y los de los pueblos, cuando —aunque podía ser solo una vez en la vida— asomaban por la villa y corte. Corrales de comedias había muchos, de diferentes niveles, y, dentro de ellos, de variados estatutos por colocación y clase. Y galanes y divas, unas cuantas. Pero como la Calderona, y por aquellos tiempos, ninguna. Por genio, historia, obra y vida.

Lo suyo sí que fue una obra de enredo, amores, tristezas, tragedia y hasta enigmas que hasta hoy duran. De entrada, por no saber no se sabe si la Calderona fue una o fueron dos, y si la que tuvo el hijo con el rey fue su hermana.

A la Calderona la abandonaron recién nacida a la puerta de la casa de Juan Calderón, un influyente empresario teatral, que la adoptó como propia y le dio su apellido y, luego, el apodo: «la Calderona».

Su nombre es ya un primer enigma, pues parece haber dos mujeres con el mismo apellido y en el mismo lugar y tiempo, que tenían tal profesión, identificadas la una como María y la otra como Juana. ¿Eran la misma o dos historias entremezcladas y hermanas, aunque fueran de progenitor desconocido y, quizás, el mismo padre adoptivo?

El testimonio más solvente y cercano en el tiempo es un escrito titulado Genealogía, origen y vida de los comediantes de España, publicado a principios de 1700. Señala la existencia de dos actrices así conocidas y da algunos datos que cuadran del todo con lo que ha podido después documentarse. Una, de quien no da nombre, pero a quien otorga en exclusiva el apodo «la Calderona», «fue la madre del Sr. don Juan (José) de Austria, y luego que parió la puso en un convento de un lugar de la Alcarria el rey Felipe IV, en donde murió abadesa». Y otra, también célebre en el mismo oficio, a quien señala como hermana, María Calderón, que «acabó sus días miserablemente».

Hoja del libro de bautismo donde figura la partida de nacimiento de don Juan, hijo ilegítimo de Felipe IV y La Calderona

Hoja del libro de bautismo donde figura la partida de nacimiento de don Juan, hijo ilegítimo de Felipe IV y La Calderona

Sí se sabe, a ciencia documentada, que «la Calderona» nació alrededor de 1611, que comenzó a pisar desde niña los escenarios y que tuvo muy pronto un extraordinario éxito. De hecho, una de las canciones y bailes que interpretaba le proporcionó un segundo apodo: «Marizápalos».

A los 16 años era ya una celebridad y levantaba pasiones. Entre ellas, la del rey Felipe IV, que la vio primero actuar en una función pública a la que asistió —era muy aficionado a hacerlo— y no fue la única actriz con la que tuvo tratos carnales, en el Corral de la Cruz. La invitó a actuar en palacio, la hizo su amante, la retiró en gran medida de los escenarios y, al cabo de un par de años, tuvo un hijo de ella.

De su vida anterior aún se conoce menos, pero hay una larguísima ristra de rumorología, sátiras, chismes y leyendas. Que estaba ya casada —aunque el marido, en realidad, era un marión, en boda de conveniencia y sin convivencia—, y que había tenido ya una larga lista de muy sonoros amantes, entre los que destacaba Ramiro Núñez de Guzmán, II duque de Medina de las Torres, viudo de la hija del muy poderoso conde-duque de Olivares, y que una copla popular metía también en danza: «Un fraile, y una Corona, / un Duque, y un Cartelista / anduvieron en la lista / de la bella Calderona».

Retrato de Felipe IV

Retrato de Felipe IV

Sí parece probado que el rey la agasajó con tales deferencias y honores que puso a la reina, Isabel de Borbón, de uñas y que hasta le llamó a capítulo. El monarca le había cedido a la «otra» un palco de máxima distinción y visibilidad en la mismísima Plaza Mayor de Madrid para asistir a las festividades y espectáculos, y por aquello no pasaba. Logró que la cambiaran de sitio por uno algo más discreto, pero no valió de mucho, pues el nuevo se hizo famoso y el personal, muy contento de tener comidilla, lo bautizó como «balcón de Marizápalos», en honor a su canción y baile más famosos, antes de que el monarca la retirara. Que la retiró ya del todo y de la vía pública en cuanto tuvo al niño.

Que es una de las pocas cosas —el nacimiento del crío— de lo que no hay duda, pues el bastardo real, nacido el 7 de abril de 1629 en la calle de Leganitos (Madrid), fue bautizado como Juan José, y se conserva su partida de bautismo en la iglesia de San Justo y Pastor, de 21 de abril, sin mención a progenitores y con la referencia de «hijo de la tierra». Que era del rey, y que a este —a pesar de haber tenido una treintena de tal condición— lo separó de inmediato de la madre, y fue el único reconocido (un otro al que también reconoció falleció siendo un niño) como vástago real, y como tal gozó de educación, título y tratamiento de alteza acorde con su rango.

De hecho, sería parte activa en la posterior historia de España, alcanzando los puestos más relevantes del reino y participando en los avatares de entonces —ya declinante pero todavía muy poderoso imperio—, donde no tuvo mal papel, y sí fue para muchos esperanza, pues el único vástago legítimo que le quedó a Felipe IV vivo fue el desdichado Carlos II.

Para ella, aquello fue el fin de su carrera como actriz, donde había alcanzado la cota de popularidad más alta, según atestigua el propio Lope de Vega, quien dejó anotado en una carta suya a su amigo y protector Luis Fernández de Córdoba y Cardona, duque de Sessa, la participación de la Calderona en los autos del Corpus en Madrid, junio de 1628, y que ofrece, además, el nombre de otra famosa actriz de la época: María de Córdoba, «Amarilis».

Tras el parto, y casi sin solución de continuidad, el rey la metió en un convento, y para ello buscó uno bien retirado: el de Valfermoso de las Monjas, en el valle del río Badiel, Alcarria de Guadalajara, actual término de Algercilla. Había sido fundado por un rico matrimonio de Atienza y poblado por monjas francesas de la orden benedictina a finales del siglo XII; es el más antiguo de la provincia, que encabezó la abadesa doña Nobila.

El monasterio siempre gozó del favor real, comenzando por Alfonso VIII, el de las Navas, que apoyó su fundación, y que Felipe IV incrementaría e incluso daría el título de real para que albergara allí a su examante, que profesó como novicia el mismo año del parto y alcanzó el grado de abadesa en el año 1633. Como tal —según la versión más «oficial»— murió al cabo de solo tres años más, en 1636.

Monasterio de Valfermoso

Convento de Valfermoso de las Monjas, en Ledanca (Guadalajara)

Durante su estancia, el monasterio se convirtió en pasto de todo tipo de habladurías, y desde luego hubo mucho más trasiego del que venía a haber en un convento de monjas de por las alcarrias de Guadalajara, siendo muy mentadas y comentadas las deslumbrantes visitas por los labriegos de la zona. La leyenda acompañaría a la actriz hasta después de muerta, pues se corrió que no lo estaba, sino vivita y coleando, y que se había fugado y, dirigiéndose a Valencia por tierras de mucha fragosidad y boscaje, llevó a aquellos parajes a ser llamados sierra de la Calderona.

Esa una. La otra —y aquí hay algo más que una leyenda— es que la «otra» Calderona, o ella misma, había seguido actuando en Madrid, y allí seguido con su vida en tablas y amoríos, y que había tenido muy mal final, aunque muchos años más tarde que la primera: falleció en 1667, pues un registro de actores —y este también es dato fehaciente— da prueba de ayudas a una actriz llamada María Calderón, a la que se sustenta, pues se encuentra enferma y en extrema pobreza.

Ese fue el misterio final de la Calderona: de la una o de las dos, o vaya usted a saber la que fuera. Pero, en cualquier caso, una vida de teatro, de misterio y de enredo en aquel Madrid, Corte y Corral de Comedias. Por cierto, lo que sigue en pie, con monjas y visitable, es el convento de Valfermoso de las Monjas, en Ledanca (Guadalajara).

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