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El cuadro de Tiziano 'Carlos V en la batalla de Mühlberg'Museo del Prado

Picotazos de historia

Carlos V, el emperador que trajo la pasión por la cerveza europea a España

El emperador trajo sus propios maestros cerveceros y cambió los gustos de la corte hispánica

Una brewery es el lugar donde se elabora cerveza propia. Puede tratarse de una fábrica, si la producción es industrial, o de un pequeño negocio que la elabora de forma artesanal para venderla y consumirla en su propio local. Tengo el recuerdo de visitar un local de estos, que elaboraban su propia cerveza. Fue cerca de Leominster, en el condado de Shropshire. Lo que más me llamó la atención es que, durante la elaboración, se introducía en un momento dado del proceso una herradura al rojo en el líquido.

—Es para fijar el sabor —me dijeron.

También me explicaron que esto explicaba el porqué del uso del término herradura (horseshoe en inglés), tan abundante en las breweries, pubs, marcas y todo lo que tuviera relación con la cerveza. Lo que les puedo garantizar es que la cerveza que tenían allí estaba buenísima.

En España se conocía la cerveza desde tiempos muy antiguos, pero nunca alcanzó la popularidad que tuvo el vino. Cuando Carlos de Gante, futuro Carlos V de Alemania y I de España, llegó a la península, encontró que aquí se consumía un tipo de cerveza rubia, ligera y suave. Nada que ver con el gusto que ya tenía adquirido por las cremosas, amargas y tostadas cervezas que se consumían en los Países Bajos y Centroeuropa. El César Carlos hizo traer a sus propios maestros cerveceros y también instaló a laboriosas familias de la zona del Rin en la verde Galicia. Allí llevaron cepas de los vinos alemanes, antepasados de los ribeiros y albariños.

Cuando el emperador decidió retirarse en el monasterio de Yuste, se hizo acompañar por su maestro cervecero de confianza —Enrique van der Duysen—, quien tenía la importante labor de elaborar la cerveza que su imperial persona consumía, en cantidades prodigiosas para los baremos modernos.

Tankards, steins y kronkásor

La cerveza, tradicionalmente, era servida y bebida en un recipiente con asa. En amplias áreas de Europa se incluía en estas jarras una tapa, unida a la jarra por medio de una bisagra, que servía para proteger el líquido de insectos, moscas y otros bichos que pudieran arruinar el disfrute de la bebida. En España llamábamos a estos recipientes vaso, si tenían una capacidad pequeña (1/5, ¼ o ⅓ de litro) y carecían de asa, y jarra cuando tenían una capacidad mayor y contaban con la necesaria asa, que era su característica principal.

En el resto de Europa —países en los que la aportación nutricional de la cerveza en la dieta diaria era muchísimo más importante que en las coronas de la península ibérica—, las jarras para cerveza tendrán nombre y función propia y exclusiva, así como características especiales. Los alemanes y su entorno idearon un tipo de jarra (el asa, no dejaré de repetirlo, es lo que diferencia un vaso de una jarra) con una capacidad media o normal entre medio litro y dos litros. Antiguamente, las jarras de cerveza eran denominadas stein (originariamente «piedra»), pero pronto surgirán otras denominaciones según las diferentes zonas y regiones: Krug, Seidel, Maßkrug, Humpen, Häufebecher, etc.

Las jarras para cerveza eran preferentemente fabricadas en arcilla, grés, madera, peltre, plata o cristal. La tapa era un importante elemento, práctico y decorativo, que se unía a la jarra. Tradicionalmente se considera que el área histórica del Kannenbäckerland, que va desde el Westerwald (cadena montañosa que se extiende por tres Länder) hasta el curso medio del río Rin, es la zona de producción de los mejores ejemplos de jarras para cerveza.

Jarras de cerveza de piedra

Se utilizaban moldes para cocer la cerámica, lo que permitía la producción de grandes cantidades y el abaratamiento del producto. El grés fue el material más común hasta la implantación de las modernas jarras de vidrio y sin tapa. Estas fueron introducidas por primera vez en la Oktoberfest de 1892.

En Inglaterra, otro país donde la ingesta de cerveza representaba un importante elemento en la alimentación diaria, también era común la figura de la jarra con tapa, como recipiente característico y exclusivo para el consumo de la cerveza. La tapa, siempre como elemento práctico e higiénico.

Cuando se reflotó, en 1982, el desdichado navío Mary Rose, que se hundió en 1545, se encontraron en su interior gran cantidad de elementos de la vida diaria de entonces, prácticamente intactos. Entre los objetos encontrados había una buena colección de jarras para cerveza (todas con sus tapas). Los historiadores modernos han interpretado el surgimiento y expansión de las jarras de cerveza hechas de peltre como una muestra de la mejora de las condiciones económicas de la población.

Estas nuevas jarras hechas con peltre se hicieron muy populares y recibieron el nombre de tankards, pasando de generación en generación como valiosas reliquias familiares. Un tankard, por lo general, tenía una capacidad entre una y tres pintas (0,57 a 1,71 litros). Por supuesto que hay ejemplos de jarras con una capacidad exagerada —curiosamente, esto es más abundante en los estados alemanes, donde puedes encontrar jarras de hasta 35 litros—, pero este es un hecho que se da en todas las naciones consumidoras de esta bebida. Es un humorismo común entre aficionados a la cerveza.

Una jarra de madera encontrada a bordo de la carraca Mary Rose, del siglo XVI.

Volviendo al tankard, a medida que se hacía más y más común la fabricación de las jarras en peltre (u otro metal, como la plata), también se hizo más habitual que la parte de abajo o base de la jarra fuera de un material translúcido o de vidrio. Cualquier aborigen de la isla te contará que tal invención surgió para evitar ser enrolado a la fuerza en el ejército «por haber aceptado el chelín del rey». Esta era una forma de reclutamiento o de conseguir «voluntarios» para el ejército, consistente en invitar a beber a la víctima.

Entre jarra y jarra de cerveza, en un momento dado, el reclutador depositaba un chelín dentro de la jarra de cerveza de la víctima. Cuando este se daba cuenta, al ver la moneda en el fondo tras haber consumido el contenido de su tankard, el reclutador podía alegar —con testigos del hecho— que esa persona había aceptado el chelín (la paga de un soldado) del rey y, legalmente, estaba bajo la jurisdicción militar, a la que ahora pertenecía. Por esta razón, concluye el cuento, los tankards tienen la parte de abajo transparente o translúcida, para poder ver si te habían puesto la moneda en el interior de la jarra.

Como sucede con la mayoría de estas historias, se trata de eso: historias e invenciones. El ejército tenía mil maneras de conseguir elementos para nutrir sus filas, y la marina estaba acostumbrada a hacer levas en los puertos (busquen en un diccionario el significado de to shanghai someone y entenderán). La realidad es que estos fondos surgen para comprobar la pureza de la bebida, una vez que esta no se podía apreciar por el material de la jarra, y para evitar el gasto por el alto precio del cristal. Y es que, entonces, el cristal era mucho más caro y más frágil que el peltre e, incluso, que la plata.

De todos estos recipientes, tal vez el más exagerado —no por la capacidad, que en este campo los alemanes se llevan la palma— sino por la decoración excesiva, sean los Kronkásor suecos. Estas son copas talladas a partir de una sola raíz de abeto. La talla daba una gran copa con unas grandes asas, exageradamente grandes y decoradas, que daban la impresión de formar una corona por encima de la copa.

Este tipo de copas o jarras (la definición no queda clara en este caso) eran muy utilizadas para beber en ellas cerveza o vino, y se pusieron muy de moda en el siglo XVI, fabricándose desde entonces.

La exagerada decoración hizo que fueran conocidas, humorísticamente pero de forma poco acertada —ya que no se parecían en nada—, como «gorros finlandeses».