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Polícrates de Samos arroja su anillo por consejo del faraón

Picotazos de Historia

El tirano Polícrates de Samos y su racha de buena fortuna rota por un pez

Amasis comprendió que nadie puede escapar de su destino y que el de Polícrates estaba decidido

Heródoto de Helicárnaso (480- 425 a. C.) está considerado como el Padre de la Historia (ambas con mayúsculas). Los nueve libros de la Historia que nos dejó son el primer intento de realizar un relato razonado de los sucesos y acciones del ser humano. En definitiva, el primer libro de historia.

Aún hoy la lectura de los libros de Heródoto son un disfrute (al menos para mi) y una fuente de información y de conocimiento clásico. Para alcanzar un más logrado placer aconsejo leerlos en una buena edición (como la de la editorial Gredos). Pero volvamos al asunto motivo del presente artículo.

La obra de Heródoto es un compendio de chismes, cuentos, trolas que le han contado (especialmente los egipcios, que se ve que se divirtieron mucho a su costa) y anécdotas; todas ellas muy entretenidas que tratan de explicar el devenir de los acontecimientos. Pues bien, sacado de la obra de Heródoto, me gustaría contarles la historia de un individuo llamado Polícrates, que fue originario de la isla de Samos, en el mar Egeo.

Polícrates (570 – 522 a. C.) fue hijo de Éaces y natural de la isla de Samos. Dio un golpe de Estado, en el año 540, junto con sus dos hermanos: Pantagnoto y Silosonte, dividiéndose la isla. Como suele ocurrir en estos casos, al final hubo un hermano que se quedó con todo: este fue Polícrates. Pantagnoto fue ejecutado y Silosonte tuvo que exiliarse.

Polícrates es ahora tirano de Samos y Heródoto nos lo presenta como un gobernante muy afortunado en todo aquello que emprendía. A medida que sus reformas triunfaban aumentaba el poder de su flota y el control que esta ejercía sobre el mar Egeo oriental.

El faraón de Egipto Amasis (Amosis II de la XXVI dinastía), que estaba aliado con Polícrates, cuya flota protegía la desembocadura del Nilo de piratas y naves persas, preocupado por la exagerada buena fortuna de su amigo y aliado decidió escribirle.

«Es grato enterarme de los triunfos de un buen amigo, pero a mí esos grandes triunfos tuyos no me llenan de satisfacción, pues sé que la divinidad es envidiosa».

Amasis expone a Polícrates que todo ser humano ha de tener una cuota de triunfos y otra de sinsabores y fracasos. Por ello, para contrarrestar la desventura (algunos lo llamarían karma) que se está acumulando con tanta buena suerte, le aconsejaba que se desprendiera de algo que fuera especialmente querido por él, de manera que su perdida lo entristeciera. De esta manera, argumentaba el faraón, «tus éxitos continuarán sin toparse alternativamente con contratiempos».

Polícrates dio por bueno el consejo que le brindaba Amasis y buscó el objeto que le aconsejaban. De cuantas cosas valoraba sobresalía una sortija de sello engastada en oro. El sello era una purísima esmeralda que había sido tallada, con excepcional habilidad, por el maestro Teodoro de Samos. Polícrates se enorgullecía mucho de poseer tan preciado bien.

Decidido a conjurar las consecuencias negativas de tan buena fortuna, tomó la sortija y partió del puerto de Samos en una de sus muchas naves de guerra (entonces se llamaban pentecónteras y eran los antepasados de las birremes y trirremes). «Alejado de la orilla, se quitó el sello y lo arrojó al mar», nos cuenta Heródoto.

De vuelta en la ciudad, se dejó llevar por la tristeza por la pérdida de su sortija de sello, convencido como estaba de que la había perdido para siempre. Esta acción de protegerse del mal purificándose por medio de una acción, rito u objeto ritual es la que en antropología se denomina efecto apotropaico. Pero volvamos a la historia.

Cuatro o cinco días después de realizada la catártica actuación para alejar el mal fario, se presentó en la puerta del palacio de Polícrates un humilde pescador. Este relató, había sido bendecido con una buena pesca. Había capturado un hermosísimo ejemplar –Heródoto nos deja en la ignorancia sobre qué tipo de pescado era–, tan hermoso que el pescador había pensado que solo era digno de servirse en la mesa del propio Polícrates y por ello lo llevaba como presente.

Hicieron pasar al pescador quien expuso lo que quería y presentó el pescado al tirano. Polícrates admiró el ejemplar que le traían y, agradecido, invitó al pescador a compartir el pescado en su mesa esa misma noche.

Se entregó el pez a las cocinas para que lo cocinaran. Cuando los estaban preparando se encontró que en su interior había una hermosa sortija que tenía engastada una gran esmeralda maravillosamente tallada.

Asombrados por el hallazgo, el jefe de los cocineros se lo presentó a Polícrates mientras le explicaba lo sucedido. Este quedó completamente desconcertado al reconocer la sortija con la talla de Teodoro de Samos. La misma que él había arrojado por la borda.

Escribió a Amasis relatándole el milagroso hallazgo de la sortija, convencido de que lo sucedido era un mensaje de los dioses o de la providencia.

Amasis, siempre según la versión de Heródoto, al leer la misiva que le enviaba su amigo, a quien apreciaba y que le brindaba un valioso servicio de protección de sus puertos, se entristeció mucho. Comprendió que nadie puede escapar de su destino y que el de Polícrates estaba decidido.

Efectivamente, la racha de buena fortuna de Polícrates estaba próxima a terminar, pero las circunstancias y sucesos en el que se darán serán descritos en el siguiente artículo.