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Luis E. Íñigo

El sectarismo de la izquierda burguesa en la Segunda República

Para ellos, la República no era sino el instrumento de una revolución política capaz de conseguir por fin lo que no había logrado el fallido Estado liberal decimonónico: descuajar la influencia de la Iglesia y los militares, desalojar a la oligarquía retardataria y modernizar la economía y el espíritu de la nación

Hace unos pocos días, el 5 de noviembre, llegó a las librerías mi nuevo libro. Se titula La secta republicana. La intransigencia ideológica de la izquierda y el naufragio de la primera democracia española. No he querido engañar a nadie escogiendo un título políticamente correcto. He preferido, con toda intención, poner en dedo en la llaga. Y se trata de una llaga que cada vez más purulenta en los últimos años, en los que el debate historiográfico se ha visto envenenado por el interés espurio de políticos sin escrúpulos que juegan a dividirnos de nuevo, como sucedió hace casi un siglo. Traerlo de nuevo al ámbito de la historia, y hacerlo con honestidad y rigor, pero también con valentía, es el objetivo de esta obra.

Porque no basta con decir, sin más, que la Segunda República fue destruida por militares rebeldes al servicio de la derecha reaccionaria que condujeron a España a la más cruenta de sus guerras civiles. Que la sublevación se produjo y que era no solo ilegal, sino ilegítima, no puede negarse. Que la intención de sus dirigentes no era en modo alguno rectificar la orientación de la República, sino destruirla, es evidente. Y no lo es menos, por último, que se trataba de un régimen democrático, por notables que fueran sus imperfecciones, y que quienes se sublevaron contra él no lo eran en absoluto. Pero todo ello, con ser cierto, apenas explica nada.

Manuel Azaña, en el centro, después de haber pronunciado en el Parlamento su discurso sobre el proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña, en mayo de 1932EFE

Es necesario comprender por qué la sublevación militar recibió suficiente apoyo para impedir que el Gobierno pudiera yugularla en sus inicios, como había hecho con la del general Sanjurjo en agosto de 1932; por qué no solo muchos militares, sino muchos españoles, en general, le dieron su apoyo: grandes propietarios, sacerdotes y obispos, sí, pero también labradores muy humildes, gentes de clase media que cinco años antes habían simpatizado con la República y, sobre todo, católicos, muchos católicos atemorizados y heridos por la política antirreligiosa de las izquierdas. Y no es menos necesario explicar por qué, del lado republicano, el estallido de la guerra impulsó una revolución social que, en contra de lo que algunos propagandistas conservadores aseguran, no se estaba preparando antes de julio del 36, pero sin duda anidaba entre los sueños, las esperanzas, y aun las intenciones, de la gran mayoría de los líderes obreros.

Precisamente, la tesis fundamental del libro es que si todo ello fue posible, fue, entre otros factores, porque las izquierdas no obreras de los años treinta –las obreras menos aún, por supuesto– no desearon en ningún momento dar forma a un régimen democrático en el que tuviera cabida la inmensa mayoría de los españoles. No estaba en su intención en 1931, y tampoco lo estaba antes, que la Constitución, que deseaban modelar a su gusto, amparase el derecho a acceder al poder de cualquier fuerza política que aceptase las reglas de juego y respetase el ordenamiento jurídico vigente, y menos aún que esa fuerza política pudiera reformar o derogar las leyes que la izquierda aprobase.

En la mentalidad de sus líderes, Azaña sobre todos ellos, la República pertenecía a los republicanos y solo los republicanos tenían derecho a gobernarla. No se trataba de un régimen democrático sin más, sino que su misma existencia llevaba aparejada un conjunto de valores intangibles que cualquiera que aspirase a gobernarla debía tener por suyos. A quienes no lo hicieran no les quedaba sino someterse y acatar cuanto las izquierdas en el poder tuvieran a bien decidir por ellos, incluso si estas decisiones suponían cercenar una parte de los derechos a los que, como ciudadanos, eran acreedores. Para ellos, la República no era sino el instrumento de una revolución política capaz de conseguir por fin lo que no había logrado el fallido Estado liberal decimonónico: descuajar la influencia de la Iglesia y los militares, desalojar a la oligarquía retardataria y modernizar la economía y el espíritu de la nación. La suya no era una revolución social, sino política y cultural, pero en ella no había espacio alguno para los discrepantes.

Este sectarismo, sumado a otros factores, impidió la consolidación del régimen y lo arrojó en manos de los extremismos. Cuando las izquierdas perdieron el poder, en noviembre de 1933, sucedió lo que cabía esperar: se negaron a aceptar la legitimidad del triunfo del centro y la derecha, y una parte de ellas, la que representaba el PSOE, se lanzó de inmediato a preparar el movimiento revolucionario de octubre de 1934, dirigido contra una República que, si no podía ser suya, no consideraban legítima. Luego, la represión, tan desmedida como selectiva, impulsada por la conservadora CEDA, aunque no por el moderado Lerroux y menos aún por el presidente Alcalá-Zamora, facilitó una radicalización aún mayor de las fuerzas que lo habían apoyado y una unidad más estrecha entre ellas, envenenando de forma casi irreversible el clima político.

La victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 y el desbordamiento del Gobierno resultante por la acción revolucionaria de las masas obreras, instigada de forma insensata por el ala caballerista del PSOE, facilitaron, a su vez, como resultado del pánico creciente que se fue apoderando de las clases medias y los católicos, la radicalización de las derechas, que terminaron por convencerse, como las izquierdas estaban convencidas de la inminencia del fascismo, de que si nadie lo impedía, España seguiría el camino de la Rusia de 1917. Cuando se produjo el golpe de Estado del 18 de julio, unos españoles tomaron las armas para traer la revolución y otros para impedirla. La Tercera España, esa que Pío Baroja denominó la de los murciélagos, rechazados por los pájaros por ser ratones y por los ratones por ser pájaros, enmudeció durante tres largos años y lo haría luego durante casi cuarenta más. En nuestras manos está aún que nadie nos calle ahora.

  • Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación.