Charles George Gordon, general británico
Picotazos de historia
Qué pasó con el cráneo del Mahdi sudanés: el escándalo colonial que persiguió a Reino Unido
La tumba del Mahdi no fue respetada. Al contrario: su cuerpo fue arrojado al río Nilo. Pero el sirdar quería tener un recuerdo y se quedó con el cráneo
En la religión y cultura islámica, el Mahdi es una figura mesiánica redentora, equivalente al Mesías de los judíos, al Buda Maitreya de los hindúes o a la Parusía, o segunda llegada de Jesucristo, para los cristianos. El Mahdi comparte con los anteriores la noción de que su aparición precederá al fin de los tiempos y que traerá la liberación de las injusticias a los creyentes.
La palabra mahdi, que puede traducirse como «guiado» o «divina guía», no aparece ni en el Corán ni en las dos principales colecciones de hadices (narraciones o relatos de los dichos o hechos del profeta Mahoma), que son el Sahih Bujari y el Sahih Muslim. Será tras la muerte del califa Muawiya I (680 d. C.), fundador y primer califa del Califato Omeya, cuando se producirá la segunda fitna o guerra civil dentro de la comunidad islámica, y este hecho afianzará la idea de un Mesías, descendiente del profeta Mahoma, que ha de llegar. Esta idea será aceptada por las principales corrientes dentro de la comunidad musulmana: los chiíes y los suníes.
Durante el último cuarto del siglo XIX, surgirá en el Sudán un líder religioso llamado Muhámmad Ahmad ibn as-Sayyid Abd Allah, más conocido como «el Mahdi». Este personaje reunió en torno a sí a diferentes clanes de beduinos nómadas. Se proclamó Mahdi en el año 1881, anunciando que era el predecesor de la segunda venida de Jesucristo y declarando la guerra santa contra la ocupación del Sudán y de los territorios que siempre se habían considerado como pertenecientes a los árabes shuwa (pueblo árabe nómada conocido también como baggara, que habitaban la zona entre el lago Chad y el río Nilo). El nuevo Mahdi declaró la guerra a los ocupantes egipcios, otomanos y británicos.
Muhammad Ahmad
Muhámmad Ahmad creó un estado islámico conocido como Mahdiya sudanesa o Sudán mahdista, que duraría dieciocho años (1881–1899). Tras su proclamación como Mahdi, Muhámmad se retiró a las colinas Nuba (pueblo que, muchos años después, haría famoso la polémica directora de cine Leni Riefenstahl con sus libros de fotografías étnicas). Desde allí, junto con sus seguidores, conocidos como ansar o derviches, emprendería su avance hacia el Sudán central, sumando apoyos entre las diferentes tribus.
Cada vez más numerosos, se fueron armando con las armas de fuego capturadas a las tropas que les enviaban contra ellos. La batalla de Shaykan (1883) supuso la derrota de una fuerza de 8000 soldados egipcios comandados por el general William Hicks. Esta derrota supuso la captura, por parte de las fuerzas del Mahdi, de una importante cantidad de armas (fusiles y cañones) y municiones, además de la ocupación de la estratégica región de Darfur.
Los británicos decidieron abandonar el Sudán, manteniendo únicamente guarniciones en las ciudades de Jartum, Kassala, Sennar y Sawakin. El gobierno británico decidió nombrar gobernador del Sudán al general Charles George Gordon, con el encargo de organizar la evacuación.
Una representación de la plaza británica en la batalla de Abu Klea, durante la guerra mahdista.
El recién nombrado gobernador era una personalidad compleja y problemática, bien conocida por el público inglés por sus aventuras como comandante del «Siempre Victorioso Ejército» chino durante la guerra contra los rebeldes taiping (1850–1864). Por este motivo era conocido popularmente como «el Chino Gordon».
El comisionado por el gobierno del primer ministro Gladstone para auditar las cuentas del jedive de Egipto, de quien dependía (en teoría) el Sudán —el banquero y político Thomas Baring— dijo en relación con el nombramiento de Gordon: «No es buena idea. Un hombre que consulta al profeta Isaías cuando se encuentra en apuros no está capacitado para obedecer órdenes de nadie».
Gordon, para espanto de los políticos británicos y confirmación de la predicción de Baring, declaró que no haría caso de las órdenes recibidas y que pensaba defender la capital del Sudán —Jartum— a toda costa. El resultado fue el esperado: las tropas del Mahdi tomaron Jartum, Gordon perdió la cabeza (literalmente), el Imperio británico tuvo un nuevo mártir y se dio argumento para diferentes novelas (la más famosa tal vez sea Las cuatro plumas) y películas (Las cuatro plumas, Jartum, etc.).
Jartum cayó el día 26 de enero de 1885, seguido por las ciudades de Kassala y Sennar. Cuatro meses después de la muerte de Gordon, fallecía el Mahdi, víctima del tifus. Su cuerpo fue enterrado en una tumba que se le construyó en la capital de la Mahdiya sudanesa: Omdurmán. En 1896, tras la terrible derrota sufrida por un ejército italiano en Adua a manos de los etíopes, los mahdistas amenazaron con atacar la ciudad de Kassala, que había sido tomada y ocupada por soldados italianos.
Askaris italianos luchando contra las tropas mahdistas en Tucruf.
Decididos a terminar con los derviches para siempre y vengar la muerte de Gordon, el gobierno británico dio orden al comandante del ejército anglo-egipcio, Horatio Kitchener, de atacar y acabar con el estado mahdista. Kitchener, en cuyo ejército estaba un joven Winston Churchill —quien nos dejó una viva descripción de sus aventuras y de la batalla de Omdurmán—, atacó y derrotó a los ansar en Atbara, Omdurmán y Umm Diwaykarat.
El sirdar (nombre del comandante en jefe del ejército egipcio) Kitchener, tras la toma de la capital, ordenó su saqueo. La tumba del Mahdi no fue respetada. Al contrario: su cuerpo fue arrojado al río Nilo. Pero el sirdar quería tener un recuerdo y se quedó con el cráneo.
En un primer momento estuvo dudando de qué sería mejor: hacer con él un cáliz o un tintero. Entonces alguien le recordó que en el Real Colegio de Cirujanos de Londres se conservaban las entrañas del emperador Napoleón, y jugó con la idea de que se hicieran mutua compañía. Esta idea fue recogida por un corresponsal del periódico The Guardian, que publicó un artículo sobre ello.
El escándalo fue mayúsculo. El Gobierno fue consultado respecto al cráneo del Mahdi en el Parlamento; la imagen que se transmitía era que los «civilizados cristianos» eran más salvajes que los pueblos a los que pretendían dar ejemplo de civilización.
A Kitchener le llegó una perentoria nota exigiendo que hiciera desaparecer el cráneo que tantos disgustos estaba ocasionando. Y dicho y hecho: nunca se supo qué se hizo de él. Lo único que se sabe con certeza es que Kitchener se deshizo del cráneo del Mahdi en Wadi Halfa.
Hace unos años apareció una piedra perteneciente a la tumba saqueada del Mahdi. Según la casa de subastas que la ofreció, la familia —descendiente de un oficial que participó en la campaña sudanesa— la utilizaba como tope para evitar que se cerrara la puerta.