Fundado en 1910
Soldados de ambos bandos (británicos y alemanes) intercambian alegres conversaciones

Soldados de ambos bandos (británicos y alemanes) intercambian alegres conversacionesWikimedia Commons

La Navidad que detuvo la Primera Guerra Mundial

En pleno infierno de las trincheras, soldados enemigos salieron al descubierto para cantar villancicos, intercambiar regalos… e incluso jugar al fútbol. No es una película navideña de sobremesa: ocurrió en la Navidad de 1914

En la Navidad de 1914, la guerra había estallado hacía apenas unos meses. Jóvenes de diecinueve, veinte años, dejaban sus pueblos y se iban con un fusil al hombro a luchar contra desconocidos a los que, según les aseguraban, era necesario matar o morir en el intento. La Primera Guerra Mundial, sin embargo, no tenía la fuerte carga ideológica que tuvo después la Segunda, por lo que para muchos soldados el enemigo seguía siendo, ante todo, otro joven como ellos, y la encarnación de un mal absoluto.

La llamada tregua de Navidad fue en realidad una cadena de altos el fuego no oficiales que se produjeron a lo largo del frente occidental de la Primera Guerra Mundial en torno a la Navidad de 1914. La guerra llevaba apenas cinco meses en marcha cuando, entre el barro y las trincheras, los fusiles empezaron a callar.

El combate se había ralentizado: los ejércitos estaban quedándose sin hombres y sin munición, y los mandos revisaban sus planes tras el estancamiento del llamado «carrera hacia el mar» y el resultado indeciso de la primera batalla de Ypres. En ese contexto, durante los días previos al 25 de diciembre, soldados franceses, alemanes y británicos comenzaron a asomarse a las trincheras para intercambiar saludos navideño.

En la Tercera batalla de Ypres fueron asesinados entorno a medio millón de hombres

En la Tercera batalla de Ypres fueron asesinados entorno a medio millón de hombres

En varios sectores, los soldados se aventuraron a salir a tierra de nadie en Nochebuena y el día de Navidad. Allí charlaron, compartieron comida, intercambiaron pequeños recuerdos y, en algunos casos, organizaron entierros conjuntos de los caídos e intercambios de prisioneros.

En realidad, aquellas treguas no fueron un fenómeno exclusivamente navideño. En algunos tramos del frente, donde unidades enfrentadas reducían la violencia, hablaban entre sí o acordaban pausas tácitas para recoger heridos y muertos, o simplemente para no disparar mientras el enemigo descansaba o trabajaba a la vista.

Lo excepcional de la tregua de Navidad fue su escala: decenas de hombres, incluso en sectores tranquilos, saliendo a plena luz del día para reunirse con el enemigo. Por eso, más de un siglo después, sigue considerándose uno de los momentos más simbólicos de humanidad y tregua en medio de uno de los conflictos más violentos de la historia.

Esta actitud no siempre fue bien vista por los oficiales. El teniente Charles de Gaulle escribía el 7 de diciembre sobre el «lamentable» deseo de los infantes franceses de dejar al enemigo en paz, mientras que el comandante del 10.º Ejército, Victor d’Urbal, advertía de las «desafortunadas consecuencias» que se producían cuando los soldados «se familiarizaban con los vecinos de enfrente». Estas opiniones hacen pensar, con cierto desasosiego, en las actitudes deshumanizantes de algunos oficiales que se recogen magistralmente en la película de Kubrik «Senderos de gloria», de 1957, ambientada durante la Primera Guerra Mundial y protagonizada por Kirk Douglas.

Sin embargo, los testimonios de los combatientes se alejan de este cinismo. El escritor británico Robert Graves, autor de Yo, Claudio, que combatió en la guerra con el rango de oficial, publicó en 1962 un relato que narraba la tregua de Navidad, incluyendo un partido de fútbol como los muchos que se vivieron en aquellas fechas. Se conservan fotografías de algunos de ellos.

Graves fue incluso tan caballeroso de conceder a los alemanes la victoria en aquella improvisada pachanga deportiva, con un marcador de 3-2 a su favor. También participó en la tregua el tenor Walter Kirchhoff, que había cosechado éxitos en escenarios como Viena, Nueva York o la Royal Opera House de Londres. En aquel momento combatía como oficial en el frente y fue uno de los responsables de que el espíritu navideño se impusiera por unas horas al estruendo de la guerra, entonando en alemán y en inglés el villancico Noche de paz.

La tregua de Navidad durante la Primera Guerra Mundial

La tregua de Navidad durante la Primera Guerra Mundial

Al año siguiente hubo intentos aislados de repetir la experiencia, pero nada parecido a lo ocurrido en 1914. Las órdenes de los altos mandos fueron claras y severas: nada de confraternizar con el enemigo. Además, tras las brutales pérdidas de 1915, el ánimo de los soldados había cambiado. La guerra ya no era una aventura breve, sino una carnicería.

Aún así, nos quedamos con el espíritu fraterno que muestra el escritor británico Henry Williamson, por aquel entonces un soldado de diecinueve años, en esta carta a su madre:

Querida madre:

​Te escribo desde las trincheras. Son las once de la mañana. A mi lado arde un pequeño fuego de carbón; frente a mí hay un refugio excavado en la tierra, húmedo, con un poco de paja dentro. El suelo está embarrado en la trinchera, aunque fuera permanece helado. En la boca llevo una pipa, un regalo de la princesa Mary. Y en la pipa hay tabaco.

​Pues claro, dirás tú. Pero espera. En la pipa hay tabaco alemán. Ja, pensarás: de un prisionero o encontrado en una trinchera capturada. Pues no, nada de eso. Viene de un soldado alemán. Sí, de un soldado alemán vivo, de su propia trinchera.

​Ayer, británicos y alemanes se encontraron en el terreno entre las trincheras, se dieron la mano e intercambiaron recuerdos. Sí, durante todo el día de Navidad… y todavía mientras escribo. Maravilloso, ¿verdad?
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas