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Primer izamiento de la bandera argentina por el general Manuel Belgrano

No fue España: el expolio del oro argentino empezó con Inglaterra y se agravó tras la independencia

Los nuevos padres de la patria destruyeron la producción hispana, desposeyeron a los propietarios de sus propiedades, esquilmaron a impuestos a los habitantes para pagar armas y combatientes, sobre todo a Inglaterra, y produjeron un nuevo desastre demográfico con batallas crueles, represión y limpieza de enemigos

El año pasado, Milei envió una gran parte de las reservas de oro de Argentina a Inglaterra. Quizás fuera para evitar el embargo o por cualquier otra causa de política económica. Pero parece un símbolo de una historia anterior en la que los argentinos de la nueva izquierda de Laclau reparan poco, porque les es más fácil hablar de genocidio y saqueo español.

Hay que hacer matizaciones. Una: que Argentina no existió hasta la independencia; antes fue un territorio de la Corona española y, antes aún, eran territorios por los que discurrían tribus originarias. Dos: que era un territorio periférico que empezó a tener importancia poco antes de la independencia. Tres: que la mayor parte de lo que hoy es la República Argentina no estaba ocupada por españoles, sino que los originarios habitaban en libertad hasta finales del siglo XIX y principios del XX, exterminio criticado por los argentinos rubios y de ojos azules que se arrogan el papel de ser sus descendientes. Cuatro: que la extracción de oro y plata del Virreinato del Río de la Plata por los españoles fue muy escasa; no eran esas sus riquezas.

Sin embargo, en los territorios había oro y plata llevados desde lugares del Imperio en los que abundaban estos metales. Circulaba la moneda acuñada y se almacenaban los lingotes en los depósitos públicos. Solo una pequeña parte llegaba a Europa; el resto se dedicaba a mantener la sociedad y el Estado virreinal. Es cierto que, en 1776, Potosí (hoy Bolivia) pasó a formar parte del Virreinato del Río de la Plata, pero en esa época el esplendor de la mayor mina de plata del mundo había decaído.

La parte real se había reducido y, además, existía una gran extracción pirata organizada por los mismos mineros. Alonso Carrió de la Vandera, «Concolorcorvo», en su libro El lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima (Lima, 1773), escribía sobre los «ladrones de metales que acometen de noche las minas, y como prácticos en ellas, sacan los más preciosos, que benefician y llevan al banco que el Rey tiene de rescate, siendo cierto que estos permitidos piratas sacan más plata que los propietarios mineros».

Pero de lo que quedaba, otro infectado de nacionalismo radical, el director supremo Pueyrredón, en 1811 mandó saquear los depósitos y destruir el troquel de la moneda única americana. Fue un gesto de soberbia de graves consecuencias para la economía y la integración del continente.

Si la llegada de los conquistadores supuso una alteración radical de la vida americana, la independencia, a su modo, también lo fue, porque los nuevos padres de la patria no supieron mantener un sistema de organización que estaba funcionando y no supieron crear otro mejor. Pero, eso sí, empobrecieron radicalmente los nuevos países. Destruyeron la producción hispana, desposeyeron a los propietarios de sus propiedades —en muchos casos para engrosar sus patrimonios—, esquilmaron a impuestos a los habitantes para pagar armas y combatientes, sobre todo a Inglaterra, y produjeron un nuevo desastre demográfico con batallas crueles, represión y limpieza de enemigos. Estos visionarios, formados en logias donde adquirían las nuevas ideas políticas, hipotecaron su futuro con deudas y obligaciones contraídas con franceses y, sobre todo, ingleses, que les hicieron ver que el apoyo tenía un precio muy caro.

Ya habían avisado. En 1806-1807 se produjeron las invasiones inglesas, rechazadas al fin. Pero, mientras duró la ocupación, ya se encargó el inglés William Beresford de apoderarse de las cuarenta toneladas de oro y plata que los españoles custodiaban en la ciudad. Una fortuna inmensa en la época. La crisis que siguió a esa falta de fondos públicos sería, después, una de las semillas del independentismo criollo.

Cuando San Martín decidió cruzar los Andes y llevar la independencia a Chile, que hasta entonces no había mostrado deseos de tenerla, se produjo otro acto de saqueo injustificable. Aunque los pormenores de la historia no están claros, parece que el caudillo permitió al almirante inglés Thomas A. Cochrane que se apoderara del tesoro de la Real Hacienda del Virreinato del Perú en 1822. Solo San Martín sabía cuánto había. Y debió de ser tanto, que nunca se ha conocido con certeza.

Cochrane, un pintoresco aventurero que había sido expulsado de la marina inglesa, se cobró así su imprescindible ayuda a los libertadores. Y rehízo, con incontables mejoras, su perdida fortuna. No solo eso: el inglés tomaba una parte de cada barco español. Para él era derecho de presa; para los americanos, pura piratería. Incluso llegó a apoderarse de una goleta cargada de plata del propio San Martín.

El último acto fue el nefasto Tratado de Amistad, Libre Comercio y Navegación que Gran Bretaña obligó a firmar a Argentina en 1825. Parecía un progreso: llegaba el libre cambio. No entendieron los argentinos que la limitación de comercio impuesta por los españoles protegía la producción interior de América, a la vez que compensaba a España los gastos de soberanía.

Efectivamente, el país se llenó de productos manufacturados ingleses y se desarrollaron las obras públicas. Pero tampoco era gratis. Cuando los argentinos agitaron el oro que dejaron los españoles, no tenían con qué pagar, porque los británicos no admitían pieles ni astas de vacuno, como ya señalara acertadamente Félix Luna en su Historia integral de Argentina (Buenos Aires, 1944). Esto originó una crisis económica de la que empezaron a salir cuando, a partir de 1880, pudieron producir trigo para exportar gracias a la conquista de las pampas y, más tarde, con la invención de los barcos frigoríficos, que posibilitaron el envío de carne a Europa. Hay quien prefiere culpar de todo a Pedro de Mendoza.