La destrucción del templo de Jerusalén, obra de Francesco Hayez
Cuando Roma conquistó Judea y destruyó el Templo de Jerusalén
La historia de la presencia romana en Judea estuvo marcada por las revueltas y las tensiones, que desembocaron en la destrucción de su templo más sagrado
Antes de la llegada de los romanos, el reino de Judea estaba a la sombra del Imperio seléucida, establecido por Seleuco, el general de Alejandro Magno, tras la conquista de Persia. La reina de Judea, Salomé Alejandra, pertenecía a la dinastía de los asmoneos, sucesores de los macabeos, y había estado casada con dos reyes, siguiendo la tradición judía según la cual una viuda debía casarse con el hermano del esposo fallecido, en caso de no haber tenido hijos.
Salomé Alejandra era querida por el pueblo, ya que se decía que se había opuesto a las sanguinarias políticas de su marido. Favoreció a los fariseos, la secta judía más estricta en la observancia de las leyes, que aparece frecuentemente en el Nuevo Testamento. Los fariseos se convirtieron en los verdaderos gobernantes de la nación, manteniendo una encarnizada rivalidad con los saduceos.
A la muerte de Salomé Alejandra, sus dos hijos se enzarzaron en una guerra civil. Esta circunstancia fue aprovechada por uno de los más audaces generales de Roma: Pompeyo. Se puso de parte de uno de los dos hermanos, Hircano II, al que ayudó a ser nombrado sumo sacerdote. Sin embargo, no lo hizo rey: dado que el Senado de Roma no se fiaba de la dinastía asmonea, el poder político lo dejó en manos de un rey vasallo, cuyo nombre ha pasado a la historia por la matanza de los inocentes: Herodes I, que sería conocido como el Grande.
Herodes era hijo de un funcionario del rey Hircano II, de origen idumeo, por lo que no tenía sangre judía. Para asegurar su legitimidad, se casó con una nieta del rey, la bellísima Mariamna. Judea se convirtió así en un protectorado de Roma. Se construyó la ciudad de Cesarea Marítima, que se convirtió en el centro administrativo de la región, mientras que Jerusalén se mantuvo como capital espiritual. Tras la muerte de Herodes, el emperador Augusto dividió el reino entre tres de sus hijos. Herodes Antipas, el que ordenó la muerte de Juan el Bautista, quedó al mando de Galilea, mientras que Judea quedó bajo el gobierno de Arquelao, que aparece mencionado en el Evangelio de Mateo:
«Pero cuando supo que Arquelao estaba gobernando en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá; y, habiendo sido advertido en sueños por Dios, se dirigió a la región de Galilea.» (Mt 2, 22).
El asedio y destrucción de Jerusalén por los romanos bajo el mando de Tito
Sin embargo, Arquelao no fue un gobernante popular. Sofocó revueltas con crueldad, ejecutando a miles de fariseos. Además, tomó por esposa a la princesa capadocia Glafira, viuda de su hermano, pese a que el nuevo esposo de esta, el rey Juba de Mauritania, aún estaba vivo. Este culebrón iba en contra de la ley de Moisés y, junto con sus actos violentos, llevó a los judíos a presentar sus quejas al emperador romano Augusto. Este exilió a Arquelao a las Galias, donde acabó sus días, y Judea pasó a ser una provincia romana, gobernada por un prefecto ecuestre y subordinada a la provincia de Siria.
En los años siguientes, Judea fue gobernada directamente por estos prefectos, de los cuales el más conocido es Poncio Pilato. Durante el reinado del emperador Calígula estalló la primera gran crisis, que comenzó porque el emperador se empeñó en erigir una estatua suya en el Templo de Jerusalén. En esta disputa intervino Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, que era amigo personal de la familia imperial, ya que había vivido en Roma con Calígula, Druso y Claudio, entre otros. Fue el propio Claudio, al ser nombrado emperador, quien concedió a Herodes Agripa el título de rey de los judíos, aunque la provincia no dejó de formar parte del Imperio.
En el año 66 d. C. estallaron finalmente las tensiones. La gota que colmó el vaso fue la apropiación de fondos del Tesoro del Templo por parte del procurador Gesio Floro, que provocó disturbios en Jerusalén, duramente reprimidos por las tropas romanas. Grupos nacionalistas, liderados por los zelotes, tomaron el control de la ciudad y expulsaron a la guarnición romana.
Roma respondió con una intervención militar a gran escala: el emperador Nerón envió a Vespasiano, quien, junto a su hijo Tito, inició una campaña de reconquista desde Galilea. Ambos llegarían a ser emperadores años después, tras la muerte de Nerón y una guerra civil. Sus victorias en Judea fueron cruciales para cimentar su popularidad. En el año 70 d. C., Tito sitió la ciudad, dividida internamente por facciones judías enfrentadas.
Tras meses de asedio, las legiones romanas tomaron Jerusalén y el Templo fue destruido, una dura derrota material y simbólica para los judíos, que sería llorada durante generaciones. En Roma puede verse aún hoy el Arco de Tito, en cuyos relieves se representa la destrucción del Templo, mientras que el último vestigio de este puede verse en Jerusalén, donde miles de peregrinos visitan el Muro de las Lamentaciones.