Soldados republicanos posando junto a un cañón de montaña de 75 mm modelo 1898 Meiji 31
Cómo llegaron 42 cañones japoneses a las manos del Ejército Republicano en 1936
En ningún momento hubo negociaciones entre la República española y el Imperio del Sol Naciente para la importación de estos cañones
No hubo samuráis luchando en la guerra civil española, pero Japón sí participó indirectamente en la contienda. Ambos bandos tuvieron apoyo de terceros países, ya fuese con tropas, financiación o armamento. Países como la Italia fascista de Mussolini o la Alemania nazi de Hitler apoyaron a los sublevados, mientras la República se servía de la ayuda de la Unión Soviética de Stalin y de México. Asesores, suministros, material militar, soldados profesionales y voluntarios extranjeros, como fueron las Brigadas Internacionales, son el claro ejemplo de la internacionalización de la cruenta guerra civil.
En este mosaico de procedencias destacan los modelos de cañones japoneses que importó el Ejército Popular de la República para pertrechar a sus unidades.
Antes de hablar de calibres y modelos, hay que aclarar que Japón no estuvo implicado en la Guerra Civil. En ningún momento hubo negociaciones entre la República española y el Imperio del Sol Naciente para la importación de estos cañones. Entonces, cabe preguntarse: ¿de dónde procedía ese material de artillería nipón? Para descubrirlo, hay que embarcarse en el vapor Yorkbrook, que llegó al puerto de Bilbao el 18 de noviembre de 1936, navegando bajo pabellón estonio.
Sus bodegas estaban repletas de armamento de todo tipo y 42 piezas de artillería. En concreto, cargaba 42 cañones de montaña de 75 mm, bautizados como Meiji 31. «Material antiguo y en malas condiciones, que había que reconocer, limpiar, engrasar, añadir piezas que faltaban […]; en fin, como para volvernos locos», escribió un comandante de artillería destinado en el Parque de Artillería de Bilbao, donde se pusieron a punto las piezas para después enviarlas y repartirlas entre los cuerpos de Ejército del Norte republicano en Asturias y Santander.
La llegada del Yorkbrook a Bilbao no se llevó en secreto; es más, existe una extensa documentación del manifiesto de carga y otros informes sobre el asunto, que realizaron el gobierno local y el Ejército republicano. Toda ayuda era bienvenida, pero este modelo era versátil: tenía un cañón ligero, estrecho y bajo, muy útil para combatir en el norte de España.
De la Rusia del Zar a la Guerra Civil española
No eran piezas modernas; se diseñaron a finales del siglo XIX por los coroneles Arisaka y Akimoto y el capitán Kourijama, y la fabricación estuvo a cargo de la empresa alemana Krupp. Pero lo interesante de este modelo, y de los 42 cañones Meiji 31, es el recorrido que hicieron hasta llegar a Bilbao. La mayoría de los cañones había sido utilizada previamente en la guerra ruso-japonesa de 1904 y en la Primera Guerra Mundial por la Rusia de los zares, incluso en la Guerra Civil finlandesa.
Soldados japoneses junto a un caballo que carga un cañón Meiji 31 durante la guerra ruso-japonesa en 1904 o 1905.
Finalizada la contienda en Finlandia, 44 piezas de este modelo se cedieron a la milicia Suojeluskunta (conocida como Guardia Blanca, una organización paramilitar de voluntarios) y pasaron a llamarse 75 VK 98. Durante los diez años siguientes, se utilizaron para adiestramiento, hasta que la empresa finesa Transbaltic Oy/Ab compró 42 de los cañones originales, que el Ejército envió a la casa Sako para su puesta a punto antes de la venta. La intención de la compañía era exportarlos al puerto de Hodeida, en Yemen. O eso pusieron en el manifiesto de carga, pero su verdadero destino era España, a bordo de un buque mercante que llegó a Bilbao en noviembre de 1936.
Tras la caída del frente del Norte, los nacionales recuperaron nueve cañones Meiji 31, de los cuales hoy solo se preservan dos: uno en el Museo de Artillería de Sevilla y otro en Valladolid. No obstante, los japoneses siguieron utilizando este modelo de cañón hasta finales de la Segunda Guerra Mundial. Hubo otros modelos nipones, pero su presencia en los campos de batalla españoles fue mínima.