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La marquesa de Brinvilliers: la envenenadora del siglo XVII, una novela de 1846 escrita por Albert Richard Smith.

Picotazos de historia

La Giulia Tofana del París del siglo XVII: la marquesa que envenenó a su familia tras probar con pobres

Fascinada con el descubrimiento de la química y sus aplicaciones prácticas en el arte de la eliminación del prójimo molesto, decidió poner a prueba la teoría

Durante el reinado de Luis XIV de Francia, la corte francesa y la buena sociedad parisina se vieron sacudidas por una serie de escándalos relacionados con envenenamientos.

Todo empieza en el año 1672. En París, un oficial de caballería, disoluto y cubierto de deudas, llamado Goudin Sainte Croix, fallece de muerte accidental. Sus acreedores, desesperados por recuperar algo, elevan una petición al fiscal del rey solicitando que se haga un inventario de las posesiones del difunto.

Entre las pocas cosas que le encontraron había una caja cerrada con una nota pegada en la tapa: «Abrir solo en caso de mi muerte». Al abrirla, hallaron en su interior treinta y dos apasionadas cartas de amor de su amante —la marquesa Marie Madeleine de Brinvilliers, nacida Dreux d’Aubray—, dos bonos suscritos por la marquesa tras la muerte de su padre y sus hermanos, varios viales con veneno y una confesión manuscrita de la señora reconociendo que había asesinado a su padre y a sus hermanos.

Marie Madeleine Dreux d’Aubray casó en 1651, a los veintiún años de edad, con Antoine Gobelin, marqués de Brinvilliers y coronel del regimiento Aubernia. El matrimonio tuvo cinco hijos: tres chicos y dos chicas. Una vez cumplida la función reproductora, los esposos decidieron hacer vida separada para atender mejor a sus propias inclinaciones. Él mantuvo a varias amantes y malgastó su fortuna en el juego, que era su verdadera pasión; ella tuvo varios amantes y derrochó su dote y la fortuna de su marido manteniéndolos en una vida de lujos.

En 1663, la escandalosa vida de la marquesa es la comidilla de París y la vergüenza de su padre. Intentando frenar la degeneración progresiva de su hija, el acongojado padre consigue una carta de encarcelamiento —lettre de cachet— firmada por el propio Luis XIV, ordenando que el caballero de Sainte Croix sea encerrado en la prisión de la Bastilla, sin acusación ni juicio.

Quiso la fortuna que uno de los compañeros de infortunios de Sainte Croix fuera el conocido químico y envenenador Giovanni Exili. Como el caballero se aburría, se dejó instruir por el señor Exili, quien le explicó los secretos de su arte.

Tras pasar varios meses en la Bastilla, Sainte Croix fue liberado. Corrió presuroso en busca de los cálidos y añorados abrazos de la señora marquesa.

Calmados los más furiosos arrebatos de la pasión, Sainte Croix contó a Marie Madeleine los conocimientos tan útiles que había adquirido en la prisión y las interesantes compañías que allí había frecuentado. La señora se mostró muy receptiva y se transformó en una entusiasta alumna de ese nuevo conocimiento que le abría las puertas a nuevas posibilidades.

Fascinada con el descubrimiento de la química y sus aplicaciones prácticas en el arte de la eliminación del prójimo molesto, decidió poner a prueba la teoría, anotando con minuciosidad el tipo de veneno, cantidad, dosificación, sintomatología, etc. El lugar para llevar a cabo tan interesantes como instructivos experimentos fue el hospital parisino conocido como Hôtel-Dieu. Este lugar acogía a todo tipo de peregrinos, pobres y huérfanos, y allí Marie Madeleine repartía galletas y otros alimentos bien untados en ponzoña para comprobar sus resultados.

Tras el éxito de las primeras pruebas, la atención de la marquesa se centró en el verdadero objetivo: su papá. Durante cinco meses cuidó amorosamente de su querido padre, atendiéndole en sus achaques y trasladándose a vivir al castillo familiar para poder cuidar mejor de él. A pesar de sus cuidados, el buen señor falleció el 10 de septiembre de 1666. Durante el juicio, confesó que durante ese tiempo le administró entre veintiocho y treinta dosis de veneno, para que el debilitamiento fuera progresivo y no levantara sospechas.

Marie-Madeleine, la marquesa de Brinvilliers, envenenando a su padre

Para entonces, el marido, Antoine Gobelin, que hacía vida por su cuenta, debió de olerse algo, ya que decidió alejarse todo lo posible de su cónyuge. Partió a su castillo familiar, donde prohibió la entrada a su esposa y se negó a recibir nada que proviniera de ella.

En 1670, madame de Brinvilliers, muy decepcionada con la parte de la herencia que le ha tocado —pues apenas enjuga las deudas que acumula—, decide hacer una nueva poda en el árbol familiar. El 17 de junio de ese año fallecerá uno de sus hermanos. El hecho de que su muerte fuera trece días después de la de Enriqueta de Inglaterra, hija del rey Carlos I de Inglaterra y cuñada de Luis XIV de Francia, quien falleció en medio de rumores de envenenamiento, puso en alerta a la corte.

El fallecimiento de otro hermano de Marie Madeleine —¡hay que ver la mala suerte de esta familia!— en noviembre se consideró lo suficientemente preocupante como para que se pidiera que los físicos de la corte examinaran el cadáver. El dictamen fue que el muerto presentaba signos de haber sido envenenado.

Marie Madeleine Marguerite d'Aubray, marquesa de Brinvilliers, 1676, tras su encarcelamiento, retrato de Charles LeBrun.

Saltaron todas las alarmas, pero no existía ninguna evidencia clara que señalase a la marquesa. La única hermana superviviente se alejó de París por motivos de salud y, por el mismo motivo, cortó comunicación con Marie Madeleine. Fue en ese momento cuando al pobre Sainte Croix se le ocurrió morirse.

La envenenadora, viéndose descubierta por la aparición de las delatoras pruebas que contenía la caja de su amante, huyó hacia Londres. Allí vivió un tiempo, pero, inquieta y paranoica, se trasladó a los Países Bajos. No estaba segura. Sentía cómo la policía francesa la perseguía buscando la manera de llevarla ante los tribunales, que la habían declarado en rebeldía.

En 1676, un oficial de la policía consigue engañarla y la traslada desde el Principado de Lieja, donde se había refugiado dentro de un convento, a París.

El juicio se celebrará en la capital francesa entre los días 29 de abril y el 16 de julio de ese mismo año. Fue interrogada y se le aplicó la tortura del agua, obligándola a ingerir líquido hasta que el abdomen parecía próximo a reventar. Jamás reconoció culpabilidad alguna; con todo, las pruebas que existían eran abrumadoras y no admitían duda respecto a su participación en la muerte de varios miembros de su familia. Fue condenada a hacer una pública confesión de sus culpas —algo considerado muy humillante para una mujer noble— y a morir decapitada. La pena se ejecutó al día siguiente, 17 de julio de 1676.

El cuerpo y la cabeza de Marie Madeleine de Brinvilliers fueron quemados, y sus cenizas, junto con las cartas y los viales de veneno que se encontraron dentro de la caja de Sainte Croix, fueron arrojados al río Sena.

La actividad y muerte de esta envenenadora darán lugar a una serie de escándalos, entre los años 1676 y 1682, relacionados con envenenamientos en la corte de Francia que históricamente serán conocidos como «el caso de los venenos». El resultado sería treinta y seis condenas a muerte, treinta y cuatro destierros (entre ellos, la madre del futuro mariscal príncipe Eugenio de Saboya) y cuatro condenas a galeras.