Atentado a Alfonso XII el 30 de diciembre de 1879 cometido por Francisco Otero
Atentados y magnicidios en el siglo XIX: ser monarca era una profesión de alto riesgo
Casi todas las dinastías europeas sufrieron graves atentados: los anarquistas buscaron en los magnicidios la mejor manera de hacer propaganda de sus objetivos
No resultó nada cómodo ser monarca reinante en la segunda mitad del siglo XIX. La necesidad de hacer popular el sistema hereditario obligó a reyes y emperadores a hacerse más visibles. Paralelamente, se desarrollaron las conspiraciones antisistema y los movimientos revolucionarios violentos. Especialmente los anarquistas buscaron en los magnicidios la mejor manera de hacer propaganda de sus objetivos.
Como consecuencia, los riesgos inherentes a tan elevada condición se incrementaron de forma geométrica, haciendo cada vez más incómoda la vida de los pobres monarcas. Casi todas las dinastías europeas sufrieron graves atentados. Nuestro Alfonso XII sufrió dos, en 1878 y 1879, de los que salió ileso. También los sufrieron el káiser Guillermo II y el emperador Napoleón III. Incluso la reina Victoria, que sobrevivió nada menos que a siete durante su largo reinado.
Dibujo de un ataque contra el carruaje de la reina Victoria
Otros no tuvieron tanta suerte. El primer monarca en perecer de muerte violenta fue el emperador de México, Maximiliano de Habsburgo. En este caso, su muerte no se debió a un atentado. Había sido instalado en 1863 en un improbable trono imperial por los conservadores mexicanos, que buscaban en la monarquía una salida al desorden que reinaba en el país. Inicialmente, contó con el apoyo de un ejército francés enviado por Napoleón III, que buscaba convertirse en caudillo de la «latinidad». Por cierto, fue el inventor del término «Latinoamérica» para justificar su aventura mexicana.
Maximiliano tuvo muchos problemas para consolidar su trono. Abandonado por el inestable emperador francés, que retiró su ejército en 1866, se negó a abandonar a sus partidarios mexicanos. Con la caballerosidad que le caracterizaba, continuó un quijotesco combate destinado al fracaso, como consecuencia de la ayuda que los EE. UU. proporcionaron a los republicanos. Encontró una honrosa muerte, fusilado en Querétaro junto a Miramón y Mejía, generales leales a su causa hasta el amargo final.
La ejecución del emperador Maximiliano
El siguiente en caer asesinado fue el zar de Rusia Alejandro II, en 1881. Monarca reformista, proclamó la abolición de la servidumbre, el brutal sistema que mantenía en una ignominiosa condición a la mayor parte de los campesinos rusos. Su popularidad incrementó la obsesión de las sociedades secretas rusas por eliminarlo como única posibilidad de conseguir la transformación histórica que preconizaban.
Alejandro había esquivado con éxito cinco atentados. Fracasaron los tiroteos, el sabotaje del tren imperial y las bombas ocultas en las calles. Incluso se llegó a excavar un túnel bajo el Palacio de Invierno para volar el comedor durante la cena. La suerte acompañó de nuevo al zar, que decidió cambiar el lugar de la cena.
Cada intentona reforzaba la impresión de que la suerte no le abandonaría. Tampoco cambió sus itinerarios, modificó sus horarios o incrementó su escolta. Parecía indiferente al riesgo. Pero, finalmente, los conspiradores lograron el éxito mediante un atentado suicida. Durante uno de sus recorridos habituales cada domingo, dos bombas sucesivas consiguieron acabar con su vida. La primera solo le hirió levemente, aunque causó muchos heridos.
El zar se negó a ser evacuado hasta comprobar el estado del resto de heridos, lo que permitió al siguiente terrorista arrojar una bomba a los pies del monarca, que quedó destrozado junto a su asesino. Con él acabaron las perspectivas reformistas en Rusia.
Asesinato del zar Alejandro II de Rusia en San Petersburgo el 13 de marzo de 1881.
Hacia el fin de siglo se incrementaron los atentados, en los que se distinguieron siniestramente los anarquistas italianos. Uno de ellos acabó, en 1898, con la emperatriz Isabel de Austria-Hungría, la famosa Sissi. La neurosis que le provocó la muerte de su hijo Rodolfo solo se aplacaba con continuos viajes, que realizaba con nombres supuestos para mayor seguridad. La indiscreción de la prensa durante una estancia en Ginebra puso sobre aviso al anarquista, que se apostó en las cercanías del hotel en el que se alojaba Sissi.
Su rechazo visceral a la protección que le ofreció la policía suiza facilitó la tarea del asesino. Pudo aproximarse a la emperatriz sin correr riesgos para apuñalarla de forma fatal. Fue un asesinato que conmocionó a toda Europa.
En 1900 se produjo el último atentado exitoso del siglo. Esta vez le tocó el turno al rey de Italia Humberto I, que había sobrevivido a varios intentos. Cuando intentaron convencerle de que no corriera riesgos, contestó que correr riesgos estaba incluido en su sueldo como monarca. A la salida de un acto público en Monza, un anarquista italoamericano, Gaetano Bresci, le descerrajó tres tiros que acabaron con su vida. Pretendía vengarse de la represión de una violenta manifestación en la que habían muerto varios obreros.
No solo los monarcas corrían riesgos. También estaban amenazados los mandatarios republicanos. El propio presidente de Francia, el popular Sadi Carnot, fue acuchillado hasta la muerte por otro anarquista italiano en Lyon en 1894. El pretexto fue también la dureza de la represión de huelgas obreras. Los magnicidios continuaron produciéndose durante las primeras décadas del siglo XX. Lo trataremos en otro artículo.