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Puerta de San Juan, Puerto Rico. En la foto de 1897 se puede apreciar la bandera de España

Puerto Rico en 1898: por qué la isla prefirió seguir siendo española

La mayoría de los boricuas querían seguir siendo españoles; la diferencia estribaba en que unos aspiraban a serlo con una mayor autonomía, mientras otros aspiraban a una asimilación total con la metrópoli

En su segundo viaje, Cristóbal Colón, navegando por las Antillas Menores y, más concretamente, por las denominadas islas de Barlovento, se encontró a algunos arawaks o arahuacos que le hablaron de las riquezas de una isla a la que llamaban Borikén. El 19 de noviembre de 1493, el almirante llegó a la citada isla y la rebautizó como San Juan Bautista, aunque fue Juan Ponce de León, en 1508 (quien posteriormente se convertiría en gobernador), el que estableció el primer asentamiento. Con el tiempo, la isla pasó a denominarse Puerto Rico y la bahía del puerto permaneció como San Juan.

Dado el interés de otras potencias por hacerse con una isla tan estratégicamente situada, España hubo de construir numerosas fortalezas, como la Fortaleza (también conocida como palacio de Santa Catalina), actual residencia del gobernador; San Felipe del Morro, en la bahía de San Juan; o los fuertes de San Cristóbal y de San Jerónimo. Gracias a estos enclaves artillados se pudo hacer frente a los diversos intentos de invasión de franceses, ingleses y neerlandeses.

Bombardeo de San Juan

Ya en el siglo XVIII, y como una cruel paradoja histórica, muchas de las tropas españolas que acompañaron a Bernardo de Gálvez en sus diferentes batallas contra Inglaterra, apoyando a las trece colonias que habrían de conformar los Estados Unidos, provenían de Puerto Rico.

Tras las guerras civiles de principios del siglo XIX, que llevaron a las independencias de la mayor parte de los territorios americanos de la Corona, el otrora gran Imperio español se vio reducido a las islas que mantenía en el Pacífico y en el Caribe. Sin embargo, la situación de Puerto Rico era muy diferente a la de Cuba o Filipinas, en donde sí hubo, especialmente en la segunda mitad del siglo, movimientos insurgentes de cierta entidad e, incluso, lucha armada, aunque, sin ayuda exterior, difícilmente hubiesen podido derrotar a España, o al menos no en 1898.

En Puerto Rico surgió el mitificado Grito de Lares de 1868, cuando 500 insurgentes llamaron, infructuosamente, a alzarse en armas (los rebeldes acabaron siendo encarcelados a los pocos días y ahí se terminó el espíritu independentista de los boricuas), movimiento que en el XIX nunca contó con más de cuatro gatos y medio. De hecho, cuando a partir de 1870 se crean los primeros partidos políticos, solo hay uno independentista en el exilio y muy minoritario. De los dos mayoritarios, uno buscaba la asimilación completa al sistema político de Madrid y el otro, un sistema autonómico. En 1897 le será concedida a la isla una carta autonómica.

Pero en la noche del 15 de febrero de 1898, el acorazado estadounidense Maine, atracado en la bahía de La Habana, con una dotación de 355 hombres a bordo, saltó por los aires. Doscientas sesenta y seis personas fallecieron. La prensa amarillista y un informe preliminar de la Marina norteamericana acusaron, sin rodeos, a España. Estados Unidos tenía, por fin, la excusa perfecta para hacerse con los últimos y ansiados retazos ultramarinos del país que durante siglos había mantenido el primer imperio global de la historia.

Poco importaron otros datos relevantes, como que, en los tres años anteriores a la explosión del Maine, otros doce barcos estadounidenses hubiesen tenido explosiones e incendios debidos a la combustión espontánea del carbón o de las municiones y, sobre todo, que España era el país menos interesado en provocar un conflicto con Estados Unidos.

Tras la declaración de guerra y hasta tener controlada Cuba, alrededor de julio del 98, no se produjo la invasión de Puerto Rico. Ese mes, el general Nelson Miles, veterano de la guerra de Secesión y de las guerras indias, desembarcó en la bahía de Guánica, en la costa suroeste, al mando de 17.000 hombres, frente a los que un desmoralizado ejército español pudo oponer poca resistencia. Lo más interesante aquí, sin embargo, es que la población, salvo una minoría colaboracionista, en su gran mayoría o bien permaneció pasiva o se afilió al ejército español, desconfiando de las verdaderas intenciones del gigante norteamericano.

Foto de una trinchera española utilizada por las fuerzas españolas durante la Batalla de Asomante 1898

En realidad, la mayoría de los boricuas querían seguir siendo españoles; la diferencia estribaba en que unos aspiraban a serlo con una mayor autonomía, mientras otros aspiraban a una asimilación total con la metrópoli. Las posturas independentistas o de integración con Estados Unidos eran, entonces, casi inexistentes. Por supuesto, tras la capitulación española y el Tratado de París, nadie preguntó a los puertorriqueños qué querían ser de mayores: simplemente se transfirió la soberanía de un país a otro.

Los primeros años, bajo la batuta de Washington, fueron muy difíciles para los habitantes de la isla, ya que, como relata el historiador Salgado Pérez, los funcionarios, especialmente los jueces y la Guardia Civil, así como los principales empresarios, volvieron a España, dejando a Puerto Rico sumido en un caos administrativo, económico y de seguridad. Proliferaron las bandas de saqueadores que robaban para aliviar la pobreza que había generado la guerra y la huida de capitales y empresas.

La mano dura estadounidense, implementada mediante la Ley Foraker (1900), que, entre otras regulaciones para la administración de la isla, potenciaba aplicar la pena de muerte a los pandilleros, resultó tremendamente impopular. Otras fechas importantes fueron el 2 de marzo de 1917, cuando se aprueba la Ley Jones, que otorgó la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños, y el 25 de julio de 1952, fecha en la que Puerto Rico pasa a ser un Estado Libre Asociado a los Estados Unidos, tras un referéndum y la luz verde del Congreso de los Estados Unidos.

Desde entonces, Puerto Rico se ha venido debatiendo entre varias opciones. Actualmente, la mayoritaria (alrededor del 50 %) es la integración plena para convertirse en un estado más, en igualdad con el resto, sin las limitaciones actuales. También tiene bastantes adeptos ir hacia una soberanía asociada (un 25 %), que le otorgaría una autonomía mucho mayor. La opción de independencia plena es minoritaria (alrededor de un 10 %). También hay que señalar que, fundamentalmente en la última década, ha nacido un movimiento denominado «reunificacionista» que aboga por convertir a Puerto Rico en una comunidad autónoma española.

Se trata de un movimiento heterogéneo y minoritario, compuesto por algunos juristas, académicos, élites intelectuales y jóvenes desencantados. El movimiento ha cobrado auge tras la imposición, por parte de Washington, de la Junta de Control Fiscal y por un cierto sentimiento de abandono tras los daños causados por los devastadores huracanes que han venido azotando la isla en los últimos años.

Este movimiento no tiene, de momento, un partido que lo respalde, y sus promotores calculan que, al menos, un 15 % de la población simpatiza con la idea. Son muy activos en redes sociales y apuestan por seguir sumando adeptos en el futuro, pese a lo cual la mayoría lo sigue contemplando como una opción compleja y poco realista. Aunque, con una geopolítica tan volátil e inestable como la actual… you never know what you're gonna get, es decir, nunca sabes lo que te va a tocar o, en este caso, más bien, lo que va a pasar, que diría Forrest Gump.