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Fawzia de Egipto, Soraya Esfandiary y Farah Diba

Dinastías y poder

Las tres reinas que simbolizaron la modernidad en Irán antes de la revolución islámica

Fueron las emperatrices que dieron rostro al siglo XX persa: Aunque las vidas de Fawzia, Soraya y Farah estuvieron marcadas por divorcios, exilios y tragedias familiares y políticas, demostraron que podían ser un símbolo sin dejar de convertirse en una referencia

A lo largo del siglo XX, antes de que el velo volviera a convertirse en un símbolo de imposición política, la corte iraní fue capaz de representar un proyecto de país conectado con Occidente. Durante varias décadas, sus reinas mostraron el rostro y vistieron a la última moda europea, convertidas en símbolos de modernidad. Tres nombres destacan por su belleza y el impacto cultural que tuvieron: Fawzia de Egipto, Soraya Esfandiary y Farah Diba.

Fawzia, la primera esposa del sha Mohamed Reza Pahlavi, nació en 1921 en Alejandría, en la familia real egipcia. Hija de Fuad I y hermana de Faruk, su infancia estuvo marcada por internados suizos y un entorno que buscaba proyectar occidentalización. Su belleza exótica –melena negra, ojos azul intenso– y un porte distinguido la convirtieron en la candidata perfecta para unir dos dinastías que necesitaban consolidación: la de Egipto y la familia Pahlavi en Irán. Su boda, en 1939, con el joven heredero del trono persa fue un acontecimiento de proporciones internacionales, que se celebró en El Cairo con gran pompa.

La reina Fawzia con Mohammad Reza y su hija, la princesa Shahnaz, en Teherán durante la Segunda Guerra Mundial

Cuando llegó a Teherán, Fawzia mostró un estilo único, pero nunca se adaptó completamente a la corte persa, aún anclada en costumbres tradicionales. Ella hablaba francés y continuaba vistiendo modelos de alta costura parisina. Su imagen, capturada por fotógrafos como Cecil Beaton para la portada de Life, le valió el apodo de 'Venus de Asia'. Esta princesa egipcia encarnaba la idea de una reina moderna, que mostraba su rostro y era un referente de moda. Sin embargo, su matrimonio fue breve y la presión por dar un heredero varón hizo que el sha la repudiase: Fawzia regresó a su país y llevó una vida alejada de la influencia política.

Décadas más tarde, otra figura femenina deslumbró en la corte persa: Soraya Esfandiary. Nacida en Isfahán en 1932, hija de diplomático y madre francesa, pasó gran parte de su infancia y adolescencia en Europa. Su matrimonio con Mohamed Reza Pahlavi, en 1951, fue la boda de ensueño: Soraya, con sus famosos ojos verdes, lució un vestido de Christian Dior ribeteado en plumas blancas, una joya de la moda de su tiempo. Su rostro y su estilo se convirtieron en referentes para mujeres de todo el mundo, mostrando que una reina podía ser al mismo tiempo persa y europea.

Soraya en 1962Wikimedia Commons

La vida de Soraya, sin embargo, estuvo marcada por las tensiones políticas de la época. El golpe de Estado de 1953, conocido como Operación Ajax, impulsado por la CIA y el MI6, obligó al sha a exiliarse temporalmente. La pareja volvió a Teherán con la presión de tener un hijo varón, que nunca llegó. Tras su divorcio, en 1958, Soraya se retiró a Europa y mantuvo un estatus de celebridad internacional. Trató incluso de dedicarse al cine.

La última emperatriz de Irán antes de la caída de la monarquía fue Farah Diba, nacida en Teherán en 1938 en una familia acomodada pero no aristocrática. Educada en escuelas europeas y con estudios de arquitectura en París, Farah combinaba inteligencia, sofisticación y una presencia cosmopolita. Su matrimonio con el sah, en 1959, marcó el comienzo de una nueva era: con ella, Irán buscaba proyectar modernidad y apertura. Farah se convirtió en madre del ansiado heredero, Reza Ciro, y de otros tres hijos, cumpliendo con las expectativas de la dinastía.

La pareja imperial rodeada por el presidente Heinrich Lübke y su esposa durante su visita de Estado a Alemania Occidental en 1967Bundesarchiv / Wikimedia Commons

Farah Diba también supo proyectar su imagen como un símbolo de moda y cultura. Durante su reinado, entre 1967 y 1979, lució coronas de esmeraldas y vestidos de alta costura, participó activamente en causas humanitarias y educativas, y respaldó las políticas de modernización del sah, incluyendo el voto femenino y la reforma agraria. Su rostro, visible y admirado por su pueblo y por toda la prensa internacional, consolidó la idea de que la monarquía iraní podía ser moderna, elegante y cercana a la cultura occidental sin renunciar a su identidad persa.

La vida de estas tres emperatrices nos acerca a un periodo en la historia de Irán muy diferente al actual. Durante décadas, sus rostros fueron símbolos de la apertura cultural de un país que, a pesar de vivir condicionado por las potencias occidentales, las tensiones internas y el poder, permitía que sus reinas fueran visibles para millones de mujeres. Fawzia, Soraya y Farah combinaron tradición y modernidad. Aunque sus vidas estuvieron marcadas por divorcios, exilios y tragedias familiares y políticas, demostraron que podían ser un símbolo sin dejar de convertirse en una referencia.

La caída de la monarquía, en 1979, y la llegada de la República Islámica pusieron fin a esta era de reinas visibles. Sin embargo, la memoria de Fawzia, Soraya y Farah sigue viva en la historia política de Irán: cada una, con su rostro y su presencia, demostró cómo la influencia cultural puede trascender fronteras. Aunque hoy sea solo un recuerdo en la historia de un país en el que la sociedad ha perdido toda su libertad.