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La paloma migratoria

Por qué la extinción de la paloma migratoria se convirtió en una advertencia histórica para la humanidad

Durante siglos, esta ave pareció inagotable. Su desaparición en apenas unas décadas reveló una verdad incómoda: incluso lo que creemos infinito puede desaparecer por acción humana

Si les menciono a ustedes la Ectopistes migratorius, pues se quedarán igual. Si les dijera que se trata de un tipo de paloma, de la familia de las tórtolas, no creo que despertara mucho entusiasmo. Pero si les contara que esta ave, conocida como paloma migratoria, fue el ave más abundante en América del Norte, de manera que su carne y su grasa (aparte de las plumas usadas para prendas de abrigo) fueron una importantísima fuente de proteína para los nativos americanos, entonces, tal vez, les despierte algún interés. Y si les contara que este animal, cuyo número se llegó a calcular en millardos (nueve ceros), se extinguió en el año 1914 debido a la caza salvaje e indiscriminada que llevó a cabo otro animal, bastante estúpido, a cuya especie pertenecemos: el ser humano.

Las palomas migratorias tenían un tamaño que iba de los 38 a los 41 centímetros y su característica principal eran unas plumas iridiscentes en el cuello, con un tono parecido al del cobre, lo que las hacía fácilmente identificables. Su hábitat principal eran los bosques de los que encontramos en abundancia en la zona este de la mitad norte del continente americano.

Se trata de un ave magníficamente adaptada y que desarrolla un vuelo rápido, pudiendo llegar a alcanzar los 100 km/h durante el vuelo. Es muy resistente: podía volar durante horas, atravesando grandes distancias en ese tiempo. Durante el vuelo, el aleteo de la paloma produce un ruido muy característico. Este, multiplicado por el elevado número de componentes de la bandada, causaba un efecto sonoro que ha sido calificado como abrumador y era audible a varios kilómetros de distancia. Como las bandadas eran enormes, de manera que podían durar muchas horas hasta que estas pasaban completamente, se han documentado casos de histeria producidos por el sonido continuo de las bandadas.

Ilustración de hombres nativos americanos regresando de la guerra, ilustrada por Peter Rindisbacher en 1825; obsérvese los cadáveres de palomas migratorias en el suelo

Las colonias de palomas migratorias, conocidas como «ciudades», eran enormes y podían alcanzar con facilidad extensiones de miles de kilómetros cuadrados. En 1871, ya en decadencia y recesión las palomas, se detectó en el estado de Wisconsin una ciudad con una extensión aproximada de 2.200 km², cuya población se calculó en torno a los 150 millones de individuos. Esto solo era una mínima fracción de la población total de la paloma migratoria en América del Norte. La influencia de este animal en el ecosistema, en especial en el desarrollo del bosque de roble blanco (hoy casi desaparecido) y otras variedades tolerantes al fuego, frente a los de roble rojo (hoy predominante), pero más susceptibles de arder que los otros, se ha considerado determinante.

Durante milenios, los indios americanos comieron palomas migratorias y sus plumas sirvieron para el relleno de sus colchas y sus ropas de abrigo. Está documentado que el pueblo séneca, parte de la confederación algonquina, se desplazaba cerca de las «ciudades» de las palomas. Se aprovechaban de los elementos más jóvenes, procurando no molestar a los individuos adultos, y se consideraba entre ellos un delito muy grave el ocasionar molestias a las aves que favorecieran el abandono de la zona.

Las palomas migratorias eran tan abundantes y volaban tan bajo que, cuando pasaban por encima tuyo, solo había que arrojar un palo para tener la seguridad de abatir a varias de ellas. En 1565, el explorador francés René Laudonnière escribió: «Nos llegó tal maná del cielo de palomas torcaces, que durante un lapso de siete semanas cada día matábamos unas doscientas a arcabuzazos».

Será durante el siglo XIX cuando se inició la caza masiva e indiscriminada con el fin de salar, ahumar y encurtir su carne. Y es que era la más barata, hasta el punto de que se llegó a usar para alimentar a los cerdos. Los cazadores solo tenían que dejar que la bandada pasara por encima de ellos y disparar los dos cañones de la escopeta. El máximo de animales abatidos por el doble disparo de una escopeta es de sesenta y un ejemplares y se produjo cerca de Detroit (estado de Michigan), en la zona migratoria de los Grandes Lagos, en 1875.

Representación de un tiroteo en el norte de Luisiana, Smith Bennett, 1875

Incluso llegaron a fabricarse enormes escopetas (más grandes, con cañones más largos y muy semejantes a un mosquete de muralla del siglo XVII) capaces de matar hasta un centenar de aves por disparo. En el estado de Oklahoma, en el año 1871, un solo comerciante, durante la época de nidificación, vendió tres toneladas de pólvora y dieciséis toneladas de perdigones. El tiro al pichón era un deporte popular y una competición importante podía matar a unas 30.000 aves.

Ante la demanda de ejemplares vivos, se multiplicaron las trampas de redes. Las llamadas «de túnel», utilizadas por agricultores y tramperos, podían atrapar hasta tres mil quinientas de una sola vez.

El desarrollo del ferrocarril y la multiplicación de las líneas férreas incrementaron las posibilidades de comercialización de la carne de paloma y aceleraron su extinción. Solo en 1851, la pequeña población de Plattsburgh, en el estado de Nueva York, envió más de dos millones de palomas a los mercados centrales. Un barril de ellas apenas valía unos cincuenta centavos.

1881, página doble que muestra métodos para atrapar palomas para concursos de tiro

En la década de 1870 se hizo evidente que la población de paloma migratoria había sufrido un notable descenso; con todo, el estado de Michigan, durante la última gran nidificación de 1878, mató una media de cincuenta mil palomas diarias durante un periodo de cinco semanas.

En 1895, la sociedad ornitológica de Mineápolis registró el último nido salvaje conocido de Ectopistes migratorius. El último registro confirmado de un avistamiento de una paloma migratoria salvaje fue en el estado de Illinois, el 12 de marzo de 1901. El animal fue sacrificado, taxidermizado y regalado a la universidad del estado para celebrar el acontecimiento. En 1910, la situación era tan desesperada que la Asociación Americana de Ornitólogos ofreció una recompensa de 3.000 dólares (lo que era mucho dinero para la época) a quien descubriera un nido.

Las dos últimas palomas murieron en cautividad. Una en abril de 1914 y la última, el día 1 de septiembre de 1914, en el zoológico de Cincinnati (Ohio). Esa es la fecha de la extinción de las palomas migratorias por culpa de la depredación estúpida y descontrolada por parte del ser humano.