Vista general de Sigüenza
Así fue la reconquista de Sigüenza en 1124, clave en la pugna entre León y Aragón
En medio de un intenso proceso de reconquista, Sigüenza emerge como un enclave determinante para el avance cristiano, al tiempo que anticipa una posible fricción entre las coronas de León y Aragón, enredadas en curiosos entramados familiares
Corría el año 1118 en España cuando, bajo la dominación musulmana, los almorávides empezaban a sufrir los primeros reveses del contraataque cristiano. Era la época de consolidación de la Reconquista, un largo proceso de hasta 800 años que, desde la Batalla de Covadonga (año 722 d. C.) hasta la caída del Reino nazarí de Granada (año 1492 d. C.), representa uno de los grandes ejemplos históricos del choque de civilizaciones huntingtoniano.
En un esfuerzo no siempre coordinado —que coexistía además con los existentes enfrentamientos internos—, los diferentes reinos españoles luchaban por recuperar su legítimo territorio. Unidos por una motivación común, la defensa a ultranza de la fe cristiana, las coronas de León, Castilla, Aragón y Navarra realizaban un esfuerzo incansable que buscaba restituir la integridad de nuestra cultura y formas de vida frente a un combativo usurpador externo.
En este momento, y tras la reconquista de Alcalá de Henares —por parte del arzobispo de Toledo— y la toma de Zaragoza —liderada por el rey aragonés Alfonso I «el Batallador»—, se sucede un período crítico en el que entra en juego un tercer enclave geográfico determinante. Se trata de Sigüenza, deseada por el joven príncipe Alfonso, hijo de Urraca y Raimundo de Borgoña y futuro rey de León bajo el nombre de Alfonso VII «el Emperador». Este último ansiaba reconquistar para sí las tierras que habían pertenecido previamente a su abuelo —Alfonso VI— y frenar con ello la imparable expansión del reino de Aragón.
La reconquista de Zaragoza supuso un importante punto de inflexión y fue el principal desencadenante de una crisis interna en la dinastía almorávide, que vio desestabilizarse su control sobre la Península. Ello permitió a los diferentes reyes relanzar intensas campañas militares con el objetivo de dar un golpe de gracia definitivo. Nuestro príncipe leonés decidió apoyarse en la autoridad moral y religiosa, pero también con un interesante cariz político, del arzobispo de Toledo —en ese momento, Bernardo de Sedirac—. Este mostró su favor restaurando varias sedes episcopales antiguas y nombrando nuevos obispos para ellas, aunque algunas seguían estando en manos musulmanas.
Sepulcro de Bernardo de Agén, prelado de Sigüenza
De entre todas las posibilidades, un desconocido Bernardo de Agén fue nombrado prelado de Sigüenza por lo menos desde 1115, de cuando datan sus primeras firmas con dicho título. Su consagración definitiva como tal no se produjo hasta 1121, a manos de su homólogo toledano, pero desde el primer momento se convirtió en una personalidad importante para el destino de la citada ciudad.
Él fue el encargado de planificar, liderar y llevar a cabo la reconquista de Sigüenza, que se completó el 22 de enero de 1124 —o bien en 1123; existen ciertas dudas entre estos dos años— con una ofensiva que permitió tomar la alcazaba seguntina al asalto.
En primera instancia, el obispo debía obediencia única y exclusivamente al arzobispo, si bien técnicamente se encontraba en territorio nominalmente leonés. Esto permitió que la reconquista de la ciudad no supusiera un punto de fricción entre las coronas de Aragón y León, puesto que el gobernante maño no se sentía amenazado al considerar a Alfonso VII en cierta medida «controlado» por Bernardo de Sedirac.
Debido a esto, Sigüenza se dividió inicialmente en dos núcleos diferentes: la zona baja de la ciudad, más próxima al río y donde se inició el proyecto de una gran catedral, en manos de Bernardo de Agén —la Segontia inferior—; y la alta, organizada alrededor de la alcazaba, gobernada por el trono de León —la Segontia superior—.
El cabildo de la catedral fue instituido en torno a 1135 y, unos años más tarde, en 1146, Alfonso VII unificó ambas zonas, otorgando total autoridad al obispado. Se mantuvo como tal hasta el siglo XVIII, cuando en 1796 el prelado Juan Díaz de la Guerra cedió a la Corona española la jurisdicción y los derechos de patronato sobre la ciudad. Desde entonces, fue el poder real el que gobernó este centro urbano, sobre todo desde la supresión definitiva de los señoríos eclesiásticos en 1805.
Así concluyó una de las fases más interesantes, pero también desconocidas, de Sigüenza. Una ciudad que, en su momento, determinaba el éxito y el futuro próximo de la Reconquista cristiana, al tiempo que suponía una compleja encrucijada de poder entre dos coronas y un arzobispado.