La pirámide de Micerino y las tres pirámides de las reinas
El misterio del sarcófago de Micerinos: el tesoro del antiguo Egipto que podría yacer frente a Cartagena
Era un sarcófago de basalto ricamente decorado con la característica fachada palaciega y tallado en todas sus caras
¿Puede uno de los grandes símbolos del Egipto faraónico yacer, desde hace casi dos siglos, en algún punto incierto del mar frente a las costas españolas? La historia reúne todos los ingredientes de una novela de aventuras del siglo XIX: pirámides abiertas con explosivos, exploradores británicos decididos a llevarse sus hallazgos a Londres, una tempestad inesperada y un naufragio del que apenas quedaron registros. Pero no es literatura, es el misterio del sarcófago de Micerinos, desaparecido tras su salida de Egipto y cuya pista se pierde, según el propio testimonio de la época, frente a Cartagena.
Menkaura, conocido por la tradición clásica como Micerinos, reinó durante la cuarta dinastía del Reino Antiguo, hacia 2530-2510 a.C. Fue el constructor de la tercera y más pequeña de las grandes pirámides de la meseta de Guiza, levantada tras las de sus predecesores Keops y Kefrén. Pese a ser uno de los faraones más célebres del Egipto antiguo por su asociación con las pirámides, sabemos muy poco de su reinado.
Sarcófago de Micerino (también conocido como Menkaura) dentro de su cámara funeraria en la pirámide de Guiza
La mayor parte de la información procede de su complejo funerario y de algunas estatuas halladas en su templo del valle. Por eso, cualquier elemento asociado a su enterramiento y, en especial, su sarcófago original posee un valor incalculable para la historia arqueológica del propio Egipto.
La historia que nos interesa comienza en 1837, cuando el oficial británico Richard William Howard Vyse emprendió excavaciones en la meseta de Guiza acompañado por el ingeniero John Shae Perring. Lejos de los estándares arqueológicos actuales, aquellas intervenciones incluyeron el uso de explosivos para abrirse paso por corredores que ya habían sido alterados en época medieval, en torno al año 1196, cuando se intentó acceder al interior de la pirámide durante las expediciones promovidas por el hijo de Saladino.
En el transcurso de aquellos trabajos alcanzaron la cámara funeraria, donde apareció el gran hallazgo: un sarcófago de basalto ricamente decorado con la característica fachada palaciega y tallado en todas sus caras. Estaba vacío, sin tapa y sin momia. El objeto fue documentado con detalle por Perring y sus dibujos, publicados después por Vyse, permiten conocer hoy su aspecto con bastante precisión.
El sarcófago de basalto de Micerino descubierto por Vyse (según Perring)
El descubrimiento incluyó además otro elemento inesperado. En el interior apareció un sarcófago de madera egipcio atribuido a la dinastía XXVI, fechada entre los siglos VII y VI a.C., muchos siglos posterior a Micerinos. Dentro se hallaba, a su vez, un cuerpo momificado que, tras los análisis de carbono 14 realizados con posterioridad por el Museo Británico, se situó en época cristiana, en torno al siglo II d.C. El enterramiento original del faraón había sido alterado en la Antigüedad y reutilizado en distintos momentos históricos, lo que añade una capa más de complejidad al conjunto.
Decidido a enviar el gran sarcófago de basalto al Reino Unido, Vyse organizó su traslado hasta Alejandría, una operación nada sencilla debido al enorme peso y a las dimensiones de la pieza. Desde allí, en 1838, fue embarcado en la goleta Beatrice con destino a Londres. Sin embargo, el barco nunca llegó: según el propio Vyse, la embarcación naufragó tras una fuerte tempestad. Y ahí comienza el verdadero enigma, pues la documentación sobre el hundimiento es extraordinariamente escasa.
No existen registros detallados del siniestro ni una cobertura significativa en la prensa española de la época. La única mención explícita, realizada por el propio Vyse, sitúa el naufragio frente a las costas de Cartagena, aunque otras hipótesis lo ubican en el golfo de Vizcaya, en las costas portuguesas o incluso en el entorno de Livorno, en la costa de la Toscana italiana. La falta de fuentes contemporáneas convierte el episodio en un caso insólito: un barco que transportaba un sarcófago faraónico desapareció sin apenas dejar rastro documental.
Años más tarde, la literatura sí recogería el suceso. Vicente Blasco Ibáñez aludió al episodio en su libro La vuelta al mundo de un novelista, contribuyendo a consolidar la tradición que vincula el naufragio con el litoral cartagenero. Sin embargo, la ausencia de referencias periodísticas contemporáneas complica enormemente cualquier intento de reconstruir con precisión la ruta del barco y, sobre todo, de localizar el pecio.
La posibilidad de que el sarcófago repose en aguas españolas ha alimentado proyectos e investigaciones desde finales del siglo XIX. Diversos estudios han tratado de reconstruir la ruta del Beatrice y de delimitar posibles áreas de búsqueda, especialmente en el entorno de Cartagena, una zona compleja por la abundancia de pecios y por las dificultades técnicas que plantea la arqueología subacuática.
El interés no ha sido solo británico: investigadores españoles también han mostrado su implicación en el asunto, conscientes del valor histórico que tendría la localización del navío. En 1996, la Fundación Arqueológica Jordi Clos impulsó la iniciativa «Salvar al Faraón», un proyecto que pretendía rastrear el área del supuesto naufragio, aunque finalmente no llegó a materializarse. Más recientemente, en 2020, el egiptólogo Zahi Hawass reavivó la cuestión durante una visita a España al mencionar la posibilidad de una colaboración para recuperar el sarcófago.
Las autoridades culturales españolas recordaron entonces la enorme complejidad jurídica, técnica y económica que implicaría cualquier intervención de este tipo. Todo ello confirma que la desaparición del sarcófago no es solo un episodio del siglo XIX, sino una cuestión que continúa generando debate en pleno siglo XXI.
El problema no es solo encontrar el barco: localizarlo con certeza, financiar una excavación subacuática de gran envergadura y garantizar la correcta conservación de las piezas supondría un desafío considerable. Y a ello se sumaría una cuestión diplomática nada menor: el hallazgo reabriría un debate internacional sobre quién debería gestionar el descubrimiento y qué país podría alegar derechos históricos sobre la expedición y sobre la propia pieza.
Reino Unido, España y Egipto tendrían argumentos que esgrimir en un contexto global marcado por las discusiones en torno a la restitución de bienes arqueológicos extraídos en el siglo XIX.
Mientras tanto, el sarcófago de Micerinos, tallado hace más de cuatro mil años en el corazón del Reino Antiguo, sigue siendo un enigma. Tal vez repose frente a Cartagena, tal vez en otro punto del Mediterráneo o incluso del Atlántico. Lo único seguro es que, desde 1838, su desaparición se ha convertido en uno de los misterios más sugestivos de la historia de la arqueología.