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Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Alfonso X, el Sabio rey que dio al castellano rango culto y conciencia a España

Nadie podrá negar su gigantesca y trascendental aportación a la cultura de España y de Europa. Hay un antes y un después en su labor; un comienzo cargado de futuro y de luz, la que a partir de ese momento iba a iluminar el saber del mundo occidental y cristiano

Retrato de Alfonso X el Sabio realizado por José María Rodríguez de LodosaAyuntamiento de León

Podrá discutírsele al rey Alfonso X su ejecutoria política, sus hechos de gobierno y, como a todo humano, sus actos personales, pero nadie podrá negar su gigantesca y trascendental aportación a la cultura de España y de Europa. Hay un antes y un después en su labor; un comienzo cargado de futuro y de luz, la que a partir de ese momento iba a iluminar el saber del mundo occidental y cristiano.

Al humilde entender de este escribano, dos son las aportaciones esenciales al mundo de la cultura, de nuestra cultura: la ascensión del castellano, su entronización como lengua escrita y elevada ya al rango de culta, y la traducción de los textos del saber clásico del gran acervo griego —amén del romano—, filosóficos y científicos, y con ello su conocimiento y difusión por todo el Viejo Continente.

Todo indica que esta pasión por los saberes y las letras, la cual fue su más fiel y leal compañera de por vida, proviene de su madre, Beatriz de Suabia, que, huérfana desde muy niña, se había criado en la corte siciliana de Federico II, luego emperador del Sacro Imperio, hombre de grandes inquietudes, que hablaba hasta nueve idiomas, apasionado por el conocimiento, y ese influjo se lo transmitió luego ella a su primogénito desde muy niño.

Según le retrata el Libro de los iudizios, sería «amador de verdat, escodriñador de sciencias, requiridor de doctrinas e de enseñamientos, qui ama e allega a sí los sabios e los que s' entremeten de saberes e les faze algo e mercet, porque cada uno d'ellos se trabaja espaladinar los saberes en que es introducto, e tornarlos en lengua castellana a laudor e a gloria del nombre de Dios (sic), qui sempre desque fue en este mundo amó e allegó a sí las sciencias e los sabidores en ellas e alumbró e cumplió la grant mengua que era en los ladinos por defallimiento de los libros de los buenos filosofos e provados».

Alfonso X y su corte

Su amor por las letras, cultivado desde joven, le llevó a ser un precoz escritor y, aunque a veces se confunde su obra propia con otras provenientes de traducciones o recopilaciones, puede afirmarse que al entonces príncipe se le deben composiciones como las Cantigas de Escarnio y Maldecir, compuestas en lengua galaicoportuguesa, de las que se conserva una cuarentena, y que también brotaron de su propia mano algunos himnos en honor de la Virgen.

Coronado rey, e incluso tiempo antes, cuando su padre Fernando III le puso casa propia, hizo venir a su corte y cercanía trovadores y poetas de todos los lugares: genoveses, catalanes, occitanos, gallegos, leoneses, castellanos, hispanohebreos e hispanomusulmanes.

Pero también él mismo fue autor de muchos textos y padre de otros tantos libros, pues, aunque no llegaba a escribirlos, sí era quien los inspiraba, estructuraba y definía su argumentario y razones, haciéndolo en las más diferentes ramas: desde las jurídicas, en las muy renombradas Siete Partidas, o científicas, como El Lapidario, sobre las propiedades de los minerales, o costumbristas y lúdicas, como El Libro de los Juegos, donde se mezclan el ajedrez, las tablas, los dados, la caza y deportes nobles.

También había cabida para la astrología, que le apasionaba, hasta llegar a su cumbre histórica, la Grande y general Estoria de España, donde no faltan textos de su propia cosecha, entre ellos la hermosísima loa de apertura.

Fue este otro de sus magnos empeños y quiso destacar que él era el arquitecto del mismo. De una u otra manera, directa o indirectamente, es el Rey quien «faze el libro», como se encarga de que quede perfectamente subrayado en la General Estoria: «El rey faze un libro non por quel él escriva con sus manos mas porque compone las razones d'él e las emienda et yegua e endereça e muestra la manera de cómo se deven fazer, e desí escrívelas qui él manda. Peró dezimos por esta razón que el rey faze el libro».

En este quiso, además, dejar su personal sello, y lo hizo en su prólogo, la famosa Loa a España, cuya lectura les dejo aquí en el original. Destroza de un plumazo —y nunca mejor dicho— las ensoberbecidas ignorancias actuales que pretenden negar su existencia y donde, con todas sus letras, demuestra que España ya existía en la conciencia y el sentir general, así como el haber sido invadida por los musulmanes y la obligación de restaurarla como tal: la Reconquista, vamos. Eso que ahora se pretende, ¿cómo no?, también cancelar, o sea, prohibir mentar. Más claro no pudo dejarlo el Rey Sabio:

«E cada una tierra de las del mundo et a cada provincia honró Dios en señas guisas, et dió su don; mas entre todas las tierras que ell honró más, Espanna la de occidente fue; ca a esta abastó él de todas aquellas cosas que homne suel cobdiciar. (E los godos) fallaron que Espanna era el meior de todos, e muchol preciaron más que a ninguno de los otros, ca entre todas las tierras del mundo Espanna ha una estremanza de abondamiento et de bondad más que otra tierra ninguna.

(...) Pues esta Espanna que decimos tal es como el paraíso de Dios, ca riega se con cinco ríos cabdales que son Ebro, Duero, Tajo, Guadalquivil, Guadiana; e cada uno dellos tiene entre sí et ell otro grandes montañas et tierras; et los valles et los llanos son grandes et anchos, et por la bondat de la tierra et ell humor de los ríos lievan muchos frutos et son abondados. Espanna la mayor parte della se riega de arroyos et de fuentes, et nuncual minguan pozos cada logar o los ha mester.

Espanna es abondada de mieses, deleitosa de fructas, viciosa de pescados, sabrosa de leche et de todas las cosas que se della facen; lena de venados et de caza, cubierta de ganados, lozana de caballos, provechosa de mulos, segura et bastida de castiellos, alegre por buenos vinos, folgada de abondamiento de pan; rica en metales, de plomo, de estaño, de argent vivo, de fierro, de arambre, de plata, de oro, de piedras preciosas (...)

Espanna sobre todas es engeñosa, atrevuda et mucho esforzada en lid, ligera en afán, leal al señor, afincada en estudio, palaciana en palabra, complida de todo bien (...) ¡Ay Espanna! non ha lengua nin engeño que pueda contar tu bien.

Pues este regno tan noble, tan rico, tan poderoso, tan honrrado, fue derramado et astragado en una arremesa por desavenencia de los de la tierra que tornaron sus espadas en sí mismos unos contra otros, así como si les minguasen enemigos; et perdieron y todos, ca todas las cibdades de Espanna fueron presas de los moros et quebrantadas et destroidas de mano de sus enemigos».

Pero su obra magna, el legado que dejó, la mejor semilla de futuro para España, Europa y todo el mundo, fue la puesta en marcha de la Escuela de Traductores de Toledo. Llamó a la capital del Tajo a sabios y lingüistas cristianos, judíos y musulmanes, y su labor alumbraría los siglos y devolvería el conocimiento perdido de las grandes civilizaciones antiguas. Aquel scriptorium real, como era conocido entonces.

Su labor no fue otra que el rescate de los textos de los grandes autores griegos y romanos y traducir los textos árabes y hebreos al latín y, esto fue trascendental para nuestra lengua. Ello la convirtió ya en «lengua culta» y, para remarcarlo, añadió el hecho de que los textos de su Cancillería, o sea, la crónica de su propio reinado, ya se escribió en castellano y no en latín, como se venía haciendo durante muchos años atrás.

Estatua de Alfonso X el Sabio en la Biblioteca Nacional

Un hecho tan trascendental como hoy ignorado y despectivamente tratado, aunque revele algo que coloca al castellano en el máximo rango de todas las lenguas europeas, al ser la primera que comenzó a hacer algo increíble y tan adelantado a su tiempo como es la pretensión de compendiar todo el saber universal. Algo que, si lo piensan un instante, es lo que se está intentando conseguir hoy. Por ahí me parece que es por donde va parte de esa tal IA.

Toledo, con toda la justicia del mundo, se llevó la fama, y fue donde se hizo la mayor y más señera labor. Pero no hay que olvidar que en Sevilla formó los Studii, una escuela de latín y árabe, y en Murcia, de matemáticas, creó también centros similares, aunque de menor importancia.

No puede tampoco dejarse sin destacar otro hecho trascendental: nada menos que elevar al rango de universidad los estudios de Salamanca (1254), convirtiéndola así en la primera universidad europea, y luego a la de Palencia (1263).

El apodo, desde luego, se lo tuvo y se lo tiene muy bien ganado.