Fundado en 1910

El compositor alemán Richard Wagner posando con sus amigos durante un ensayo de la ópera Tristán e Isolda.

Picotazos de historia

El extravagante funeral que Wagner organizó a su perro y otras historias de músicos y sus mascotas

La historia nos presenta cantidad de ejemplos en los que compositores con personalidad arisca mostraban una paciencia, ternura y cariño enorme hacia sus animales de compañía

¡Mascota! Todo aquel que se haya criado en una casa donde hubiera animales sabe que esa fría palabra queda muy lejos del profundo vínculo emocional que se establece. Los artistas, individuos poseedores de una gran sensibilidad que proyectan en el desarrollo de su arte, pueden ser por ello mismo personalidades de trato difícil cuando no directamente desagradables.

Sin embargo, la historia nos presenta cantidad de ejemplos en los que estos mismos individuos, ariscos, esquivos o directamente locos como cabras, en cambio mostraban una paciencia, ternura y cariño enorme hacia sus animales de compañía. Tenemos ejemplos de todo tipo, pero hoy solo les presentaré algunos casos en relación con la música. Más adelante tocaremos otros sectores de la sociedad y sus mascotas.

El compositor Giuseppe Scarlatti (1685 – 1757) tenía un gato como mascota al que dio el nombre de Pulcinella. Cierto día, el maestro se sobresaltó al escuchar unas notas que salían del clavicordio que tenía en la habitación. Las notas se habían producido cuando Pulcinella había andado por encima del teclado.

'Fuga del gato' de Carl Reichert

Las primeras notas que produjo fueron reproducidas por el maestro en el «motivo» (unidad mínima, mucho más breve que el tema en una composición musical) de una composición que acabaría siendo conocida como la Fuga del gato.

Una historia similar le aconteció a otro compositor con su mascota. En este caso desconocemos el nombre del gato, pero el compositor fue Frédéric Chopin (1810 – 1849). Las notas emitidas por el gato, al pisar las teclas de su piano, le inspirarían para componer el vals número 3 en Fa mayor, que sería conocido como el Vals del gato.

Carl Czerny (1791 – 1857) fue un compositor y un virtuoso pianista que tuvo el orgullo y suerte de ser alumno de Beethoven y maestro de Franz Liszt. Este señor era un apasionado amante de los gatos. Su casa se convirtió en una gatera en la que llegó a convivir con nueve felinos al mismo tiempo. Se pueden imaginar cómo olería la casa. Obviamente murió soltero.

El británico Edward Elgar (1857-1934) sentía devoción por los perros. Elgar, cuya composición más conocida es la canción Land of Hope and Glory de las marchas Pompa y circunstancia, se casó con Caroline Alice, que odiaba a los animales. El pobre Edward quedó desolado tras la muerte de Caroline.

Tanto que se compró tres perros para ahogar su dolor: Marcos, un spaniel, y dos terriers de nombre Meg y Mina. También dedicó una composición musical al bulldog de un amigo suyo y, durante una entrevista por la radio con motivo de su 70º cumpleaños, aprovechó la circunstancia para desear buenas noches a sus perros. Elgar jamás volvió a casarse.

Edward Elgar y sus perros

Maurice Ravel (1875 – 1937), autor del archiconocidísimo «Bolero», amaba a los gatos con una pasión enfermiza. Su gata siamesa tuvo gatitos (seis). El compositor sintió que no tenía valor para deshacerse de la camada y los animales campaban a sus anchas por la casa de las afueras de París. Además, se dedicaba a alimentar a los gatos callejeros, por lo que el jardín de su casa era el punto de reunión, meeting point o salón de fiestas de todos los gatos de la zona.

La compositora y sufragista Ethel Smyth (1853-1944) encontró un cachorrito abandonado en las calles de Leipzig, donde había ido para estudiar música. El animal, al que llamó Marco, se transformó en un enorme bicharraco —mitad san bernardo mitad vaya usted a saber, pero muy grande— que se convirtió en la alegría de su dueña y el terror de los amigos de esta.

Una vez Ethel fue invitada a participar en el ensayo de una pieza del maestro Johannes Brahms en su casa. Se trataba de un quinteto para piano. Ethel acudió a la casa. Dejó a Marco atado en el zaguán de la casa y se reunió con el maestro y sus compañeros de ensayo. Apenas habían empezado cuando el perro rompió la correa, subió la escalera en tres saltos, llevándose por delante a un criado de la casa. Entró en la habitación y se tumbó a los pies de su dueña.

Claro que entre medias se cargó la cerradura de la puerta, derribó al violonchelista, dos atriles —con las consabidas partituras volando—, una mesa con bandejas donde estaban las bebidas y dio un susto de muerte a todos los que estaban en la habitación. El maestro Brahms se lo tomó muy bien, aunque casi se muere del ataque de risa que le dio.

Tras la muerte de Marco, Ethel tuvo, sucesivamente, cinco perros de raza bobtail. No sé si conocen esta raza: son grandes, muy peludos y con un aspecto muy característico. Pues bien, todos los animales se llamaron Pan (Pan II, Pan IV, etc.) y siempre acompañaban a su ama, como demuestran las abundantes fotografías en las que aparecen.

Ludwig van Beethoven (1770 – 1821) se enamoró de Therese Malfatti, a quien dedicó una pequeña composición. La pieza se llama Para Therese, pero el maestro tenía una letra tan enrevesadamente mala que la gente creyó que ponía Para Elisa y así se conoce.

Ludwig cortejó a Therese con no demasiada fortuna, pero en estas citas se ganó la amistad y lealtad de Gigons, el perrito de Therese. Beethoven participaba de las tertulias con la joven y después era acompañado hasta su casa por Gigons, con cuya compañía disfrutaba enormemente según nos ha dejado escrito.

Wagner junto a su perro

Richard Wagner (1813 – 1883) fue otro apasionado amante de los perros. Volviendo de un viaje a Suiza, donde había estado con su amante y futura esposa Cosima von Bülow —entonces casada con Hans, conde von Bülow, e hija ilegítima de Franz Liszt—, se llevó el gran disgusto al enterarse de que Pohl, un perro de raza labrador con el que se sentía especialmente unido, había muerto.

Cuando le contaron que se habían limitado a abrir un hoyo en el jardín de la casa para enterrarlo, Wagner montó en cólera. Ordenó que se organizara un funeral digno de una de sus óperas. Los criados, al anochecer y portando antorchas, desenterraron los restos de Pohl y los depositaron dentro de un pequeño ataúd de madera, situado sobre un catafalco enlutado.

El propio Wagner puso alrededor del cuello del animal uno de sus collares y cerró la tapa. Se cubrió el ataúd con un paño negro y fue conducido hasta una tumba que se había cavado y donde se había colocado una lápida con su nombre. Como ven, muy en la línea del compositor.

Ya con autores más contemporáneos tenemos a Jeep, el perro de raza weimaraner de Eric Clapton que apareció en la portada de su disco There’s One in Every Crowd y a quien George Harrison le dedicó una canción titulada I Remember Jeep. Neil Young dedicó una canción —Old King— a su perro Elvis. Keith Richards, el más cafre de todos los componentes del grupo británico Rolling Stones, tenía adoración por un perro que le regalaron siendo cachorro durante una gira en Estados Unidos. Llamó al animal Ragtag y durante años le acompañó a todas sus giras, encargándose personalmente de introducir ilegalmente al animal incluso cuando había problemas de cuarentena. Y así muchos más.