Cum laude en Historia, Majestad
El Gobierno saca pecho diciendo que «suscribe al 100 %» las palabras del Rey. Pero deja muy claro qué parte del mensaje le gusta: aquella en la que habla de que hubo «muchos, muchos abusos»
Don Felipe, durante la visita de este lunes al Museo de Arqueología
Estoy leyendo con cierto pasmo —aunque a estas alturas pocas cosas llegan a sorprenderme— múltiples declaraciones acerca de las palabras de Felipe VI en el Museo Arqueológico, delante del embajador de México y, sobre todo, delante de una cámara estratégicamente colocada por los responsables de comunicación de la Casa Real.
Desde el punto de vista histórico, que es el único que puedo valorar, la argumentación del Rey es impecable. Los Reyes Católicos, y especialmente Isabel, como puntualiza el propio Rey, generaron el mayor monumento hispano a la historia de la humanidad: las Leyes de Indias. Es decir, desde la Corona se estableció el marco legal en el que debía situarse la actuación de todos los súbditos de la monarquía en Indias. Se trata de una regulación absolutamente garantista de los derechos de la población más vulnerable: las comunidades indígenas.
¿Y fueron estas leyes respetadas y cumplidas por todos y cada uno de los súbditos de la Corona? La respuesta obvia es no. Y no se escandalicen quienes me leen: ninguna sociedad humana, por más que se haya dotado de un sistema de gobierno perfecto (que no existe), puede garantizar el pleno sometimiento a esas leyes de cada uno de sus miembros. De hecho, dando un triple salto mortal desde el siglo XV hasta nuestros días, cuando vivimos en un Estado que respeta la separación de poderes (entiendo que, si alguien me sigue leyendo, suelte una carcajada), sigue habiendo muchas personas que no cumplen la ley. Para juzgarlo están los tribunales, y eso cuando les dejan.
Hace quinientos años se elaboró una legislación muy avanzada en lo que a derechos humanos se refiere. Se estableció una regulación laboral para el trabajo de los indios absolutamente pionera. Se crearon métodos de control como el juicio de residencia, al que debía someterse todo funcionario de la Corona al dejar su cargo, y en el que se podían imponer sanciones muy duras.
Tenemos comportamientos heroicos entre españoles que defendieron a los indígenas frente a abusos que sí, claro que se cometieron, y no cabe negarlos si queremos la verdad histórica. ¿Por qué, si no, se levantaron voces como la de Antonio Montesinos, Vasco de Quiroga, Julián Garcés o el obispo Palafox, denunciando los malos tratos que contra justicia recibían los indios de algunos españoles? Esas voces gritaban porque se les escuchaba más que a los propios indígenas. Y se actuaba en consecuencia.
Cuando he leído la transcripción completa de las palabras de Felipe VI (cosa que muchos de los «opinadores» no han hecho), me ha parecido una síntesis perfecta y rigurosa de los trescientos años en los que españoles de ambos lados del océano vivíamos una historia común.
Por supuesto, ni retorciendo mucho el texto consigo ver una petición de perdón. Ya le gustaría a la presidenta de México, pero no, señora Sheinbaum: se va a quedar con las ganas. Felipe VI tiene muy claro el tiempo en que vivimos y, sobre todo, cómo eran los tiempos hace cinco siglos.
Tampoco veo un intento por parte del Monarca de buscar un balance entre los aspectos más positivos y los más negativos de la actuación española en los territorios de América. Se ha limitado a hacer lo que se supone que deberíamos hacer los historiadores: contar los hechos tal como fueron y darles contexto.
Lo cierto es que cada cual arrima el ascua a su sardina. El Gobierno saca pecho diciendo que «suscribe al 100 %» las palabras del Rey. Pero deja muy claro qué parte del mensaje le gusta: aquella en la que habla de que hubo «muchos, muchos abusos». Y todos contentos, claro: igual hasta creen, en su ingenuidad, que el Rey está pensando pasarse al Grupo de Puebla, como buen aprendiz de Zapatero y pasando por el aro que desde hace años intentan imponerle. Ni lo sueñen, señores.
Los constructores de leyendas rosas o áureas, cada vez más numerosos y, sin duda, bienintencionados, se rasgan las vestiduras porque el Rey ha cedido al chantaje de la presidenta de México y finalmente ha asumido la culpa de lo sucedido hace cientos de años. ¿En serio? Por favor, que alguien me cite las palabras exactas de las que extrae esa conclusión, porque yo no lo veo.
No soy nadie para dar consejos, pero aprovecho la oportunidad que me da este periódico para ofrecer dos:
Primero, lean el texto completo de la intervención del Rey: aprenderán historia, no lo duden.
Segundo, visiten la exposición de marras. Un imponente proyecto repartido en cuatro sedes diferentes de Madrid, donde se pueden ver maravillosas piezas del México prehispánico. Porque sí, los habitantes de la América prehispánica también fueron capaces de realizar extraordinarias obras de arte.
- María Saavedra es doctora en Historia de América y directora de la Cátedra Internacional CEU Elcano.