María Saavedra. Doctora en Historia de América y profesora de la Universidad CEU San Pablo
Entrevista a María Saavedra, doctora en Historia de América
«Las esposas de soldados que viajaron con Cortés demostraron una tremenda bravura»
La doctora en Historia de América advierte en conversación con El Debate que «El mestizaje es resultado del empeño que la Corona española tuvo por promover los matrimonios mixtos»
Cuando Colón llegó en 1492 a lo que bautizarían como Nuevo Mundo, comenzó un intercambio y circulación de personas, creencias, mercancías... en ambos sentidos del océano. Surgía, así, una realidad que no era ni india ni española, sino mestiza. Nacía América, un mundo nuevo con nombre de mujer(es), advierte María Saavedra, doctora en Historia de América, en su nuevo ensayo titulado América es nombre de mujer. Indias, mestizas y criollas en un nuevo mundo (Ciudadela).
«He procurado hacer una selección de mujeres que destacaron en esos tres mundos y en distintos espacios sociales. Sin necesidad de hacer lo que algunos llaman 'historia de género', he procurado dibujar un mapa en femenino del Nuevo Mundo», confiesa en conversación con El Debate la también profesora de Historia de América en la Universidad CEU San Pablo.
Portada del libro 'América es nombre de mujer' de María Saavedra
–¿Por qué elegiste titular el libro América es nombre de mujer? ¿Qué significado simbólico o histórico encierra esa frase?
–El título tiene una clara intencionalidad; incluso diría que es algo provocativo. Como se relata en el prólogo, lo que hoy contemplamos en los territorios americanos que fueron parte de la monarquía española es un mundo mestizo, fruto de la unión de universos muy diferentes. Y en el mestizaje biológico, el papel de la mujer es no solo necesario, sino imprescindible. Así, veo esa nueva América como una madre que engendra hijos diversos, enriquecidos con herencias múltiples. Esa generación, en ocasiones, se produce en medio de un parto doloroso, pero el fruto es siempre sano, siempre enriquecedor: eso es América.
A la vez, ese título me permite presentar el contenido del libro que se refleja en el subtítulo: indias, mestizas y criollas en el Nuevo Mundo. He procurado hacer una selección de mujeres que destacaron en esos tres mundos y en distintos espacios sociales. Sin necesidad de hacer lo que algunos llaman «historia de género», he procurado dibujar un mapa en femenino del Nuevo Mundo.
–Incluyes al inicio de cada parte del libro unas dedicatorias muy significativas. ¿Podrías contarnos más sobre su elección y qué mensaje quisiste transmitir a través de ellas?
–Esas dedicatorias las pensé mucho, tratando de adecuarlas al contenido de cada capítulo. Mi objetivo era que el lector comprendiera mi mensaje: todas aquellas mujeres —indias, criollas, mestizas—, absolutamente todas, construyen un mundo muy diverso, unificado a partir del virreinato en lengua y cultura religiosa, pero diverso en las fórmulas estéticas y costumbres, en las que el legado indígena deja mucho poso. Este es el motivo que me llevó a elegir, para esas dedicatorias, a la militante Ruth Buendía, líder del pueblo asháninca; a S. A. R. la princesa Leonor, que ocupará el trono que hizo grande su antepasada Isabel la Católica; y a esa América nueva, vigorosa, que se hace autónoma en el siglo XIX y que tan bien retrataron los escritores del 900, como Rubén Darío.
Veo esa nueva América como una madre que engendra hijos diversos, enriquecidos con herencias múltiples
–¿Qué roles y formas de protagonismo tuvieron las mujeres en las sociedades prehispánicas de América?
–Obviamente, es diferente según épocas y regiones. Por este motivo he querido dar visibilidad a mujeres que tuvieron diferentes roles en sus sociedades: reinas, sacerdotisas, cacicas… Y junto a ellas, lógicamente, están las reinas consortes o las mujeres destinadas a servir a los reyes y a las divinidades. Me gusta especialmente la función de las mujeres de élite religiosa y política que emergieron en el mundo mochica del Perú, o entre los mayas de Mesoamérica.
–¿Cómo se transformó la visión y el rol de la mujer con la llegada de los españoles al continente americano?
–Tendríamos que extendernos más si tratáramos de ir al detalle en este tema. Podemos afirmar —y en este caso remito a las mujeres del virreinato, tanto mestizas como españolas y criollas— que los españoles, al igual que hacían con los varones, mantuvieron a las mujeres que ya ocupaban puestos de gobierno en sus pueblos.
Por otra parte, al prohibir la legislación la esclavitud, esto mejoró de manera exponencial la situación de muchas mujeres con respecto al mundo prehispánico.
Por último, me gustaría hacer de nuevo referencia al mestizaje. En unos casos —qué duda cabe— fue fruto de la fuerza, pero, a la vez, es el resultado del empeño que la Corona tuvo por promover los matrimonios mixtos en aquellos territorios, con lo que ser mestizo dejaba de ser una lacra.
–Sabemos que en la expedición de Hernán Cortés algunas mujeres acompañaron a sus esposos y otras participaron activamente como soldado. ¿Qué nos dicen estos casos sobre la presencia femenina en las empresas de conquista?
–Es fascinante contemplar la figura de la mujer guerrera, tanto en el mundo prehispánico como en los tiempos de la conquista española. Junto a Cortés viajaron algunas esposas de soldados que demostraron una tremenda bravura y se negaron a ser relegadas a tareas domésticas de retaguardia.
Y constatamos esa misma realidad mirando, por ejemplo, al pasado inca, cuando cacicas como Contarhuacho tomaron partido en guerras civiles, o reinas mayas, como la «Reina Roja» de Palenque, que jugaron un importante papel en el establecimiento de alianzas.
–Pero no solo hubo guerreras, también tenemos religiosas y educadoras ¿Qué representa Catalina Bustamante como primera maestra de América y qué impacto tuvo su figura en la educación del Nuevo Mundo?
–Uno de los temas más llamativos de la actuación española en América fue, precisamente, todo lo relacionado con la educación y la asistencia social. Antes de la llegada de los españoles existían instituciones educativas, especialmente en las sociedades más evolucionadas, como la inca o la azteca.
Al nacer ese Nuevo Mundo, España toma conciencia de que, para evangelizar —según el mandato del Papa Alejandro VI—, era indispensable poner en marcha una gran red de escuelas y de universidades, abiertas a todos.
En ese sentido, Catalina de Bustamante jugó un papel protagónico cuando puso en marcha su escuela para hijas de la nobleza prehispánica en el actual México.
–¿Qué nos puedes decir de sor Juana Inés de la Cruz?
–Se pueden decir —y se han dicho— miles de cosas acerca de la personalidad y de la obra de sor Juana Inés. Creo que basta con citar aquellos dos versos que inician una de sus creaciones poéticas: «Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…».
A partir de ahí, podemos acercarnos a su figura como la primera poetisa mexicana, la primera feminista, amiga de virreyes, modelo para pintores… y, además, religiosa. ¡Todo un personaje!
–Además de en el nombre, ¿dónde se puede intuir la huella de esta feminidad en la historia de América?
–Si hoy miramos el panorama cultural y político de Hispanoamérica, encontramos mujeres comprometidas con la libertad política, cantautoras que manifiestan como pocas la realidad del genio popular —a ellas dedico mi último capítulo, casi como epílogo—, escritoras que han recibido el premio Nobel, magníficas actrices…
No es que se intuya esa huella, ¡es que salta a la vista! Por eso me gustó terminar el libro evocando a cuatro cantantes que pusieron la banda sonora al siglo XX, como Chabuca Granda, Mercedes Sosa o Violeta Parra.