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El historiador Alberto Bravo, autor de 'Yo, el rey. La historia de Carlos II'

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Entrevista

Alberto Bravo: «El testamento de Carlos II fue una obra de ingeniería y un ataque directo a Luis XIV»

Cánovas del Castillo tiene gran responsabilidad en la mala imagen de Carlos II, porque en su obra afirma que el rey estuvo «prácticamente muriéndose todos los años de su vida»

En su época se le conocía como el «Deseado», pero la propaganda francesa y el desconocimiento español lo convirtieron en «el Hechizado». Carlos II fue rey de España entre 1665 y 1700, hijo de Felipe IV y el único hijo varón que le sobrevivió. Accedió al trono siendo un niño de cuatro años, pero su reinado se ha asociado siempre a la decadencia, la enfermedad y el mal gobierno. Para conocer la realidad histórica de este rey conversamos con el historiador Alberto Bravo, que acaba de publicar Yo, el rey (Ático de los Libros), donde desmiente gran parte de los mitos que nos habían contado sobre Carlos II.

–En su libro afirma que no existe base científica para hablar de discapacidad mental; ¿a qué atribuye entonces que historiadores del siglo XX lo tildaran de «retrasado»?

–Se atribuye en gran medida a la propaganda francesa y al hecho de que en España nos hemos puesto palos en la rueda nosotros mismos. Al ser el único representante de la Casa de Austria en España, su salud se convirtió en un tema central. Luis XIV, su primo, estaba interesado en heredar el trono si el niño moría. Sin embargo, en la correspondencia privada de Felipe IV con la monja de Ágreda, el padre asegura que el niño está perfectamente sano.

Superada la infancia, no se vuelve a hablar de problemas de salud hasta la década de 1690, exceptuando catarros comunes. En 1696 sufre un problema grave que identifico, siguiendo un estudio de los años 60 del médico Ramón García Arbueyes, como una malaria. Esos últimos cuatro años de aspecto decrépito y graves problemas son los que han marcado la imagen histórica del monarca.

Y, sorprendentemente, Cánovas del Castillo tiene gran responsabilidad en esto; en el siglo XIX escribió Historia de la decadencia de España, donde afirma que el rey estuvo prácticamente muriéndose todos los años de su vida. Esta obra tuvo mucha influencia en el sistema educativo que se montó en España durante la Restauración, consolidando la imagen de un rey moribundo sobre el trono.

–Frente a la imagen de un rey títere, usted destaca su lucidez en asuntos de Estado; ¿en qué momentos clave demostró el monarca tener criterio propio?

–El momento clave es el testamento, que considero una obra de ingeniería y un ataque directo a Luis XIV. Carlos II entendió la dificultad de la coyuntura y obligó a Felipe de Borbón a aceptar la monarquía íntegra, poniendo a Luis XIV entre la espada y la pared respecto a sus tratados previos con Inglaterra. El documento no fue un engaño ni una falsificación, sino una decisión debatida durante meses.

Otro momento clave ocurrió en 1685, cuando el emperador pretendió dar los Países Bajos como dote para el casamiento de la archiduquesa María Antonia con el duque de Baviera sin contar con el rey. Carlos II se enfadó mucho y se implicó de lleno en el Consejo, mostrando una respuesta manuscrita especialmente amplia y una gran lucidez en la defensa de sus territorios.

–Suele asociarse su reinado con una ruina absoluta, pero usted habla de recuperación económica; ¿cuándo y cómo comenzó a estabilizarse la Monarquía?

–Carlos II corrigió económicamente muchos de los problemas que había en Castilla: todo el tema de la moneda de vellón y las cargas fiscales que existían. Supo corregir muchos de los defectos y dio a su sucesor, Felipe V, una monarquía saneada.

–Durante su reinado España se expandió hacia el norte en América (Texas) o las islas Marianas; ¿cómo pudo un imperio supuestamente «moribundo» seguir ampliando sus fronteras?

–La monarquía era mucho más amplia que Castilla y otros territorios vivían un esplendor económico y cultural, como los virreinatos de Indias. La Corona fue muy inteligente al unir Corona y religión, aprovechando a los jesuitas para fundar misiones protegidas por soldados.

Además, el ejército de Carlos II seguía siendo el segundo de Europa después del de Francia y contaba con el mismo número de hombres que en tiempos de Felipe II. A nivel técnico, el ejército estaba a la última en innovaciones de artillería y táctica. Aunque la Armada había bajado respecto a épocas anteriores, seguía teniendo un poder naval considerable que mantuvo abiertas las vías de comunicación en el Mediterráneo y con América; la Carrera de Indias nunca se cortó.

–¿Hasta qué punto el apodo de «el Hechizado» fue una herramienta de propaganda política utilizada por sus enemigos, especialmente por Luis XIV?

–Luis XIV fue el modelo de rey absoluto y el «rey del marketing», con una maquinaria propagandística enorme de pintores y escritores que ensalzaban su figura mientras buscaban ridiculizar a su gran rival, Carlos II. Posteriormente, a mediados del siglo XVIII, la Ilustración utilizó el caso de los hechizos como el blanco perfecto para atacar a la monarquía y contraponer la razón a las «supercherías» religiosas. Voltaire encontró en Carlos II el ejemplo paradigmático para atacar a un rey que, según él, creía en el diablo.

–Usted analiza la teoría de los «dos cuerpos» del rey. ¿A qué se refiere? ¿Cómo lograba la corte separar la fragilidad física del monarca de su inalterable autoridad política?

–Es una teoría de Ernest Kantorowicz, expuesta en su libro The King's Two Bodies. Incluso si el rey fuera una persona enferma, seguía siendo el rey porque la institución monárquica era eterna e intocable. Carlos II estaba tocado por la gracia divina y su sangre le hacía rey. Nunca se llegó a declarar el estado de rex inutilis por problemas mentales, como sí ocurrió en Portugal o con Juana la Loca, injustamente acusada. La sociedad cortesana y el pueblo tenían interiorizado que, independientemente de sus capacidades, él era el rey puesto por Dios.

Portada del libro de 'Yo, el rey'

Portada del libro de 'Yo, el rey'

–¿De dónde viene lo de «Hechizado»?

–En su época fue conocido como «el Deseado», pues se esperaba que cambiase la situación tras el duro reinado de Felipe IV. El tema de los hechizos surge de su última enfermedad, en 1696; ante la frustración de no encontrar cura, el rey llegó a comentar al inquisidor y al confesor que podía estar hechizado. Esto no era raro en una sociedad creyente donde, si creías en Dios, creías en el diablo; Luis XIV y el emperador Leopoldo también compartían estas creencias. Estas dudas se llevaron al ámbito público y acabaron derivando en una trama política para intentar apartar a la reina, echándole la culpa de la situación.

–Si Carlos II era tan despreciado, según contó la propaganda extranjera, ¿por qué tras su muerte media España se movilizó militarmente para defender la continuidad de la Casa de Austria?

–Lo que la gente buscaba era la estabilidad y el equilibrio de poderes que había marcado a Europa durante 200 años. La monarquía de España era la más grande del mundo y su desaparición implicaba una reconfiguración total de intereses económicos y estratégicos.

Italia, por ejemplo, había sido parte de la monarquía española más tiempo del que lleva siendo el Estado actual. La movilización se debió a intereses económicos de banqueros y comerciantes, y a la preocupación de potencias como Inglaterra, que, aunque nos pueda parecer raro, era el principal aliado comercial de Carlos II en ese momento.

–Sobre la sucesión: ¿fue la elección de Felipe de Anjou un acto de «patriotismo» —teniendo en cuenta que es un anacronismo— para evitar el desmembramiento del imperio o una rendición ante Francia?

–Fue un acto de «patriotismo», como dices, en el sentido de que Carlos II estaba enfocado en mantener la integridad de la monarquía. Se consideró que la única potencia con un ejército capaz de mantener esa integridad era Francia. No fue una rendición, sino una decisión basada en la conciencia del momento y en la legitimidad de la sangre, cediendo la corona al nieto de su hermana.

–¿Si hubiera que definir el reinado de Carlos II y su figura en un par de frases?

–Carlos II conservó prácticamente intacta la monarquía en Europa, la aumentó en América y corrigió los problemas económicos de Castilla. Supo mantener un imperio durante 35 años, un reinado tan largo como la dictadura de Franco, por ejemplo, y entregó a su sucesor una monarquía saneada.

–Tras años de investigación, ¿podemos decir que Felipe V fue, en realidad, el último de los Austrias en lugar del primero de los Borbones?

–Esa es mi teoría. Cuando llega Felipe V hay una continuidad absoluta: se mantiene la misma gente, el sistema de consejos, de secretarías y los virreyes. El propio rey tiene una continuidad en su modus operandi y en sus cuestiones religiosas; Felipe V no es un ilustrado, es un rey barroco con una mentalidad anclada en el siglo XVII. Los cambios que se produjeron fueron derivados de una situación de guerra, pero Felipe V siempre aludió a la legitimidad de su sangre y al testamento de Carlos II.

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