Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

El conquistador de Melilla que Fernando el Católico nombró adelantado de las Indias

Estopiñán comenzó de inmediato los preparativos de su viaje, al que tenía previsto llevar con él a su mujer y a sus hijos, pero no pudo ser: falleció súbitamente mientras se encontraba en el monasterio de Guadalupe

Conquista de Melilla

Conquista de Melilla

Pedro de Estopiñán podía haber pasado a la historia, amén de por conquistar Melilla, por haber sido una figura importante en la conquista de América. Para ello había sido elegido por el Rey Católico como adelantado y gobernador de las Indias en 1504, año del fallecimiento de la reina Isabel, en sustitución de Ovando, cuyos desmanes contra los indios habían llegado a la Corte.

Tenía ya preparado el viaje y acudió, como se solía, al monasterio de Guadalupe para pedir la protección de la Virgen para su empeño cuando repentinamente falleció. Tendría que ser años después un tal Álvar Núñez Cabeza de Vaca, sobrino de su mujer y criado como un hijo por él cuando quedó huérfano de padre y madre a los ocho años, quien conseguiría un lugar en la historia de aquel Nuevo Continente. Su tío, por sobrados y propios méritos, lo tiene también al otro lado de un mar, en la africana y española ciudad de Melilla.

Los Estopiñán procedían de una familia hidalga del Alto Aragón asentada desde el siglo XIV en Andalucía y que, merced a sus servicios en sucesivos hechos militares, había alcanzado rango y nobleza. Estaban vinculados desde su llegada a la muy influyente Casa de los Pérez de Guzmán, primero condes de Niebla y luego duques de Medina Sidonia.

A ellos unieron su suerte y por ello también cosecharon como enemigos a los otros dos grandes linajes de la zona que les disputaban la hegemonía en la región: los Ponce de León y los condes de Arcos, por lo que los padres de nuestro Pedro hubieron de abandonar su residencia en Cádiz cuando fue tomada por estos.

Y por tal cosa se discute hoy si nuestro Estopiñán nació en aquella ciudad o en Jerez de la Frontera, donde hubieron de establecerse después, lo que parece más probable dada la fecha de su nacimiento, cercana a 1470, y por su intensa relación posterior con aquella población. Uno de sus hermanos, Bartolomé, también alcanzó relevancia en el oficio de las armas: participó en la guerra y toma de Granada y, junto a Alfonso Fernández de Lugo, en la conquista de las Canarias.

Pedro entró desde muy chico en el servicio y la cercanía de los duques de Medina Sidonia en su espléndido palacio de Sanlúcar de Barrameda, donde pronto dio muestras de agudeza y lealtad y le fueron encomendados cometidos de relevancia cada vez mayor hasta llegar a contador de la Casa, con un cuantioso sueldo de 80.000 maravedíes.

Monumento a Pedro de Estopiñán

Monumento a Pedro de EstopiñánWikimedia Commons

No tardó tampoco en demostrar su arrojo y su valentía con las armas, aunque su primer hecho militar conocido no fuera muy honroso. Su cometido, por orden de su duque, fue capitanear una escuadra junto a su hermano Bartolomé y bombardear una almadraba propiedad del duque de Cádiz, Rodrigo Ponce de León.

Cumplieron su cometido dejándola destrozada, pero la Corona se enfadó por ello y concluyó condenando a ambos al destierro. Pero los Medina Sidonia tenían mucha mano y el castigo no se llegó a ejecutar.

Lo que sí le procuró gran fama y acabó por pasar a los anales de la ciudad y la región fue su hazaña contra los piratas berberiscos, cuando también andaban las gentes atareadas en el gran acontecimiento anual de la captura de los atunes que atravesaban el estrecho de Gibraltar y que se convertía en una gran pesquería, todo un espectáculo —sigue aún siéndolo— y una gran fiesta también.

La propia duquesa, doña Leonor de Estúñiga, se había acercado a Conil, había embarcado y había salido al mar para contemplarlo todo de cerca y disfrutarlo mejor. Los pescadores, sabedores de su presencia, se afanaban en lograr que el máximo número de atunes acabaran en la trampa final para allí lanzarse al agua e irlos atrapando y degollando hasta que el mar se teñía de rojo. De aquellos días y de su mayor o menor fortuna dependían las vidas de muchas gentes del mar y también las rentas de la Casa de Medina Sidonia.

Afanados en el trajín y en medio del tumulto, un barco de piratas berberiscos consiguió introducirse entre los pesqueros y abordar uno de ellos, cogiendo prisionera a toda la tripulación. Pedro de Estopiñán, que se encontraba en el de la duquesa y su corte de damas y sirvientes, como hombre de confianza del duque don Juan y acompañante de la señora, no dudó en intervenir de inmediato.

Tomó un pequeño bote y, con algunos de los marineros más dispuestos y aguerridos, se dirigió a parlamentar con los piratas y subió solo a bordo del navío corsario. En la cubierta, el jefe pirata se pavoneó ante él de su audacia, mientras se reía de la juventud del emisario; le exigió una gran cantidad de dinero para dejarlos libres y amenazó con degollarlos si no se la daban, izar velas y largarse de allí.

Entonces fue cuando Estopiñán se abalanzó sobre él, abrazó por sorpresa al sarraceno y lo arrastró hasta la borda, tirándose, con el moro bien sujeto, al agua. Allí, atentos, sus marineros los recogieron a toda prisa y, a golpe de remo, se alejaron en dirección a sus barcos.

Las tornas cambiaron. Si los unos tenían en su poder un barco y su tripulación, los cristianos tenían prisionero a su jefe. La negociación se resolvió con un canje: los prisioneros y el barco apresado a cambio del capitán pirata. La gesta de Pedro de Estopiñán fue celebrada y pregonada a los cuatro vientos, sobre todo en su Jerez, donde no hubo asunto más mentado durante aquel año.

Plaza de Melilla siglo XVIII

Plaza de Melilla siglo XVIII

Pero lo que realmente le llevó a la cúspide de su prestigio, que se mantiene hasta hoy, fue la toma de Melilla y su defensa posterior. Era un nido de piratas, y su peligro y osadía, como se había demostrado en el ataque a la almadraba, eran cada vez mayores.

Los Reyes accedieron a armar un ejército, cuyo mando recayó en el duque Juan Pérez de Guzmán, y este eligió a Estopiñán para que lo encabezara, pasando este de contador a capitán general de las tropas, que lo acogieron con agrado, pues estas provenían en su mayor parte de las Hermandades de los concejos de Jerez, Medina, Arcos y Sanlúcar, y se daba la común condición de que los cuatro que las mandaban eran jerezanos como él.

La expedición, compuesta por 250 jinetes y 5.000 infantes, fue un éxito y la toma de la ciudad se culminó antes incluso de lo que se podía prever, cayendo en poder castellano el 17 de septiembre de 1497.

Tras ello, dejando allí 1.500 hombres de armas como guarnición y un gran número de canteros, carpinteros y albañiles con la encarecida misión de reparar las defensas dañadas y ampliarlas con nuevas murallas defensivas, en previsión de lo que podía venir, regresó a la Península.

N.Simonsen “ataque berberisco” (c1840

N.Simonsen «ataque berberisco» (c1840

Y, en efecto, según se temía, no tardaría mucho en tener que volver. Los musulmanes se lanzaron en cuanto pudieron y desde todos los lados posibles a intentar recuperar la ciudad. No le tomó por sorpresa y, con gran celeridad, embarcó con potentes tropas de refresco y, tras lograr desembarcar sin pérdidas, consiguió coger a los sitiadores entre dos fuegos y ponerlos en desbandada.

El jerezano hizo todavía algo más: persiguió a los fugitivos, tomándoles cerca de 300 prisioneros, y los obligó a aposentarse lejos de la ciudad, en la zona de Orán. Tras aquello, aunque todavía tuvo que retornar un par de veces más ante otras intentonas, pero ya de menor magnitud, la situación en la ciudad y la zona colindante quedó consolidada. En recompensa por sus servicios, la Corona le concedió una encomienda de la Orden de Santiago.

Ya por entonces debía de estar casado con Beatriz Cabeza de Vaca, hermana de Teresa, casada esta, a su vez, con otro jerezano, un Vera, familia de rancio abolengo allí, y cuyo cabeza de familia era Pedro de Vera, conquistador y gobernador de la isla de Gran Canaria.

El hijo de este matrimonio no era otro que el antes citado Álvar Núñez Cabeza, a quien, al quedarse muy pronto huérfano, no dudaron en recoger en su casa, en la calle Corredera de la villa de Sanlúcar de Barrameda, y criarlo como a uno de sus hijos, que para siempre trabarían fraternal hermandad con él.

De la personalidad del conquistador de Melilla se ha destacado también un hecho bastante inaudito y muy relevante de su personalidad. Propietario de una buena hacienda y de cultivos de cereal, vides y olivar, y contrariamente a los hábitos de las élites de aquel tiempo, Estopiñán llevaba personalmente su gestión y llegó a exportar sus vinos.

También en eso sería todo un adelantado. El que hubiera sido de haber logrado llegar a las Indias. Pues en el año 1503 el rey Fernando requirió de nuevo sus servicios militares para que acudiera en auxilio de la ciudad de Salces, en el Rosellón, cercada por el rey francés Luis XII.

Estopiñán, al llegar en su socorro, se encontró con un dilema al ser informado de que nuevas tropas francesas iban de camino por mar para unirse a los sitiadores. Optó entonces por dividir sus efectivos. Una parte de ellos comenzó a hostigar la retaguardia de los sitiadores, mientras la otra logró llegar al puerto antes que los barcos con los refuerzos franceses y les impidió desembarcar.

Finalmente, los invasores franceses se retiraron a finales del año y el jerezano volvió a Castilla con el rey Fernando. Fue entonces cuando el Católico, considerándolo la persona idónea para la gobernación de las Indias, tras los problemas habidos con el almirante Colón, su desmesurado apresamiento por Bobadilla y los excesos de Ovando, que hizo incluso ahorcar a la respetada y otrora aliada de los españoles, la cacica taína Anacaona, lo nombró a principios de 1504 adelantado de las Indias y capitán general de la isla de Santo Domingo y de las demás descubiertas hasta el momento.

Pedro de Estopiñán en el Oleo de Vicente Maeso (1917-1993)

Pedro de Estopiñán en el Oleo de Vicente Maeso (1917-1993)

Pedro de Estopiñán comenzó de inmediato los preparativos de su viaje, al que tenía previsto llevar con él a su mujer y a sus hijos, los propios y, parece, que a Álvar también. Pero esta vez no pudo ser. Falleció súbitamente mientras se encontraba en el monasterio de Guadalupe, el 3 de septiembre de 1505, y fue enterrado allí mismo dos días después.

Cabeza de Vaca tardaría mucho tiempo en poder ir él mismo hacia las Indias. Hasta nada menos que el año 1527, cuando se embarcó en la malhadada expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida.

Cuando, tras su memorable epopeya recorriendo a pie todo el sur de los actuales EE. UU., Álvar regresó y el rey Carlos lo nombró adelantado del Mar de la Plata, dos de sus primos, dos Estopiñán Cabeza de Vaca, Pedro y Lorenzo, partieron con él; juntos descubrieron las cataratas del Iguazú y a su lado permanecieron leales en la adversidad.

Sus capitanes se le rebelaron por proteger de sus excesos a los indios, y más aún a las indias guaraníes, y retornaron a España con él, Álvar con grilletes. Álvar no regresó ya más a las Américas y murió en un convento, donde profesó como fraile, en Jerez. Los Estopiñán sí, y dejaron su huella en el virreinato del Perú.

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