Estatua de Catalina Bustamante, la primera educadora de América
Catalina Bustamante, la primera maestra de América
En 1530 el obispo Zumárraga ordenó fundar también las primeras escuelas para niñas indígenas y en esa empresa aparece Catalina Bustamante, a la que le encargaron la dirección del primer colegio de niñas de Nueva España
Se han propagado más historias de conquistadores y leyenda negra que las aventuras positivas, silenciosas, faltas de gesta de armas y ausentes de desprestigio negro. En el descubrimiento, conquista y población de América hubo de todo. Como en cualquier parte, más de tres siglos han dado para escoger según los gustos y la intención, para ejemplarizar en lo positivo y lo negativo, para fantasear, exagerar y ponderar. Ha servido para proyectar frustraciones y engrandecer empresas colectivas.
Pero algunas de las mejores ocasiones, en las que la parte buena de las gentes sobresalió, han tardado mucho en conocerse bien. Tal vez porque se prefieren otras narrativas. En este segmento de héroes sin violencia ni codicia aparece con derecho propio Catalina de Bustamante, la pionera de la enseñanza en México y, por ende, en la América hispana. Se ha tardado mucho en comprende su acción y reconstruir su historia. Se ha reivindicado más en México que en España. Se le ha dedicado una estatua en la ciudad en la que vivió y se ha conocido bien gracias a la obra La sociedad novohispana y sus colegios de niñas (México 2004) de la investigadora mexicana Josefina Muriel.
No se sabe a ciencia cierta la fecha de su nacimiento, en la década de 1480, pero sí que lo hizo en Llerena (Badajoz) en una familia hidalga. Empezado el siglo XVI se casó con un judío llamado Pedro Tinoco que, como otros muchos, prefirió emigrar a América dado el clima antisemita que se estaba viviendo. Vendió sus bienes, fletó un barco y emprendió viaje a las nuevas tierras en las que ya tenía parientes desde que Diego Tinoco acompañara a Colón en su primer viaje.
Corría el año de 1514 cuando llegaron a La Española el matrimonio, las hijas y algunas sobrinas. No estuvieron mucho tiempo en la isla, pasando a Nueva España que estaba siendo poblada después de la conquista de Cortés. Precisamente la toma de Texoco propició que se instalaran en esa ciudad, muy próxima a Tenochtitlán. Allá acudieron los franciscanos con el encargo de fundar escuelas donde los indios pudieran aprender las primeras letras y algunos oficios necesarios en la nueva sociedad.
Texcoco, lugar donde enseñó Catalina de Bustamante, junto al lago de Texcoco
En 1530 el obispo Zumárraga ordenó fundar también las primeras escuelas para niñas indígenas y en esa empresa aparece Catalina Bustamante, a la que le encargaron la dirección del primer colegio de niñas de Nueva España. El obispo confiaba en ella y escribió que era «honrada, honesta, virtuosa y persona de muy buen ejemplo». La obra de esta mujer tuvo tan buena acogida que pronto necesitó la ayuda de otras mujeres que completaran su tarea de formación y protección de las niñas y mujeres locales, sometidas al abuso y despreciadas.
La dedicación fue tan intensa que volvió a España, a declarar ante el Consejo de Indias y logró el apoyo de la reina Isabel de Portugal, que lloró al leer las cartas que le mandaba el obispo Azcárraga con los hechos que relataba Bustamante, para continuar su labor y se protegieran contra los abusos como el rapto de dos de sus pupilas por el hermano del presidente de la Audiencia en 1529.
Las protestas de la extremeña no solo propiciaron el castigo real a los culpables, sino que sirvieron para que los obispos de la zona, y el propio Hernán Cortés, tomaran la misión como propia y favorecieran la creación de establecimientos pedagógicos similares en todo el virreinato. También para que se enviaran al territorio novohispano más maestras, llamadas beatas por dar clases en beaterios, escuelas llevadas por mujeres religiosas. La misma Bustamante era terciaria franciscana.
Escribe Muriel: «¡Estas primeras maestras que dedicaron su vida a la educación indígena fueron en general de tan gran humildad y discreción que sus nombres se pierden en el anonimato, como se pierden escondidos, tras los muros claustrales, sus blancos rostros!». Posiblemente en esa época fuera ya viuda, lo que le permitía dedicarse por entero a la educación.
Como bien señala Muriel, el método practicado consistía en «enseñar a las niñas indígenas un nuevo modo de vivir distinto del suyo en sus bases culturales, en el cual se comprendían, desde su medio de expresión, la lengua castellana, la modificación de su manera de vestir, la realización de nuevas labores femeninas y hasta la forma de practicar las virtudes humanas y cristianas». E intentó que formaran familias con jóvenes de su nación y que impidieran que sus padres las vendieran o regalaran a los españoles poderosos. Bustamante amaba su tarea y a sus discípulas. Luchó contra la incultura y las costumbres vejatorias y trató de que se respetara la mejor justicia legal y cristiana de su época, la que conocía y practicaba.
La historia es, ante todo, una lucha de poderes. Los que quieren imponer sus ideas, su voluntad o sus intereses han de oponerse a contrincantes que, o bien tienen objetivos contrapuestos, o bien no se han ajustado a un pacto de reparto. Al final gana el que tiene más fuerza, unas veces con la razón y otras sin ellas. Justicia es valorar los méritos de cada cual, romanticismo es apoyar siempre al débil. Al margen de esa lucha, llenos de romanticismo, idealismo y amor, están personas como Catalina de Bustamante que, sin abrirse paso en el mundo con las armas, han dejado su benéfica señal en las sociedades donde tuvieron que vivir.