Álvaro de Bazán. El invicto.
Malta, Lepanto y Terceira: las tres gestas navales que consagraron a Álvaro de Bazán
Pronto se convertiría en uno de los almirantes más importantes de la Armada de Felipe II y, con solo 28 años, fue nombrado capitán general de la Armada. Libró 22 batallas, de las que salió invicto en cada una de ellas
Considerado el mejor marino de la historia de la Armada española, don Álvaro de Bazán fue el gran almirante del siglo XVI: libró 22 batallas, de las que salió invicto en cada una de ellas. Como prueba de ello, en el Palacio del Marqués de Santa Cruz, en Viso del Marqués (Ciudad Real), se colocaron los fanales de popa de las naves capitaneadas derrotadas por Álvaro de Bazán sobre las puertas del piso superior del palacio, pues eran los trofeos de los marinos. Aunque las que se pueden ver ahora en el palacio son una copia, las originales las guarda la familia en su residencia en Madrid.
Hijo de marino, siguió los pasos de su padre desde muy pequeño. Se crió «sobre la cubierta de las naos de su padre en la Armada del Mar de Poniente», advierte Guillermo Nicieza Forcelledo, especialista en Historia Naval y experto en la Real Armada, en su obra Álvaro de Bazán. El invicto.
Su bautismo de fuego fue la batalla de Muros (1544), donde, junto a su padre, se enfrentaría a los franceses. «Bazán hijo desarrolla su carrera gracias a su padre y, sobre todo, extendiendo lo que hizo su padre», comenta el autor en el canal de YouTube Trastero de la historia.
Victoria en las Azores de Álvaro de Bazán
Pronto se convertiría en uno de los almirantes más importantes de la Armada de Felipe II y, con solo 28 años, fue nombrado capitán general de la Armada. Durante décadas protegió diligentemente las Flotas de Indias; también fue protagonista en el socorro de Orán y Mazalquivir, así como en la conquista del Peñón de Vélez de la Gomera contra los temibles corsarios de Berbería. Salvaguardó la isla de Malta del yugo del Gran Turco y logró «una de las mayores batallas combatidas sobre las olas, la más alta ocasión que vieron los siglos, Lepanto», detalla el especialista.
Sin embargo, considera que, a pesar de esta hoja de servicios, que le bastaría para entrar «con laureles en el panteón de los más grandes marinos», su grandeza reside en su manera revolucionaria de entender la guerra naval en el siglo XVI: «Fue él quien desarrolló el galeón, que dio a la Monarquía Hispánica la superioridad marítima cerca de dos siglos, y quien tanto influyó en la doctrina anfibia española, que permitió anexionar Portugal y las islas Terceras. Don Álvaro innovó también en la táctica de galeras para conseguir expulsar a las poderosas armadas del sultán del Mediterráneo occidental», considera el especialista en Historia Naval.
Hoja de servicio de Álvaro de Bazán en el Palacio del Marqués de Santa Cruz
A continuación, recordamos tres de las gestas navales que le consagraron como el mejor marino de la Armada española.
Malta
En esta batalla, don Álvaro de Bazán demostró ser un hombre de gran seriedad, de rápidas decisiones y un capitán excelente y valeroso. «En el año del socorro de Malta, 1565, era enorme la importancia estratégica de esta isla, sede de los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén desde que se la diera Carlos V en sustitución de la perdida isla de Rodas», indica la condesa de Quintanilla en su artículo La defensa de Malta en 1565.
«La seguridad de toda Europa occidental estaba en peligro con los constantes y crecidos abusos de los turcos en todo el Mediterráneo», por lo que «la pérdida de Malta, tan cerca de la costa sur de Sicilia, pondría toda Italia en inmediato peligro de recibir las devastadoras invasiones de los turcos», contextualiza la condesa.
El sitio de Malta. Llegada de la flota turca, por Mateo Pérez de Alesio
Así, tras perder su refugio de piratas, Vélez de Gomera, en 1564 por los españoles, el Imperio otomano lanzó contra la isla de Malta un ataque al mando del temible Piali Pachá y su infantería, los jenízaros, quienes habían logrado desembarcar y estaban a punto de penetrar en la fortaleza.
Sería Álvaro de Bazán quien idearía un plan para romper el bloqueo turco: se reunirían unas 60 galeras, las más rápidas, en las que embarcarían 150 soldados en cada una. Con estas embarcaciones, se debería atravesar el canal desde la isla de Gozo, desde donde podrían ocurrir dos situaciones: o bien los españoles se encontrarían con un destacamento turco con el que iniciar combate con bastante garantía de éxito, o bien se llegaría hasta los sitiados sin que los asaltantes se diesen cuenta de su presencia.
Lo que ocurrió fue esto último y así, el 7 de septiembre de 1565, alrededor de 9.600 hombres desembarcaron al noroeste de la isla. Rápidamente formaron los temidos cuadros de los tercios y emprendieron una marcha de tres días. La fama de Álvaro de Bazán como uno de los mejores oficiales de la flota española acababa de empezar.
Lepanto
Miguel de Cervantes, quien estuvo a las órdenes de don Álvaro de Bazán, lo describe con estas exactas palabras en la primera parte de Don Quijote de la Mancha: «Tomóla la capitana de Nápoles, llamada 'La Loba', regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz».
«Álvaro de Bazán fue el hombre clave en la victoria de Lepanto; sus órdenes salvaron la situación de la flota cristiana en tres momentos críticos y actuó en cada momento de la forma correcta, maximizando los pocos recursos que tenía», afirma el portal del Museo del Ejército.
La batalla de Lepanto
La primera fue el auxilio del ala izquierda tras un garrafal error del comandante encargado de esta. También logró salvar la galera de don Juan de Austria de una emboscada turca y capturar a La Sultana, la nave capitana turca de Alí Bajá, deshaciendo por completo el centro turco.
Por último, consiguió taponar el hueco que había dejado abierto Juan Andrea Doria y por el que la armada musulmana estaba flanqueando a la escuadra cristiana. Álvaro de Bazán, con las galeras que le restaban, pudo salvar la situación obligando a los turcos a emprender la retirada.
Terceira
Cuando el rey de Portugal, Sebastián I, falleció en combate en el norte de África, Felipe II —emparentado con la dinastía portuguesa por su lado materno— desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como heredero a la Corona lusa, que más tarde se convirtió en una operación militar.
El levantamiento popular en la isla Terceira, en el archipiélago de las Azores, iniciado por Antonio, el prior de Castro, hijo bastardo del infante Luis de Portugal y quien se postulaba como heredero con el apoyo de Inglaterra y Francia, obligó a España a tomar medidas en una batalla de la que no solo saldría victorioso, sino que le situaría como dueño indiscutible de los mares.
Grabado de la batalla de la Isla Tercera, o Azores, en su momento álgido
Antonio sabía lo importante que eran las Azores para Felipe II: sin ellas, la Flota de Indias dejaría de tener un lugar de descanso y aprovisionamiento para continuar su viaje a España, por lo que, sin ellas, traer la plata y el oro de América a la península sería casi imposible.
Así, el monarca español ordenó a don Álvaro de Bazán, capitán general de galeras de España, preparar una expedición naval para librar las islas de los enemigos. Nuestro almirante se iba a encontrar con un combate naval sin precedentes, pues nunca habían luchado en mar abierto un grupo numeroso de barcos de semejante tamaño y fuertemente armados.
Álvaro de Bazán
«Cuando se encontraron (26 de julio de 1582), la armada francesa tenía todo a su favor: el viento, el sol y la superioridad numérica, pero la moral de la flota no estaba en su mejor momento. En una maniobra arriesgada que le permitió ganar el barlovento y sorprender a los franceses, Álvaro de Bazán inició el ataque, logrando al tiempo capturar la nave capitana en la que iba Felipe Strozzi, provocando que todas las naves francesas supervivientes iniciaran la huida», explica el divulgador de historia Andrés Conesa Garcían en un artículo publicado en Academia Play.
El marino moriría el 9 de febrero de 1588. Luis de Góngora escribiría un soneto a modo de epitafio:
oh católico Sol de los Bazanes,
que ya entre gloriosos capitanes
eres deidad armada, marte humano,
queden las señas del valor cristiano
que en Lepanto asombraron los otomanes,
que en la Tercera el francés dio a los planes,
y en todo mar el inglés, ya en vano.
Que es el túmulo de tu gloria ahora
el orbe mismo, y tú, fénix de guerra,
que de tus mismos rayos te coronas.
No hay quien tu nombre en bronce labre o dora,
que es tan inmenso el cerco de la tierra,
que en él no caben tus cenizas solas.