U.S. Navy Douglas AD-5N Skyraider, avión utilizado para los ataques con Lazy Dog

U.S. Navy Douglas AD-5N Skyraider, avión utilizado para los ataques con Lazy DogWikimedia Commons

Picotazos de historia

'Lazy Dog': muerte silenciosa, ecológica y sin efectos secundarios

Los contenedores para este arma se situaban bajo las alas de los aviones y tenían capacidad para llevar entre 17.000 y 20.000 proyectiles cada uno

La aviación fue una de las grandes revelaciones de la Primera Guerra Mundial. El aura romántica de esa arriesgada y todavía primitiva ingeniería, los combates singulares sobre el cielo, todo ello le daba un atractivo especial y los «Ases» (como empezaron a ser conocidos los más destacados pilotos de combate) que surgieron durante el conflicto se convirtieron en héroes populares, jaleados por la prensa y una máquina de propaganda.

A medida que se encrudecía la guerra, se fueron desarrollando nuevas técnicas y medios para matar más eficientemente, algo para lo que el ser humano siempre ha mostrado un impresionante y diabólico ingenio. Una de estas nuevas formas de acabar con el prójimo se le ocurrió a algún ingeniero francés y era muy simple: arrojar dardos desde los aviones. La idea era que la propia fuerza de la gravedad actuara.

Los franceses diseñaron varios modelos de pequeños dardos, de unos 8 a 10 centímetros de largo y un peso de unos 30 gramos, con forma de flecha y estabilizadores en su cola. Muy poco imaginativamente las denominaron «flechettes» (flechas pequeñas, dardos). La verdad es que el sistema no funcionó demasiado bien, más que nada porque la ingeniería de entonces no, les permitía ni el transporte ni arrojar de forma eficiente grandes cantidades de «flechettes».

Flechette francesa

Flechette francesaWikimedia Commons

Durante la Segunda Guerra Mundial los norteamericanos retomaron la idea del proyectil cinético alimentado por algo tan barato como la fuerza de la gravedad (9,81 metros por segundo). Un proyectil barato y fácil de fabricar en grandes cantidades. El nuevo sistema, más imaginativamente llamado «Lazy Dog» (perro perezoso) fue probado de manera puntual en Europa. La idea se retomaría durante el conflicto de Corea y ya sería utilizado en mucha mayor escala durante la guerra de Vietnam.

El proyecto «Lazy Dog» diseñó un proyectil que tendría la forma de los famoso supositorios de glicerina que todos hemos conocido y sufrido en nuestra infancia, aunque de un tamaño un poco mayor, y con unas aletas estabilizadoras en su cola. Cada proyectil tenía un peso de 20 gramos y 4,5 centímetros de largo. Estaban fabricados con hierro endurecido. Estos objetos estaban pensados para ser lanzados desde aviones. Se arrojarían por cubos o se liberarían de contenedores dispensadores. Estos últimos fueron el sistema más utilizado. Los contenedores se situaban bajo las alas de los aviones y tenían capacidad para llevar entre 17.000 y 20.000 proyectiles cada uno.

Las Lazy Dog medían escasos milímetros y se lanzaban a millares

Las Lazy Dog medían escasos milímetros y se lanzaban a millaresWikimedia Commons

En Vietnam los norteamericanos se encontraron con el problema de que grandes áreas del país estaban cubiertas por la selva, lo que impedía la localización del enemigo aunque se tuviera la certeza de que estaban allí. Por otro lado se había utilizado en profusión la artillería y la aviación, de las que los norteamericanos tenían una clara ventaja, así como minas antipersonal y trampas (bobby traps) de todo tipo. El resultado fue una cantidad enorme de explosivos (principalmente minas y proyectiles no detonados) abandonados y listos para activarse, denominados actualmente restos explosivos de guerra, y que constituyen un verdadero problema de seguridad tanto para los militares como para la población civil. Pues bien, este fue uno de los argumentos esgrimidos para defender el uso de las bombas «Lazy Dogs».

El «Lazy Dogs» era un proyectil «ecológico», su propelente era la propia ley de gravedad y una vez que tocaba el suelo era completamente inocuo. Las pruebas realizadas de lanzamiento de los proyectiles por medio de los dispensadores dieron un resultado de ocho impactos por metro cuadrado, cuando eran arrojados desde una altura entre los 300 y 400 metros de latitud. Desde esa altitud el proyectil impactaba a una velocidad superior a los 200 metros por segundo. Esto significaba que cada proyectil golpeaba con la potencia de una bala de 12 milímetros ó calibre 50. Siendo capaz de atravesar 60 centímetros de tierra compactada o un blindaje ligero.

La selva era el principal problema con el que se enfrentaban las fuerzas norteamericanas y el principal aliado de las fuerzas del Vietcong. Delicadamente trataron de resolverlo con productos desfoliantes (Agente Naranja) y napalm, lo que se demostró costoso y peligroso para quienes lo manejaban (especialmente los químicos). Pero la selva no detenía a las «Lazy Dogs».

Arrojadas masivamente sobre las zonas donde se sospechaba que se ocultaba el enemigo, las «Lazy Dogs» atravesaban la pantalla formada por el follaje y las ramas de los árboles. Muchos proyectiles quedaban incrustados en las ramas más gruesas o en los troncos, la mayoría atravesaba las ramas rompiéndolas como si fueran palillos y si alcanzaban a alguien tenían un efecto letalmente destructivo sobre el cuerpo humano. Eso si, las «Lazy Dogs» no discriminaban a nadie: el que se encontraba en su trayectoria estaba listo.

Desde un punto de vista político y militar la «Lazy Dog» presentaba múltiples ventajas: era muy barata y fácil de fabricar en grandes cantidades, no producía destrucción como los explosivos convencionales ni dejaban peligroso remanentes sin explosionar, eran muy aptos para ataques por sorpresa ya que el proyectil no producía ruido alguno al caer –el silbido que asociamos con la caída de las bombas estaba producido por unos tubos alojados en las aletas de cola denominados «trompetas de Jericó»–, también se comprobó el enorme impacto psicológico que producía entre los supervivientes cuando se soltaban encima de una unidad enemiga esta muerte súbita y silenciosa.

Recientemente se han podido encontrar pruebas de que los rusos han estado utilizando proyectiles cargados con una variante de las «flechettes» en Ucrania. Estos proyectiles, cargados con los pequeños dardos, se utilizan para limpiezas «de área» y son disparados desde el obús (pieza de artillería entre el cañón y el mortero) ruso D-30 de 122 milímetros.

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