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Combate naval y turcos saltando al abordaje por Juan de la Corte (1597–1660),  Museo Naval de Madrid.

Combate naval y turcos saltando al abordaje por Juan de la Corte (1597–1660), Museo Naval de Madrid.Wikimedia Commons

Picotazos de historia

La batalla del Cabo Celidonia: cuando 5 galeones españoles derrotaron a 55 galeras otomanas

Con cinco galeones y 1.600 almas embarcadas en la flota española, Francisco de Ribera se enfrentó a los otomanos, que contaban con 55 galeras y 12.000 hombres

Año de gracia de 1616. Este año don Pedro Téllez-Girón y Velasco, III duque de Osuna, ha dejado su cargo de virrey de Sicilia, que durante sus años de administración ha logrado superar la miseria económica en que se encontraba, así como poner orden en la administración, puertos y comercio. Don Pedro ha sido nombrado virrey de Nápoles, que tampoco se encuentra en feliz situación. No se trata de ningún premio ni ascenso, es una manera de apartarle pues su actividad se considera demasiado proactiva para la política defensiva que ha adoptado el rey Felipe III.

El duque de Osuna ha invertido caudales en barcos y marinería, alentando a sus capitanes a atacar a cualquier barco enemigo con el que se encuentren y practicando el corso en las aguas del Mediterráneo. La tropa embarcada y la marinería se adaptaron y aprendieron pronto el uno del otro. Osuna apoyaba la construcción y mejora de diseños de las naves de alto bordo, impulsadas por velamen y capaces de portar en su interior numerosas bocas de fuego, frente a las ágiles y tradicionales galeras mediterráneas.

El dicho año de 1616, el 14 de julio, en la costa sur de Anatolia y frente al cabo de Celidonia en la península de Teke, una flota española bajo el mando del capitán Francisco de Ribera y Medina acecha las aguas. El comandante, toledano de origen, ha tenido una vida de novela, alternando duelos con combates en la mar. Ha combatido contra el holandés en las aguas de América y en el Atlántico y nunca ha perdido ocasión de atacar al turco o al berberisco en las azules aguas del Mediterráneo. Se trata de un capitán de mar y guerra experimentado, valiente y capaz.

Mapa que muestra la zona en la que se produjo el enfrentamiento

Mapa que muestra la zona en la que se produjo el enfrentamientoWikimedia Commons

El capitán Ribera está al mando de una flota compuesta por cinco galeones (Concepción como nao capitana con porte de 62 cañones, Almiranta de 34 cañones y mandada por el alférez Serrano, Buenaventura con 27 y bajo el mando del alférez Iñigo de Urquiza, la Carretina de 34 cañones mandada por Valmaseda, la San Juan Bautista de 30 cañones y comandada por don Juan Cereceda) y el petache Santiago con 10 cañones bajo el mano del alférez Garraza. Entre las seis naves tenían distribuidos unos 1.000 mosqueteros. En total entre los mosqueteros, tropas embarcadas y marinería no bajaban de 1.600 almas embarcadas en la flota española.

Ribera había recalado y hecho presa en varios puertos, entre ellos Famagusta, por ello patrullaba las costas del cabo de Celidonia dando por seguro que se había dado alerta a la armada otomana de las actividades de los españoles en esas aguas. Aguardaba a que asomara el enemigo.

El tercer día fue cuando asomaron las velas otomanas en el horizonte, se trataba de 55 galeras mandadas por el Bey de Rodas y en su interior transportaban a unas 12.000 personas entre tropas, marinería y chusma (nombre genérico de los galeotes). En total los otomanos contaban con 275 bocas de fuego.

El Bey dio orden de que sus galeras formaran una media luna, táctica tradicional que pretendía rodear una fuerza inferior para destrozarla. Ribera ordeno que sus galeones formaran una línea, proa con popa, destacando a la nao Almiranta y una urca de carga, que habían capturado en acción anterior y habían asimilado a la flota, como reserva con orden de asistirse mutuamente y acudir donde se necesitasen.

Vista del del cabo Celidonia

Vista del del cabo CelidoniaKnut Thieme/Wikimedia Commons

A las 9:00 horas se inició el combate que duró hasta el anochecer, momento en el que la flota otomana se retiró. El comandante español dio orden de que se encendieran faroles durante la noche, mostrando desafió a los otomanos e intención de no retirarse al abrigo de la oscuridad. Los barcos de Ribera habían contado con la ventaja del alto bordo de sus naves para hacer fuego mortal sobre las cubiertas de las galeras enemigas. Ocho de ellas quedaron muy mal paradas.

El segundo día el Bey decidió que su flota formara a un tiro de mosquete del enemigo y que remaran contra ellos con animo de abordarles, aprovechándose de la ventaja numérica. Toda la jornada transcurrió en vivísimos combates contra la línea española. El fuego y los ataques otomanos se concentraron especialmente en los naves Capitana y Almiranta, pero todos fueron rechazados. El combate terminó con la luz del día y cuando se retiró la flota del Bey de Rodas tenía diez galeras con graves daños más dos desarboladas.

Amaneció sobre el cabo en el que sería la tercera jornada de la batalla. Los otomanos volvieron a intentar el abordaje, lanzándose en grupos contra la línea española. Tan cerca estuvieron que algunas galeras consiguieron situarse por debajo de la línea de fuego de la artillería cristiana de la nao Capitana. Ribera, que había sido herido en la cara en la jornada anterior, había dado orden de que las naves se asistieran la una a la otra en la medida que se pudiera y en esta apurada situación fue eficazmente asistido por el patache de Garraza que maniobró para interponerse entre las galeras y la Capitana mientras disparaba con todo lo que tenía. Consiguió el patache alejar a las galeras quedando estas bajo el fuego de la artillería del galeón y sufriendo mucho daño.

Terminó la tercera jornada de la batalla. La flota española estaba muy dañada. La obra muerta de todas las naves mostraba las cicatrices de los combates. Pocas jarcias y palos seguían en su sitio, de tal manera que la Capitana y el patache tuvieron que ser remolcados. Tenían un total de 34 muertos y 93 heridos graves, teniéndose los leves como cosa normal y no entrando en el computo por ser gaje común.

Por su parte los turcos se habían llevado una lección difícil de olvidar. Habían perdido diez galeras que se habían hundido con sus tripulaciones, durante la batalla o tras los combates. Tenían otras veintitrés muy dañadas. Sobre las bajas otomanas no hay información exacta pero se sabe que debieron de ser muy elevadas, calculándose en unos 3.200 en total y los más exagerados dando esa cifra entre los muertos solo.

Esa tercera noche, y a pesar de agotamiento de todos, se llevaron a cabo unas someras reparaciones de emergencia. Se distribuyó agua y alimentos. El que pudo durmió algo y se aprestaron los últimos barriles de pólvora y los ya escasos proyectiles que a bordo había, en previsión del asalto final. Este nunca se produjo. Aprovechando la noche el Bey dio orden a su flota para que se retirase. La batalla había terminado.

La flota de Ribera llegó como pudo al puerto de Candia (Creta) donde se llevaron a cabo las reparaciones de las que estaban muy necesitados. Cumplidas las tareas de carpintería y calafate, se aprovisionó y rearmó la flota quedando presta para partir. Así lo hizo don Francisco de Ribera poniendo rumbo al puerto napolitano de Brindisi. Durante el trayecto atacaron cuanta vela enemiga asomó por el horizonte. Tras dos semanas de navegación arriaba a Brindisi la flota. Le acompañaban otras quince naves que había capturado por el camino cargadas con rico botín.

Francisco de Ribera había conseguido la mayor victoria naval de la cristiandad desde Lepanto. Felipe III le ascendió a almirante y le premió con el hábito de la orden de Santiago.

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