Burj Al-Rus, la torre de las calaveras de españoles
Picotazos de historia
El Desastre de los Gelves: la sangrienta derrota española que acabó con una torre hecha de calaveras
La flota de Piali Bajá, compuesta por unas 86 galeras y galeazas, quien, aprovechando unos oportunos vientos, había arribado mucho antes de lo calculado por los cristianos, pillándolos completamente desprevenidos
Don Luis de Góngora, en su romance Entre los sueltos caballos…, pone en boca de un moro cautivo la siguiente frase: «En los Gelves nací, el año que os perdisteis en los Gelves».
Gelves, o Los Gelves, es una isla de algo más de 500 km² de superficie que se encuentra cerrando la entrada del golfo de Boughara, en el sudeste de Túnez. Se trata de la mayor isla del norte de África y es un punto estratégico que fue disputado por España a los piratas berberiscos durante los siglos XVI y XVII. Hoy la isla es conocida como Djerba o Yerba.
Volviendo al romance de Góngora, el cautivo hace mención a una derrota sufrida por los españoles en aquel lugar. Una derrota contundente («os perdisteis») y, a ese respecto, nos encontramos con dos fechas: 1510 y 1560. Pues bien, el motivo del presente artículo es hablarles del segundo Desastre de los Gelves.
Mapa de Yerba por Piri Reis
En 1549, un protegido del famoso corsario Jeireddín Barbarroja, llamado Turgut, establece en la isla de Djerba, o Los Gelves, su base de operaciones para incursionar contra las naves y costas cristianas en el Mediterráneo. La Monarquía Hispánica, bajo el cetro de Felipe II, apeló al Papa Paulo IV para que se organizase una coalición que permitiera una expedición destinada a arrebatar los territorios de Trípoli y Túnez a los peligrosos piratas berberiscos. Solimán el Magnífico, sultán del Imperio otomano, había entregado a Turgut —o Dragut, como lo llamaban los italianos y españoles— Túnez, junto con el rango de almirante.
En 1560 estaba creada la coalición solicitada. La formaban España, Florencia, Génova, el Papado y los caballeros hospitalarios. Se reunió una flota de 54 galeras y varias decenas de naves auxiliares, que se puso bajo el mando del genovés Juan Andrea Doria, con fama de demasiado prudente. El comandante del ejército era el virrey de Sicilia, don Juan de la Cerda, IV duque de Medinaceli. Y entre las galeras y las otras naves se transportaba una fuerza de unos 10.000 soldados.
La expedición no pudo desembarcar en Túnez, por lo que ocupó la isla de Djerba. El virrey dio orden de que se levantara una fortaleza para una guarnición que allí quedaría. Estaban ocupados en levantarla cuando, el día 11 de mayo, fueron sorprendidos por una flota turca. Se trataba de la flota de Piali Bajá, compuesta por unas 86 galeras y galeazas, quien, aprovechando unos oportunos vientos, había arribado mucho antes de lo calculado por los cristianos, pillándolos completamente desprevenidos.
Batalla de Yerba, 1560
Piali Bajá les dio una paliza. Esa mañana, la flota cristiana fue deshecha, siendo capturadas o destruidas más de la mitad de las naves que la componían. Se calcula que ese día murieron entre 9.000 y 12.000 personas, y aunque la mayoría fueron «chusma» (nombre genérico para los galeotes), también pereció una importante cantidad de tropas españolas.
Los supervivientes del desastre, más las tropas que ya estaban desembarcadas y trabajando en la fortaleza, se hicieron fuertes en esta. Se decidió que el almirante Juan Andrea Doria abandonara la trampa en la que estaban, utilizando para ello las naves más rápidas y marineras, y que con él se llevase al virrey. Quedó al mando de la fortaleza y de las tropas que allí había el veterano maestre de campo don Álvaro de Sande. Este era un viejo guerrero —tenía setenta años— endurecido en el servicio y que contaba con la absoluta obediencia de las tropas.
Tenía allí a unas 6.000 personas, de las cuales eran tropas efectivas unos 5.000. Todos cuantos fueron posibles de embarcar salieron con las naves del almirante genovés; el resto era consciente de su incierto destino.
A las fuerzas de Piali Bajá se unió la flota de Dragut. El cierre estaba echado. Ya nadie podía abandonar la isla y era solo una cuestión de tiempo que la fortaleza sitiada se rindiera o fuera tomada.
Efectivamente, tras tres meses de asedio, en los que los españoles llevaron a cabo numerosas salidas, los sitiados se encontraron prácticamente sin alimentos. Mucho peor era que las últimas acciones de Dragut habían logrado capturar los pozos que abastecían de agua a la fortaleza. Álvaro de Sande no tuvo más remedio que rendir la plaza y las tropas que la defendían.
Dragut no tuvo piedad. De Sande y otros comandantes y personas de las que se pudiera conseguir un rico rescate fueron perdonados. Se les puso grilletes y fueron enviados como cautivos a Constantinopla hasta que fueran rescatados. Don Álvaro de Sande recobraría la libertad y continuaría dando guerra, pero mucha peor fortuna tuvieron los demás. Dragut dio orden de que todos fueran degollados. El capitán Jerónimo de Sande, sobrino del maestre de campo, murió degollado delante de su tío.
Dragut, Pirata del Imperio otomano
Muchos fueron los buenos capitanes que cayeron cautivos junto a Álvaro de Sande, y sus nombres aparecerán ligados a la historia de los tercios españoles: Sancho Dávila, Lope de Figueroa, Rodrigo de Zapata, Sancho de Leyva… Son nombres famosos que sufrieron el cautiverio tras aquel Desastre de los Gelves.
Terminaron de asesinar a las tropas rendidas. Entonces dio orden Dragut de que se reunieran todas las cabezas de los cristianos muertos: los asesinados recientemente y los muertos que se encontrasen desde el 11 de mayo. Una vez que las reunieron todas, las descarnaron y levantaron una torre o torreón uniendo las calaveras con argamasa, quedando como aviso para futuros ataques cristianos.
La torre o torreón de las calaveras (Burj al-Rus en árabe), construido junto a las ruinas de lo que hoy se conoce como el castillo de los Aragoneses, permanecerá erguido como recordatorio y advertencia durante los siguientes cuatrocientos años.
En el año 1848, el bey de Túnez, Ahmad I ibn Mustafá, a instancias de los cónsules del Reino Unido y de Francia, ordenó que se desmontara el macabro monumento y que los cráneos que habían servido para su construcción fueran conducidos a un cementerio cristiano, donde pudieran recibir digna sepultura.
Hoy, si visita la isla de Djerba, acérquese al lugar donde una vez se levantó la torre de las calaveras. Ya no está. En su lugar se yergue un blanco monolito que recuerda a esos españoles que se perdieron en el Desastre de los Gelves.