Representación del bloqueo holandés de la costa inglesa. Obra de Reinier Nooms
Picotazos de historia
Cuando España derrotó al pirata Pie de Palo en La Habana en 1638 y salvó el tesoro de Indias
Los holandeses tenían una abrumadora superioridad numérica y artillera y, por este motivo, se confiaron y buscaron el abordaje, con el objeto de capturar los navíos españoles
Año de gracia de 1638, en los territorios de la monarquía hispánica reina Su Católica Majestad don Felipe IV (q. D. g.). Durante los años anteriores, las Provincias Unidas (neerlandeses) habían organizado flotas con la intención de conquistar el rico territorio brasileño de Pernambuco, que entonces era la mayor productora de caña de azúcar del mundo.
Para este año, la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales estaba a cargo de una gran extensión de territorio —más de la mitad del territorio colonizado por Portugal en Brasil— y había hecho de la ciudad de Recife su nueva capital, rebautizándola como Mauritsstad. Desde esta fuerte base de operaciones, la Compañía Neerlandesa quería lanzar ataques contra las líneas comerciales que unían a España con sus posesiones de ultramar.
La Compañía nombró como almirante de la flota que allí tenía a un experimentado marino llamado Cornelius Jol, a quien llamaban Houtbeen o «Pie de Palo» por haber perdido parte de una extremidad durante su azarosa vida. El encargo que se había encomendado a Jol era interceptar a la española Flota de Tierra Firme.
Cartagena en el siglo XVII
Esta era un grupo de mercantes custodiados por galeones (los dos principales denominados almiranta y capitana, respectivamente, por sus funciones de mando) que partían desde Cádiz con destino a Cartagena de Indias y Portobelo. Desde allí navegaban hasta La Habana o Veracruz para dar escolta a la flota de vuelta a la península: el llamado «tornaviaje» de la Flota de Indias. La flota de este año se componía de un patache (nave de dos palos entre el bergantín y la goleta) y siete mercantes protegidos por siete galeones bien artillados, aunque no muy bien abastecidos y tripulados. La flota estaba bajo el mando del general don Carlos de Ibarra y el almirante don Pedro de Ursúa y Arizmendi.
Desde La Habana, el virrey de Nueva España, marqués de Cadereyta —don Lope Díaz de Aux y Armendáriz—, había enviado avisos (así se llamaba a un tipo de nao ligera, rápida y marinera que hacía funciones de correo) notificando que se estaba concentrando una flota holandesa frente a La Habana con intención de capturar a la Flota de Tierra Firme.
Los barcos de la flota del tornaviaje permanecieron en sus puertos al recibir los avisos; no así la que mandaba don Carlos de Ibarra, por haber partido antes de la llegada del aviso enviado por el virrey. El día 30 de octubre arribó a la isla de Cuba, fondeando a la vista del cerro de la Cabaña, que dominaba la ciudad de La Habana. Al día siguiente apareció por barlovento la flota holandesa de Cornelius Jol. El enemigo sumaba diecisiete galeones.
Don Carlos impartió órdenes con rapidez: que la flota de galeones formara una línea y, detrás de esta, se situaran los mercantes y el patache, listos para defenderse si los holandeses rompían la línea.
Durante ocho largas horas se combatió ferozmente. El galeón Carmen, mandado por el capitán Sancho de Urdanivia, ciñó al viento y largó dos gallardetes en sus palos porque le pareció bien a su capitán. Esta galanura de don Sancho confundió a los holandeses, que pensaron que el galeón Carmen era la nao capitana y, por ello, concentraron contra ella sus esfuerzos con intención de descabezar a la flota española.
La captura del Nuestra Señora de Covadonga. Pintura al óleo de John Cleveley, 1756
Los holandeses tenían una abrumadora superioridad numérica y artillera y, por este motivo, se confiaron y buscaron el abordaje, con el objeto de capturar los navíos españoles. El general español había aleccionado a sus capitanes para que no abrieran fuego hasta tener muy cerca las naves enemigas, con el objeto de causar la mayor mortandad posible entre las tripulaciones holandesas. Cuando abrieron fuego, la metralla barrió las cubiertas y los proyectiles destrozaron la obra muerta y abrieron agujeros en los cascos.
Devolvieron el fuego los holandeses, y así pasó el día hasta que el anochecer puso fin al combate. Solo la nave de Carlos de Ibarra tuvo veintitrés muertos y cincuenta heridos, la mayor parte graves. El general, al arrojar por la borda una granada enemiga que había llegado junto a él, recibió trozos de metralla en la cara, brazo y muslo, pero en ningún momento permitió ser relevado del mando.
La nave almiranta tuvo dieciséis muertos, entre ellos el capitán de la nave, Bartolomé de la Riva, y cuarenta heridos, entre los que se encontraba el almirante don Pedro de Ursúa. El resto de los barcos tuvo un número similar de bajas, pero entre todos se destacó la actuación del galeón Carmen.
Este se había tenido que enfrentar a un mayor número de enemigos y se defendió con una fiereza y tenacidad tremendas. Ningún holandés pudo poner los pies sobre el puente del galeón Carmen, pero las bajas habían sido numerosas y su capitán había pagado con su vida la galanura de los gallardetes.
Terminado el combate, la nao capitana de la flota holandesa hizo disparos de aviso para que los capitanes acudieran a consejo con el almirante Cornelius Jol. Pie de Palo estaba que fumaba en pipa, y así lo dejó claro. Teniendo una ventaja de más de dos a uno, casi tres a uno, habían sido rechazados.
No habían conseguido capturar o hundir a ninguno de los galeones españoles, mientras que a ellos les habían hundido cuatro naves. Había tenido más de ochenta muertos y, entre estos, se encontraba el vicealmirante Abraham Rosendal; los heridos alcanzaban los dos centenares.
Interpretación del pirata holandés Cornelis Jol, tal y como aparece representado en el Museo Puerta de Tierra de Campeche, México
Pie de Palo quería atacar al día siguiente, tras el albor, pero sus capitanes se negaron. La flota estaba tan dañada que necesitaba reparaciones urgentes. El almirante holandés tuvo que ceder.
Atacaron el día 3 de septiembre. La ventaja se había visto mermada, pero seguía estando del lado de los holandeses: 13 a 7. Esta vez Cornelius prefirió el combate a distancia, fiándose de su mayor número de bocas de fuego. Sufrió mucho la nave capitana española, que se trataba del galeón San Mateo, en especial al acudir al socorro del galeón Carmen, que acabó muy dañado e incapaz de navegar.
Este segundo combate no fue menos fiero por ser a distancia. Costó la vida de otra cincuentena de marinería y oficialidad españolas, subiendo los heridos a ciento cincuenta más. Los holandeses también recibieron de lo lindo. Perdieron otros tres galeones que fueron a pique y habían sufrido un gran número de muertos y heridos.
Había perecido en el combate el capitán Verdist, un marino eficiente y muy popular entre la flota holandesa. La desmoralizada tripulación de su barco se negó a continuar el combate. El resto de los capitanes, viendo el lastimoso estado en que se encontraban sus naves y tripulaciones, lo secundaron. Pie de Palo no tuvo más remedio que dar la batalla por terminada y buscar mejor ocasión.
Galeón San Mateo
Carlos de Ibarra estaba en una situación desesperada. El galeón Carmen estaba inservible, tanto que, aprovechando la noche, lo remolcaron a tierra, donde se habían desembarcado sus cañones y los fardos de añil y la plata que llevaba a bordo. Al amanecer, el general español pudo contemplar cómo el enemigo se retiraba. Debió de suspirar aliviado; a él apenas le quedaba pólvora y proyectiles.
Carlos de Ibarra consiguió desembarcar en La Habana todo el cargamento que llevaban, consistente en 1.800.000 duros de plata, junto con tintes y maderas preciosas. La flota pasó al Real Astillero, donde se realizaron todas las reparaciones de las que estaban muy necesitados. Cargaron bastimentos, pólvora y munición.
Reemplazaron a muertos y heridos con nuevos brazos y, cuando estuvieron listos, partieron el 25 de enero de 1639 dando escolta a la Flota de Nueva España, que mandaba el general Martín de Orbea. La flota arribó al puerto de Cádiz el 15 de julio. Carlos de Ibarra sería recompensado con el título de marqués de Tarazona. Poco lo disfrutaría, ya que falleció el año siguiente, sirviendo en la mar.