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Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

La difícil infancia de Jaime I, el rey que acabaría siendo el gran Conquistador

En la vida familiar y sentimental de Jaime I no hay nada que no esté marcado por el enredo, la leyenda, la conspiración y casi hasta la predestinación

Entrada triunfal en Valencia de Jaime I el Conquistador

Los reyes de León y de Castilla no son muy recordados en Aragón y menos en Cataluña. Los de Aragón y condes de Barcelona no tienen tampoco demasiado tirón en los lectores de los antiguos territorios de la otra corona. No deja, aparte de la estupidez actual reinante en la enseñanza y las administraciones autonómicas, de resultar extraño, pues ambas coronas, por simplificar, la castellana y la aragonesa, estuvieron a lo largo de la historia no solo entreveradas de manera pertinaz y emparentadas de continuo, sino que en multitud de ocasiones, con los enfrentamientos de rigor, fueron de la mano para concluir en una fusión que alumbró a España como Nación asomada la entonces modernidad del siglo XVI.

Algo que, por cierto, hicieron dos primos, pues el linaje tanto de Fernando como de Isabel era el de los Trastámara castellanos. Por decirlo de manera muy sencilla, ambos son parte indeleble y fundacional de España. Y por ambos corre la misma sangre: son los dos ventrículos de un solo corazón.

Pero antes ya, cuando los dos reinos se habían convertido en los hegemónicos de la España cristiana, su nivel de colaboración alcanzó las mayores cuotas y consiguió los más importantes objetivos. Los reyes de Aragón, durante el decisivo siglo XIII, fueron los grandes aliados de Castilla contra el imperio almohade; lo fue Alfonso II y lo fue su hijo Pedro II, vencedor junto a Alfonso VIII en las Navas.

Algo de lo que siempre se enorgulleció y tuvo como mejor blasón su hijo Jaime, sin duda el que dio el más definitivo empuje por su parte y territorio a la obra de reconquistar a los musulmanes todo el Levante que conservaban en sus manos, Baleares incluidas, en armonía y connivencia con su primo, el rey de Castilla y León, Fernando III, y su hijo, el futuro Alfonso X el Sabio.

De hecho, la primera esposa de Jaime I, cuando solo contaba con 14 años (1221), no era sino Leonor de Castilla, hija de Alfonso VIII el de las Navas, hermana de doña Berenguela, reina y regente de ese reino y madre de Fernando III, reinado que coincidió con buena parte del suyo y cuyo hijo, Alfonso X el Sabio, se casó con la hija del segundo matrimonio de Jaime, tras la anulación papal del primero por consanguinidad, llamada Violante al igual que su madre, a la que tanto amó y escribió.

O sea, un verdadero lío familiar que no se enrevesó aún más o se hubiera simplificado, vaya usted a saber, de no haber muerto el hijo mayor del Conquistador con la castellana, de nombre Alfonso, ¿cómo no?, reconocido como heredero, que, aunque no falleció joven, pues lo hizo en 1260, sí lo hizo antes que su padre, dando paso así a los hijos de la segunda esposa, húngara por más señas.

Pero es que en la vida familiar y sentimental de Jaime I no hay nada que no esté marcado por el enredo, la leyenda, la conspiración y casi hasta la predestinación. Se cuenta que fue engendrado con engaño, pues a su madre, María de Montpellier, su augusto padre, Pedro II, no le hacía caso alguno y menos aún en la cama, y que por ello, y aprovechando una noche, de las muchas de larga fiesta, del rey Gentil, se dio el cambiazo con una dama a la que sí se lo hacía y lo consiguió engendrar.

Retrato de Pedro II de Aragón, pintado en el siglo XVIIWikimedia

Fuera o no verdad, su peripecia vital no pudo comenzar con peor pie, pues, siendo una tierna criatura, tras la derrota y muerte de Pedro II en Muret, el infante Jaime quedó como rehén del vencedor y matador de su padre, el cruzado Simón de Montfort.

Un comienzo, en verdad, difícil para un rey que había nacido en un febrero de 1208 y al que su madre, para ponerle un nombre, hizo encender 12 cirios, uno por cada uno de los seguidores dilectos de Cristo, y le puso el nombre del que más había aguantado encendido, que correspondió al del apóstol Santiago, que, por si no lo saben, es también Jacobo o Jaime, Jaume en catalán. Y con Jaime se quedó y, en efecto, longevidad no le faltó.

De las manos de Simón de Montfort fue, por fortuna y prontamente, rescatado por mediación del Papa a instancias de la nobleza aragonesa y castellana. Se había salvado de milagro, pues sufrió un atentado contra su vida estando todavía en la cuna.

Muerta su madre también y por completo huérfano, pasó a quedar bajo la custodia de los caballeros templarios y con ellos se crio, imbuyéndose de su espíritu y enseñanzas. Su recuerdo e impronta caballeresca los mantendría durante toda su vida, que fue larga y en verdad fructífera, hasta que murió a los 73 años tras sesenta y tres de reinado, el récord absoluto de todos los monarcas españoles, emperadores romanos, reyes visigodos, emires y califas musulmanes, y no sé yo si todos los soberanos europeos incluidos hasta llegar a la reina Isabel II de Inglaterra, que, con 70 años de reinado, supongo que es récord mundial.

El rey Jaime I el Conquistador, por Jaume Mateu

El historiador José Hinojosa Montalvo, citando al cronista Desclot, lo retrata así para la Real Academia de la Historia: «De considerable estatura, presencia caballeresca, blanco de cutis y de pelo rubio, hermosos dientes y finas y largas manos. Entre sus cualidades morales sobresalen dos: su generosidad y su fidelidad a la palabra empeñada. Religiosidad y belicosidad se entremezclaban en su personalidad, fruto de su crianza y educación entre los templarios, de forma que consideró su espíritu cristiano al servicio armado de la cristiandad, plasmado en la lucha contra el islam. Su valentía y orgullo también formaron parte de su personalidad, visible en el episodio de sacarse él personalmente la saeta que le atravesó el hueso del cráneo; el orgullo de su familia, en especial por su padre y su victoria en las Navas, conservado hasta su vejez; su sensibilidad, visible en el episodio de la golondrina que anidó en su tienda, las lágrimas derramadas al conquistar Valencia. Episodios que no son incompatibles con la crueldad, como cortarle la lengua al obispo de Gerona. Fue un gran creyente y un gran pecador, además de mujeriego, ya que sus últimos amores corresponden a las vísperas de su muerte».

Lo de mujeriego y pecador, heredado desde luego de su «gentil» padre, al igual que su belicosidad y bravura, se puso aún más de manifiesto a la muerte de la reina Violante en 1251, pues, como quedó anotado por los cronistas de la época, era hom de fembres, que no considero necesario traducir. De los variados amoríos y el reconocimiento que no negó a sus bastardos son originarias muy linajudas casas nobiliarias de Aragón y Valencia.

Pero lo que es indudable es que su niñez fue todo menos fácil, como tampoco lo fue su juventud. En medio de todas las conspiraciones de nobles, de los diferentes Papas —el sucesor de Inocencio III, Honorio III, quiso volvérselo a entregar a Simón de Montfort— y de los distintos territorios que estaba destinado a gobernar, cada cual queriendo controlarlo, sobre todo cuando ya en las Cortes de Lérida y con tan solo 10 años se le declaró ¡mayor de edad! Y estallaron aún más las desavenencias e intentos contra él.

Resulta, sin duda, casi un milagro que acabara por convertirse en tan poderoso rey. ¿O fue, al igual que le sucediera al castellano Alfonso VIII, huérfano desde los tres años, esa niñez y pubertad la forja en que se templó su carácter y el acero de su férrea voluntad? Yo creo que sí, que así fue y que ambos, por ello, fueron e hicieron tan grandes cosas sin dejarse vencer jamás por la adversidad.

No fue sino ya cumplidos los 20 años cuando pudo de hecho sentirse en verdad rey. De hecho, en el año 1224 había sido hecho incluso prisionero por la nobleza aragonesa y en 1227 un nuevo alzamiento dirigido por su tío Fernando, otro paralelismo con el de las Navas, también acosado en su niñez por su tío, el rey Fernando de León, lo volvió a colocar en dramática situación, de la que se salvó gracias de nuevo a otra intervención papal.

La firma de la llamada Concordia de Alcalá en aquel mismo año marcó el triunfo de la monarquía contra la nobleza y entonces Jaime I pudo, al fin, emprender el camino que desde hacía años estaba decidido a acometer. La causa y razón de su reinado, la Reconquista de al-Ándalus, y proseguir la obra a la que su padre, Pedro II, y el castellano Alfonso VIII habían abierto la puerta en las Navas de Tolosa y ninguno, dada su muerte acaecida tan prontamente a los dos, tras su victoria, pudieron aprovechar.

Aún peor, durante todos aquellos años había quedado empantanada en ambos reinos, tanto en León y Castilla como en Aragón, por los problemas sucesorios y las minorías de edad. Pero ahora, al fin, Fernando III ya reinaba en Castilla y pronto lo haría también en León (1230), y ambos, cada uno por sus fronteras, pero de común acuerdo, en objetivos y sagrada misión, podrían lanzarse contra el islam.

El «Pacto de Jaén» o el vasallaje de Alhamar ante Fernando III el Santo

La muerte de los padres de ambos, los reyes Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón, la hambruna desatada por una terrible sequía en los años posteriores y las vicisitudes sucesorias impidieron explotar en profundidad el trascendental triunfo cristiano en las Navas de Tolosa. Pero el Imperio almohade había quedado herido de muerte y, aunque hubieron de pasar más de dos décadas, el momento de asestar un golpe casi definitivo a al-Ándalus iba a llegar con la entronización, por un lado, del nieto de Alfonso, Fernando III, en Castilla y León, y la toma del control efectivo de la corona de Aragón por Jaime I.

Ambos coincidían en el objetivo y quedó el negociar el área de influencia de cada cual, lo que consiguieron y mantuvieron, superando, cuando los hubo, los desencuentros y desavenencias. Y no fueron solo ellos dos quienes iniciaron las hostilidades; el rey portugués, por su parte, también vio que había llegado el momento y atacó por el oeste. Las dos décadas siguientes supondrían el derrumbe musulmán.

Jaime I ya había realizado algunas intentonas poco afortunadas, la más importante contra Peñíscola, cuando el estallido de la disputa entre los líderes musulmanes que se disputaban tanto el califato como los territorios hispanos propició que uno de ellos, Ben Hud, se proclamara emir en Murcia y se enfrentara a Abu Zayd, que ostentaba el dominio de todo el Levante, y quien, tras verse expulsado de Valencia, optó por buscar el apoyo de Jaime I, se declaró su vasallo y le entregó a cambio cuantiosas rentas, que mucha falta le hacían a la maltrecha hacienda real, amén de algunas fortalezas.

Jaime I de Aragón recibiendo del obispo y jurista Vidal de Canellas los Fueros de Aragón ante otros magnates eclesiásticos

Fue el primer avance del joven rey. Y pronto llegaría un segundo y de gran importancia. Pero para este iban a hacer falta barcos y en esa empresa comenzó a tomar cuerpo y renombre una armada que a la postre iba luego a convertirse en una de las más importantes, si no la más poderosa del Mediterráneo, y su enseña cuatribarrada, en el distintivo más temible de esas aguas.

La conquista de Mallorca y luego del resto de las Baleares significó mucho para Aragón y el condado de Barcelona, y en todos los aspectos. Y no menos importante fue el económico, pero no solo para las arcas reales, sino para los nobles, los comerciantes, artesanos y payeses, que vieron y explotaron las grandes oportunidades que se les presentaban.

La conquista de Mallorca se puso en marcha ante la petición reiterada de los mercaderes de Barcelona, Tarragona y Tortosa, cuyos barcos eran de continuo apresados por los piratas musulmanes con base en Mallorca, que no les daban respiro. Pero no era tarea fácil, pues, aunque los mercaderes le ofrecieron sus naves, la nobleza, esencial por sus mesnadas, tanto la catalana como la aragonesa, aunque estos últimos preferían que se dirigiera contra Valencia, por lo que se apuntaron menos y fue ante todo una empresa catalana, exigió una parte suculenta de botín y dominios territoriales. Jaime I, tras mucha discusión y cónclaves con ambas, se vio obligado a aceptar, pues no tenía otro remedio.

Tropas musulmanas y cristianas prestas para entrar en combate

Finalmente, un 5 de septiembre de 1229, la escuadra aragonesa, con 155 naves, 1500 caballeros y 15.000 peones, zarpó rumbo a Mallorca y desembarcó en Santa Ponsa. La primera batalla, en Portopí, se saldó con triunfo cristiano y los musulmanes corrieron a refugiarse tras las murallas de la capital isleña, la actual Palma de Mallorca (Madina Mayurqa).

Habían cogido prisioneros a algunos soldados aragoneses y los crucificaron en las almenas a la vista de las tropas cristianas. La ciudad resistió durante casi tres meses el cerco y no cayó sino el último día del año, cuando sufrió un último y definitivo asalto seguido de terrible y vengativa matanza.

La población fue pasada a cuchillo y fue tal la mortandad que los cadáveres insepultos provocaron una epidemia en las tropas vencedoras, diezmándolas. Con todo, la conquista del resto de la isla fue rápida, quedando tan solo algún núcleo de resistencia unos años en la sierra de Tramontana. Los pobladores musulmanes capturados fueron convertidos en esclavos y los que pudieron huyeron a África.

El problema le vino al rey por los nobles catalanes, que, no conformes con su parte, provocaron sucesivas revueltas, lo que debilitó al ejército para su siguiente empeño, conquistar Menorca. De hecho, comprendió que sería imposible hacerlo militarmente, por lo que optó por conseguir su vasallaje. Tres nobles, dos aragoneses y un catalán, y el maestre del Temple en Mallorca lo negociaron en su nombre.

En 1231 se produjo, por parte de los notables moros, la aceptación de la soberanía del rey Jaime, estatus que mantendría mucho tiempo una masiva población musulmana en la isla hasta que, ya en el año 1287, el rey Alfonso III de Aragón procediera a su conquista efectiva, derrotando a su caudillo, Abú Umar, y fuera repoblada por cristianos, aunque siguió teniendo una buena parte de habitantes islámicos cuya connivencia con los piratas fue siempre un quebradero de cabeza y acabó con el destierro de casi todos.

Más fáciles fueron de someter Ibiza y Formentera, que se entregaron sin excesiva resistencia en el año 1235 y que fueron en buena parte repobladas por campesinos provenientes de Ampurias.

Pero el gran objetivo, casi la obsesión de Jaime I, era Valencia y todo el territorio colindante hacia el sur, la auténtica. Tras la efímera conquista cidiana, había pasado por épocas muy diversas y algunas de esplendor, como en los tiempos del rey Lobo, Ibn Mardanis. Bajo los almohades había decaído, pero seguía siendo una de las zonas más florecientes de todo al-Ándalus.

Estatua ecuestre de Jaime I en el Parterre de Valencia (Agapito Vallmitjana, 1891)Wikimedia Commons

Dejando al margen las acciones de diversos nobles que buscaban señorear ciertos enclaves, el rey Jaime preparó concienzudamente una campaña que consiguiera una conquista definitiva de todo el territorio y que, aposentando a repobladores, la dejara para siempre ya bajo dominio cristiano. En esta ocasión, y al contrario que en las Baleares, las huestes de Jaime I contaron con un número mucho más elevado y mayoritario de caballeros y tropas aragonesas.

La magna empresa, con tres partes muy diferenciadas, iba a durar nada menos que quince años. La primera fase tuvo como objetivo las tierras castellonenses y se culminó logrando primero que un noble aragonés, Blasco de Alagón, le entregara la potente fortaleza de Morella, para luego ya él tomar Burriana y Peñíscola en 1233. El castillo de Castellón, aunque tomado por los cristianos antes, no sería cedido al rey hasta el año 1242 y mediante un arduo pacto llamado el «laudo de los tres obispos», pues tres mitrados hubieron de participar en él.

Ya para entonces Jaime I había logrado apoderarse de la pieza esencial, la ciudad de Valencia, que fue la gran meta de la segunda ofensiva. Comenzado el cerco en abril de 1238, no logró su capitulación hasta finales de septiembre y tras tener que poner en fuga a una escuadra que el rey de Túnez había mandado en socorro de los sitiados. La entrada triunfal del rey en la plaza tuvo lugar el 9 de octubre. Esta segunda etapa tuvo su culminación con la toma de Alcira (1242), lugar donde se encontraba el único puente sobre el Júcar de toda la zona. Con ello, todo el reino musulmán de Valencia quedaba bajo su poder.

El tercer capítulo del plan supuso la llegada ya a los límites que se habían acordado con el infante castellano, luego Alfonso X, primogénito de Fernando III, en el tratado de Almizra, como frontera de influencia entre los dos reinos y por el cual las tierras al sur, lo que era el reino de Murcia, quedaban reservadas para Castilla.

Y aunque hubo diversas interpretaciones, ya que la zona había sido tomada por las tropas aragonesas, y algunas correcciones para que parte quedara en sus manos, las tierras murcianas fueron entregadas, cumpliendo lo acordado, a la corona castellana.

En el año 1245, Jaime I ya podía llamarse el Conquistador, pues había dado término a tomar el control definitivo sobre todo el territorio valenciano con la toma de la fortaleza de Biar; en 1248 Fernando III lograba apoderarse de Sevilla, la capital almohade, y el rey portugués, un año después, había sentado ya sus reales en el Algarve.

Pero, culminada la conquista, le quedaba al rey lidiar con la nobleza aragonesa, que consideraba las tierras conquistadas en Valencia como una prolongación de sus señoríos, a lo que el rey se negó, pugnó y consiguió convertirlas en su conjunto en un reino diferenciado, unido dinásticamente a la corona de Aragón, pero con su fuero diferenciado (Fueros de Valencia).

El reino se repobló conjuntamente tanto por aragoneses como por catalanes, pero durante bastante tiempo perseveró una importante población musulmana que se acogió a los pactos firmados en las capitulaciones, que les permitían mantener sus tierras y costumbres. La ruptura de ellos provocó la rebelión mudéjar de Al-Azraq y la consiguiente represión sobre ellos.

Jaime I prestó muy poca atención, sin embargo, a sus territorios al otro lado de los Pirineos, donde, por cierto, había nacido, y optó por entregar algunos de los enclaves en pactos con el rey francés. Sin embargo, cabe en su historia un intento de cruzada malograda y un tanto delirante hacia Tierra Santa y apoyando al emperador bizantino Miguel Paleólogo.

Los últimos momentos del rey Don Jaime el Conquistador en el acto de entregar su espada a su hijo Don Pedro, de Ignacio Pinazo Camarlench

La cosa había empezado en Toledo, en la Navidad de 1268, donde estaba para asistir a la primera misa de su hijo Sancho como arzobispo de la catedral. Allí lo encontró una embajada de los tártaros, enemigos acérrimos de los turcos, que le ofrecieron su ayuda en el empeño. Que llegó a ponerse en marcha y, de hecho, puso en marcha una potente escuadra en la que se embarcó, parece que con rumbo a Sicilia, pero que muy pronto se desbarató. Una tempestad hizo que la flota hubiera de volver a la costa y refugiarse.

Don Jaime fue a parar al cabo en su ciudad natal, Montpellier, y tal vez se lo pensó mejor, y estaba ya bastante mayor, así que decidió dejarlo como estaba y buscar el calor en los brazos de una de sus últimas amantes, la hermosa Berenguela, de las numerosas a las que frecuentó tras la muerte de su segunda mujer, la reina Violante de Hungría. También, ya en el año 1260, había muerto el heredero y primogénito, habido con la castellana Leonor, el infante Alfonso, por lo que el reparto de los reinos cambió y serían sus máximos beneficiarios los hijos de la húngara, dando al mayor, Pedro, la corona de Aragón, el condado de Barcelona y el reino de Valencia, mientras que Baleares serían para el pequeño, Jaime, junto al Rosellón, la Cerdaña y el señorío de Montpellier.

En sus últimos años, ya en claro declive, hubo de soportar, aunque nunca había dejado de incordiar, una mayor desazón de la nobleza, que llegó a una abierta rebelión al principio del año 1270 y que se prolongó durante cinco años, encabezada por un hijo bastardo del propio rey, hasta que el infante Pedro logró derrotarlos y matar a su hermanastro. Al año siguiente, en julio, fallecería ya el rey y Pedro III, el primogénito, se convertiría en soberano de un territorio, sin contar con los dominios de su hermano, que casi doblaba los que su padre había heredado siendo un niño y encima en poder de quien había derrotado y muerto a su progenitor, Pedro II. Sin duda, Jaime llevó y lleva muy bien puesto el apodo de «el Conquistador».