La gesta del nombre de Benemérita: los primeros y últimos caídos
Grandes gestas españolas
La gesta del nombre de Benemérita: los primeros y últimos caídos
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Todos hemos oído llamar Benemérita a la Guardia Civil, pero pocas palabras tan repetidas en la vida pública española tienen un origen tan cargado de sacrificio y tan ligado a la identidad moral de una institución. No es un título honorífico ni un apelativo nacido de la costumbre popular. Procede de bien merecido, bien nacido, benefactor y señala a quienes, por sus obras, son dignos de esa distinción.
El mandato fundacional: proteger al desamparado
Este espíritu se fijó desde el primer Reglamento del Servicio. En su artículo 32 se establecía que, en caminos, campos y despoblados, cualquier guardia debía proteger a toda persona en peligro o desgracia prestando auxilio y facilitando el socorro que estuviera a su alcance. Es un texto, que hoy sigue conmoviendo por su claridad moral. Precisaba que debía ampararse al viajero víctima de violencia, auxiliar carruajes volcados, recoger heridos o enfermos incapaces de continuar su marcha y contribuir a sofocar incendios en casas aisladas. En general, debían prestar todo servicio propio de una institución que se concibió como benéfica y protectora con un código ético que convertía al guardia civil en un servidor público en el sentido más literal y más noble del término. Ese mandato se convirtió en la columna vertebral del Cuerpo y en la raíz profunda del título de Benemérita.
La tradición: un padre y un hijo en la ceremonia
Primeras gestas
Los archivos del siglo XIX recogen episodios documentados protagonizados por hombres que, sin más escudo que su deber, se enfrentaron a la violencia de la naturaleza y a la fragilidad humana. El primero fue en1848, en la costa de Sanlúcar de Barrameda, donde guardias civiles lograron salvar a los súbditos ingleses de la goleta Mary, que había naufragado en medio de un temporal.
Pero de los episodios tempranos que cimentaron el título de Benemérita, uno se recuerda especialmente. No fue el más espectacular, ni tuvo especial repercusión, pero fue el primer servicio humanitario en el que guardias perdieron su vida y que serían los primeros de una larga lista que desgraciadamente llega hasta hoy y seguirá abierta.
Ocurrió en la castellonense de Oropesa del Mar, el 14 de septiembre de 1850. Aquella noche, una tormenta torrencial había convertido los caminos en trampas de barro. Por allí pasaba la diligencia-correo que viajaba de Barcelona a Valencia y llegaron noticias al puesto de que se había quedó atascada en el barranco de Chinchilla. El comandante del puesto, el Cabo 1º Benito Cepa, junto con los guardias Antonio Abad y Wenceslao Pérez, acudieron rápidamente al aviso y con arduos esfuerzos lograron salvar a los ocupantes y liberar el carruaje. Pero no solo se había quedado atascada esa diligencia, también lo estaba la que hacía el recorrido inverso, y otros dos guardias del mismo puesto, Pedro Ortega y Antonio Giménez, se dispusieron a asistirla y lo hicieron con rapidez y eficacia.
Pero, la diligencia recién auxiliada, tal vez excesivamente confiada por su exitoso rescate, continuó camino hacia Valencia, y al llegar al barranco de Bellver un lateral del camino cedía y el carruaje caía al vacío, y era arrastrado por un torrente furioso cargado de piedras, ramas y lodo. Ortega y Giménez llegaron los primeros a su socorro. No tenían herramientas, ni cuerdas recias para bajar por el talud, pero tampoco podían esperar que llegaran refuerzos. El tiempo corría, oían los gritos desgarrados de los pasajeros que pedían auxilio al verse abocados a una muerte segura. No se lo pensaron. Era su deber y se lanzaron al barranco para intentar salvarlos. La violencia del agua era imparable, y pese a sus esfuerzos, el rescate fue imposible. No solo murieron las trece personas que viajaban en la diligencia, sino también los dos guardias. Sus cuerpos aparecieron poco después en la orilla del mar, rodeados de restos del carruaje, de los caballos y los cadáveres de los pasajeros.
Duque de Ahumada
Ortega y Giménez fueron por tanto, los primeros guardias civiles que dieron su vida por salvar a otros. La Benemérita, con apenas seis años de existencia, ya demostraba su coraje. Y por orden expresa de Francisco Javier Girón, II Duque de Ahumada y V Marqués de las Amarillas se erigió un monolito en su recuerdo en el barranco de Bellver. Un monolito ante el que todavía hoy la comandancia de Castellón celebra una ceremonia anual.
Monolito en recuerdo de los que perdieron la vida
Poco después llegaba la epidemia de cólera En 1855, y el Cuerpo asumió tareas que nadie quería realizar: entrar en casas infectadas, trasladar enfermos, recoger cadáveres y ayudar a la población en pueblos devastados. En 1918, durante la gran gripe, volvieron a ser ellos quienes retiraban cuerpos, asistían a los contagiados y mantenían el orden en medio del miedo generalizado. A estos episodios se suman miles de intervenciones silenciosas que no figuran en los libros de historia pero que sostuvieron la vida del país: temporales, nevadas, rescates de montañeros, traslados de enfermos, incendios, búsquedas de desaparecidos, salvamentos en ríos, pantanos y mar. Cada uno de esos actos, repetidos durante décadas, fue sedimentando una identidad que se consolidó más en la sociedad que en el propio estado.
V. La consagración oficial de un título que ya existía en la conciencia popular
El reconocimiento oficial llegó en 1929, cuando el Gobierno concedió a la Guardia Civil la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia, con distintivo blanco y negro, por los innumerables actos de servicios abnegados, humanitarios y heroicos. En 1989, la preciosa denominación de la Orden Civil de Beneficencia fue sustituida por un nombre moderno la Orden Civil de la Solidaridad Social. La palabra solidaridad fue una imposición reciente, porque los españoles usaban otras como caridad, ayuda, compañerismo, humanidad, fraternidad. pero afortunadamente dio igual y el nuevo « palabro» no hizo olvidar el título de Benemérita, que permaneció en la memoria colectiva.
Los primeros y también los últimos: una dimensión circular
Cuando se evocan los nombres de Ortega y Giménez, los dos primeros guardias civiles fallecidos en acto de servicio humanitario en 1850, recordamos también a los últimos: dos guardias muertos en la localidad sevillana de Los Palacios arrollados por un camión y, sobre todo, a los asesinados en Barbate en 2024, Miguel Ángel González y David Pérez. La Historia adquiere una dimensión circular. Entre ambos episodios median casi ciento setenta y cuatro años, un país transformado, una sociedad distinta, una tecnología impensable para aquellos guardias con primeros uniformes de paño y tricornios forrados por sus mujeres con un sencillo hule que brillaba como el charol.
Dos agentes
La muerte de Ortega y Giménez fue consecuencia directa de la naturaleza desatada. Actuaron movidos por el mandato fundacional del Cuerpo, aquel artículo 32 que exigía proteger al desamparado, auxiliar al viajero, socorrer al herido. No tenían órdenes específicas, ni protocolos, ni equipos de rescate. Tenían un deber interiorizado y descendieron al barranco sin más herramienta que su propio cuerpo. Su enemigo era el agua, la noche, el barro, la fuerza ciega de una naturaleza hostil.
Funeral en Barbate
En Barbate, en cambio, el peligro no era natural, sino humano. Los guardias acudieron también prácticamente desarmados frente a un enemigo que sí disponía de tecnología, potencia y recursos. Aquellos seis agentes se aproximaron a una embarcación de alta velocidad con una zodiac que no estaba preparada para resistir un impacto deliberado, y no recibieron uno sino siete. Y dos de ellos perdieron su vida en un operativo marcado por decisiones que muchos consideraron insuficientes, tardías o directamente negligentes. La desproporción entre los medios de los narcos y los de los guardias no solo fue evidente, sino especialmente dolorosa, sobre todo porque sigue sin reconocérsele el ser profesión de riesgo.
La zodiac en la que fueron asesinados los dos guardias civiles de Barbate
Esa desigualdad en Barbate sacudió a la sociedad española. No fue solo la tragedia de dos servidores públicos, sino la sensación colectiva de que habían sido enviados a una misión imposible, expuestos a un riesgo que superaba con mucho la capacidad material que se les había proporcionado.
Su muerte impactó porque reveló una vulnerabilidad que la ciudadanía no esperaba ver en pleno siglo XXI: la de un Estado que, a veces, no protege lo suficiente a quienes lo protegen. Y, sin embargo, pese a esa precariedad, pese a la desventaja, pese a la amenaza evidente, los guardias actuaron. Se acercaron. Cumplieron su deber. Igual que Ortega y Giménez en 1850: los primeros descendiendo a un barranco; los últimos, aproximándose a una embarcación potencialmente letal.
La obediencia al deber, en ambos casos, no fue una consigna, sino una forma de ser porque forman parte de una misma genealogía moral. Son eslabones de una cadena que no se ha roto en casi doscientos años, que ha atravesado guerras, crisis, modernizaciones, ataques, masacres, ingratitudes y silencios, cumpliendo su misión esencial, aquella que la convirtió en Benemérita. una institución que, desde su nacimiento, ha entendido que proteger a los demás implica, a veces, pagar un precio extremo.
Uno de los detenidos por el asesinato de dos guardias civiles en Barbate (Cádiz)
Pronunciar el nombre de la Benemérita
Por eso, cuando España pronuncia el nombre de la Benemérita, homenajea la tradición moral de quienes la sirven, una herencia que custodian y honran, y que ha atravesado generaciones sin quebrarse. Reconoce a los que velaron en los caminos polvorientos del siglo XIX enfrentándose a los bandoleros, a los que en los días más oscuros e ingratos del XX dejaron su sangre y las de sus familias y a los hombres y mujeres que hoy, en pleno siglo XXI, siguen defendiéndonos a todos.
Cada guardia civil caído se inserta en esa cadena gloriosa que une a los vivos con los que ya no están, y que recuerda a la nación que la libertad y la seguridad nunca han sido bienes gratuitos, sino conquistas diarias sostenidas por esos hombres y mujeres que eligieron servir no como una obligación, sino como una declaración de honor.
El Papa Benedicto XVI, con el tricornio
El nombre de Benemérita reconoce el patriotismo y el amor a España de quienes encarnan lo mejor de ella —la firmeza en el deber, la nobleza en el sacrificio, la serenidad ante el peligro y la certeza de que el país se defiende, ante todo, con rectitud moral y con el orgullo de pertenecer a una Patria que merece ser querida.