Carmen Sylva era el seudónimo de la reina Isabel de Rumanía
Dinastías y poder
Quién fue Carmen Sylva, la reina de Rumanía y escritora admirada por Roosevelt
Estos escritos de la reina empezaron a estar firmados con el sobrenombre poético de Carmen Sylva, quizá incluso por sugerencia del rey Carol I, para diferenciar a la poeta de la reina
Aunque ocupó el trono de Rumanía, su pasión fue la escritura. Isabel de Wied, esposa de Carol I, firmó sus textos literarios como Carmen Sylva. En la historia europea encontramos otras reinas escritoras como Catalina la Grande o María Josefa Amalia de Sajonia, tercera esposa de Fernando VII. Pero ninguna rozó la buena crítica literaria que alcanzó Carmen Sylva.
Isabel de Wied nació y se educó en Alemania, entroncada con toda la realeza de su época. La propia emperatriz Victoria vio en ella una candidata perfecta para casarse con su primogénito, el futuro Eduardo VII, aunque este la descartó por su aspecto anodino y algo simple. Tenía, desde joven, el pelo cano y una mirada azul extraña.
A Isabel le gustaban la poesía, la pintura y las artes, y poco los galanteos cortesanos propios de su círculo. El heredero británico prefirió a Alejandra de Dinamarca, mientras que Isabel siguió vagando por palacios berlineses hasta conocer al entonces príncipe Carlos de Hohenzollern-Sigmaringen, de la rama católica de la dinastía prusiana y llamado a ocupar el trono de Rumanía, país que reivindicaba su independencia frente al enfermo Imperio otomano. Se casaron al poco tiempo, aunque ella nunca fue feliz.
Con la creación del reino de Rumanía se trasladaron a Bucarest. El país se implicó en la guerra ruso-turca de 1877 e Isabel desempeñó labores asistenciales conforme a los cánones de la realeza en aquellos días. Su labor fue —y sigue siendo— muy reconocida. Pero, aun cuando sus obras de caridad eran apreciadas, ella se refugiaba en su despacho del Palacio Real a escribir.
Carmen Sylva con Georges Enescu a la izquierda y Grigoraș Dinicu a la derecha
Su debut literario se produjo mediante la traducción al alemán de Poesías populares rumanas, poemas publicados por Vasile Alecsandri en su recopilación de folclore rumano. Después continuó publicando traducciones de la literatura rumana contemporánea, bajo el nombre de E. Wedi, una especie de anagrama de su propio nombre. Desde mediados de 1879 hasta la primavera de 1880 escribió tres poemas de más de doscientas páginas: Sapho, Hammerstein y Tormentas.
Estos escritos de la reina empezaron a estar firmados con el sobrenombre poético de Carmen Sylva, quizá incluso por sugerencia del rey Carol I, para diferenciar a la poeta de la reina.
Su pasión por la escritura no terminó ahí y, en el año 1882, publicó poesía, cuentos, traducciones y el libro Los pensamientos de una reina. «Se ha publicado en Viena un libro de la reina Isabel de Rumanía, la cual esconde su verdadero nombre bajo el pseudónimo de Carmen Sylva, libro que es un ramillete de observaciones y sentencias y que se está arrancando materialmente de las manos la aristocracia rusa y austriaca», leemos en El Tiempo (18 de marzo de 1882).
Algunas de sus obras fueron distinguidas por el premio Nobel francés Frédéric Mistral y su retrato aparecía como portada en las revistas literarias. Ella admiraba a muchos artistas y llegó a inspirarse en el músico George Enescu para publicar en 1904 En la pradera. Idilio rumano. Incluso el presidente estadounidense Theodore Roosevelt se declaró admirador de su estilo después de leer el volumen de traducciones de poesías populares, The Rhapsody of the Dâmbovitza.
Pero ser consorte real y escribir mayoritariamente en alemán privó a la primera reina de Rumanía de ser reconocida como la mejor escritora de su generación. Ella, que dominaba el rumano, prefirió que sus textos pudiesen traspasar fronteras y leerse en el extranjero. Lo veía como una oportunidad para que Rumanía diera a conocer sus valores nacionales en el contexto europeo y universal.
La reina Isabel fue una mujer muy teatral, que amaba las puestas en escena un tanto extravagantes. En el vestir tenía gran cariño por los estilos típicos de su país, generalmente de negro, usando un gran manto de pasamanería prendido con joyas exquisitas.
Le gustaba rodearse de su alta servidumbre, de chicas jóvenes admirándola a sus pies, en un mundo trágico en el que ella ejercía como protagonista. Fue amiga muy cercana, quizá la única, de otra lunática como ella, la célebre Sissi. María Valeria, hija de los emperadores austrohúngaros, la describe en alguna de su correspondencia y también lo hace la infanta Paz de Borbón, hija de Isabel II y princesa de Baviera por matrimonio, aunque esta siempre la admiró.
Carmen Sylva —o Isabel de Wied, según el momento—, la «hija del Rhin sentada en el trono de Rumanía», pasó largas temporadas en el palacio de Peleș, en Sinaia, en plenos Cárpatos, a poca distancia de la Transilvania del castillo de Bran, reconocido por la leyenda del conde Drácula que tanto la inspiró. Fue objeto de veneración casi idolátrica en todo el país, pero ella no fue feliz. Añoró siempre a su hija, muerta a los pocos años, y el no haber tenido un heredero que perpetuase la dinastía.
Tuvo que ser Fernando de Hohenzollern, sobrino de su marido, quien heredase el reino. Una Rumanía que se debatía entre cierto orientalismo y los aires de modernidad que parecían llegar con el nuevo siglo. No se llevó bien con quien iba a ser su sucesora y estaba llamada a ocupar su lugar: María de Sajonia-Coburgo, Missy, esposa de Fernando. Todo un duelo entre dos prima donna de la escena. A Isabel le costó alejarse del poder. Viuda desde 1914, falleció en Bucarest dos años después, cuando el país se batía en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.