Entrada de Hernán Cortés y sus aliados indígenas en Tenochtitlán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau presentado en 2019 el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (Ceseden)
Quién fue Isabel Rodríguez, la mujer que curó a los heridos de Cortés en Tenochtitlán
Isabel «no se conformó con ser compañera de su marino, sino que quiso poner todas sus dotes al servicio de la conquista de México», subraya María Saavedra
«Con los continuos males que sufrían, y con los ejemplos de valor que tenían siempre a la vista, habían llegado a ser buenos soldados», escribe el jesuita Francisco Javier Clavijero sobre las mujeres que acompañaron a Hernán Cortés en la conquista de México en su obra titulada Historia Antigua de México.
«Hacían la guardia, marchaban con sus maridos, armadas de corazas de algodón, espada y rodela, y se arrojaban intrépidamente a los enemigos», prosigue el jesuita. Estas mujeres se llamaban María de Estrada, Beatriz Bermúdez de Velasco, Juana Martín, Beatriz Palacios y la protagonista de este artículo: Isabel Rodríguez.
Jinete identificable con María de Estrada, cabalgando con Hernán Cortés. Lienzo de Tlaxcala
Aunque también hubo otras muchas mujeres «en la primera hora de México», tal y como explica la doctora en Historia de América María Saavedra en su obra América es nombre de mujer, solo estas cinco que menciona Clavijero y otros cronistas «tuvieron un papel activo en el combate».
La primera enfermera de la conquista
De Isabel Rodríguez sabemos muy poco sobre su vida. La Real Academia de la Historia menciona que «vivía en La Española, al servicio del virrey Diego Colón, antes de pasar a Cuba y unirse a los expedicionarios de Hernán Cortés». Saavedra, en su obra, amplía la información que tenemos sobre Isabel e indica que «era esposa de uno de los soldados de la hueste de Cortés, Miguel Rodríguez de Guadalupe».
Pero Isabel «no se conformó con ser compañera de su marino, sino que quiso poner todas sus dotes al servicio de la conquista de México», subraya Saavedra. Tras los sucesos de la llamada Noche Triste y la crudeza de los enfrentamientos, nuestra protagonista se dio cuenta «de que era necesario crear un cuerpo de personas que se dedicaran a atender a los heridos».
El cronista Cervantes de Salazar recogió, en su Crónica de la Nueva España, la excelente labor de Isabel como médico de las tropas de Hernán Cortés: «…como eran tan continuas las refriegas, salían de una parte y de los otros muchos heridos, de tal manera que no había día que, especialmente de los indios amigos, no saliesen cien heridos, a los cuales una mujer española, que se decía Isabel Rodríguez, lo mejor que ella podía les ataba las heridas y se las santiguaba».
Iván Vélez, escritor y experto en Hernán Cortés, apunta en su obra La Conquista de México que, «mientras los mexicas aprovechaban para entorpecer la circulación de los bergantines, en el campamento español se atendía a los heridos. Allí, entre rumor de los salmos, las heridas se quemaban con aceite y se entrapajaban. En estas tareas se mostró muy diestro el artillero Juan Catalán, pero también la piadosa Isabel Rodríguez y la mulata Beatriz…».
Escena del Códice Florentino
Y es que, según advierte María Saavedra en América es nombre de mujer, Isabel Rodríguez puso en marcha un colectivo de enfermería que acompañase de manera permanente a los combatientes. Así, coordinó y entrenó a voluntarias, tanto españolas como indígenas aliadas, para realizar esta labor.
«Además de su función sanitaria, no dudaban en caso de tener que tomar las armas para apoyar en los combates, tal y como han dejado constancia los cronistas que fueron testigos de aquellos momentos», detalla la también directora de la Cátedra Internacional CEU Elcano.
El periodista José María González Ochoa coincide con Saavedra y, en la pequeña biografía que realiza para la Real Academia de la Historia, afirma que «durante la campaña de conquista fue enfermera, aunque no dudó en tomar las armas en diversas ocasiones y ser miembro de los cuerpos de guardia».
Terminados los combates y vencida la ciudad de Tenochtitlán, Isabel Rodríguez «fue reconocida por sus méritos, y la Corona española le otorgó el título de médico honorario, profesión que hasta entonces era exclusiva de varones», recuerda la doctora en Historia de América.
Gracias a este título, Isabel pudo seguir ejerciendo la medicina en el territorio de México hasta el día de su muerte. Como la protagonista de este artículo, hubo otras muchas mujeres sin las cuales no se podría entender ahora la historia de América.