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El pintor Francisco de Goya. Obra de Vicente López PortañaMuseo del Prado

El misterio del cráneo de Goya: por qué el pintor fue enterrado sin cabeza

Cuando las autoridades diplomáticas abrieron la tumba de Francisco de Goya en Francia para repatriar sus restos a España, descubrieron que al esqueleto del pintor aragonés le faltaba la cabeza. Más de un siglo después, el enigma sobre el paradero de su cráneo sigue abierto

La historiografía del arte español documenta la vida y obra de Francisco de Goya y Lucientes, pero el periplo póstumo de sus restos mortales constituye uno de los episodios más complejos de los registros forenses y diplomáticos del siglo XIX. Lo que fue planificado como una repatriación oficial de los restos de un artista de relevancia internacional derivó en el hallazgo de una profanación que obligó al Gobierno de España a improvisar una solución institucional.

La muerte en el exilio

El 16 de abril de 1828, Francisco de Goya falleció a los 82 años en Burdeos, Francia. El pintor se había instalado en esta ciudad escapando del clima político instaurado en España por el absolutismo de Fernando VII tras el fin del Trienio Liberal. Aquejado de múltiples problemas de salud, sordera y problemas de movilidad derivados de una caída, pasó sus últimos días alejado de la Corte española.

El sepelio se organizó en el cementerio católico de La Chartreuse, situado en la misma ciudad francesa. Por razones logísticas y económicas, no se adquirió una sepultura individual. El cuerpo de Goya fue depositado en el panteón perteneciente a la familia de Martín Miguel de Goicoechea, su consuegro y amigo personal, quien había fallecido en Burdeos tres años antes, en 1825.

El mausoleo en 1898

Ambos féretros quedaron emplazados en la misma bóveda bajo una lápida común, donde permanecieron durante seis décadas sin que las autoridades españolas reclamaran formalmente el traslado. Hubo que esperar hasta 1888 para que el entonces cónsul de España en Burdeos, Joaquín Pereyra, reactivara e impulsara los trámites burocráticos necesarios para proceder a la exhumación y posterior repatriación de los restos a territorio español.

El hallazgo forense

La fecha fijada para la apertura de la sepultura fue el 16 de noviembre de 1888. El acto protocolario contó con la presencia del cónsul Pereyra, representantes civiles franceses y un equipo de médicos forenses y operarios del cementerio. Al retirar la losa y acceder al interior de la bóveda, localizaron dos cajas de madera severamente deterioradas por el paso del tiempo y la humedad.

Al examinar el contenido de los féretros, la inspección visual reveló una anomalía evidente: había restos óseos correspondientes a dos cuerpos humanos, pero un único cráneo. Los médicos forenses procedieron de inmediato a realizar un análisis antropométrico in situ. Tras medir la longitud de los fémures y las tibias, y analizar la corpulencia general de ambos esqueletos para cotejarlos con la estatura y los registros médicos conocidos de los dos difuntos, el dictamen oficial fue concluyente.

El cráneo hallado en la tumba pertenecía al esqueleto de Martín Miguel de Goicoechea. El cuerpo de Francisco de Goya carecía de cabeza, evidenciando una decapitación post mortem que se había ejecutado con precisión.

Exhumación de los restos de Goya en 1919Asociación Española de Pintores y Escultores

Ante la gravedad del descubrimiento, el cónsul Joaquín Pereyra paralizó el proceso y se dirigió a la oficina de telégrafos para enviar un comunicado urgente al Ministerio de Estado en Madrid. El texto, preservado en los archivos diplomáticos, rezaba exclusivamente: «Esqueleto de Goya sin cabeza. Sírvase vuestra excelencia darme instrucciones».

La resolución del Ministerio, emitida para evitar dejar en territorio francés cualquier fragmento óseo del pintor, consistió en ordenar el cierre temporal de la tumba y preparar el traslado conjunto e inseparable de los restos de ambos individuos, tal y como habían sido hallados.

Cabeceras de la época como El Liberal, La Época o la revista Blanco y Negro se hicieron eco del macabro hallazgo durante su exhumación en Burdeos. Cronistas como Eusebio Blasco relataron en sus columnas el incomprensible misterio de esta decapitación post mortem, un enigma de tintes casi novelescos que pareció quedar sin resolver hasta que, décadas más tarde, una insólita confesión familiar reabrió el caso en los quioscos.

El 20 de febrero de 1943, el semanario El Español lanzó en su primera página un titular que sacudió el panorama cultural: «¿Robó mi abuelo la calavera de Goya?». En aquel célebre artículo, el nieto del pintor asturiano Dionisio Fierros aseguraba que el codiciado cráneo, probablemente extraído por frenólogos en Francia, había terminado cruzando la frontera para servir como tétrico modelo de estudio en el taller de su abuelo.

La frenología como móvil de la profanación

El análisis histórico sobre el robo del cráneo apunta de forma unánime hacia un móvil vinculado a la investigación médica y antropológica de la época, concretamente a la frenología. Durante el siglo XIX, esta doctrina, desarrollada por el anatomista Franz Joseph Gall, gozó de gran prestigio en los círculos académicos europeos. La frenología establecía que la inteligencia, las aptitudes artísticas y los rasgos de la personalidad de un individuo podían ser localizados y medidos mediante el estudio topográfico de las protuberancias y dimensiones del cráneo.

Esta corriente provocó una demanda inusual de cráneos pertenecientes a personajes históricos destacados o criminales notorios, derivando en profanaciones documentadas en toda Europa, como fue el caso del compositor austriaco Joseph Haydn.

En el contexto del fallecimiento de Goya, los indicios apuntan al doctor Jules Laffargue, médico vinculado al asilo local de Burdeos que examinó al pintor durante su estancia en la ciudad, o a estudiantes de medicina de su círculo cercano. La hipótesis principal sostiene que la separación de la cabeza no se produjo tras el cierre de la tumba, sino en el periodo transcurrido entre el fallecimiento y la inhumación, facilitando así el acceso al cadáver antes de su traslado al cementerio de La Chartreuse.

La ubicación definitiva en Madrid

El traslado institucional de los restos óseos concluyó oficialmente en 1899. Los esqueletos de Goya y Goicoechea llegaron a Madrid y fueron inhumados inicialmente en la Sacramental de San Isidro, dentro del patio designado para hombres ilustres, compartiendo espacio con literatos y figuras políticas de la época. Permanecieron en esta ubicación hasta 1919, año en el que el Estado aprobó su traslado definitivo a la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid.

La decisión estuvo fundamentada en el valor patrimonial del edificio, cuya bóveda y cúpula albergan los frescos pintados por el propio Goya en 1798.

En la actualidad, una lápida de granito situada a los pies del altar mayor identifica el lugar exacto de la sepultura. Bajo ella reposan, de manera conjunta e indivisible, los restos del pintor y de su consuegro.

Los registros de la exhumación de 1888 siguen vigentes: el cuerpo de Francisco de Goya permanece sepultado sin su cráneo, consolidando un vacío patrimonial que la investigación histórica no ha logrado subsanar.