Fundado en 1910
El bote de Subh

El bote de Subh

El bote de marfil que un califa regaló a una esclava vascona y que hoy guarda el Museo Arqueológico Nacional

Su venta a un coleccionista privado en 1911 hizo que el gobierno interviniera para que no saliera de España

El bote Subh, tallado directamente en un colmillo de elefante, es una de las estrellas de la colección del Museo Arqueológico Nacional.

Lo primero que sorprende del bote es su intrincado detalle: aunque solo tiene 18 cm de altura y 11 cm de diámetro, las tallas de hojas, palmeras, pavos reales y gacelas nos transportan al esplendor palatino de Medina Azahara. La caja tiene una tapa en forma de cúpula con una bisagra y broche de plata, y pudo usarse para guardar joyas y perfumes.

Palacio de Medina Azahara, a las afueras de Córdoba

Palacio de Medina Azahara, a las afueras de CórdobaGetty Images/Emily M Wilson

Una inscripción cúfica (caligrafía musulmana) que rodea la tapa nos revela sus dueños originales. Dice así: «La bendición de Dios al imam, el esclavo de Dios, Alhakén Al Mustansir bi'llah, el príncipe de los creyentes. De lo que se ha ordenado fabricar para la señora madre del príncipe Abderramán, bajo la dirección de Durri As Saghir, en el año 356 de la Hégira». Es decir, lo encargó el califa Alhakén II para la madre de su hijo Abderramán en el año 964 d. C.

Alhakén II era el hijo de Abderramán III, azote de los reinos cristianos y de los fatimíes del norte de África, el mismo que mandó construir Medina Azahara y la monumental mezquita de Córdoba.

Su hijo Alhakén le sucedió cuando ya contaba 49 años de edad, y aprovechó la prosperidad política y militar heredada de su padre para hacer de Córdoba el mayor centro del saber del mundo conocido: la biblioteca de Córdoba era la mayor que había existido hasta la fecha, y la capital andalusí dio filósofos y científicos de la talla de Maimónides y Avicena. Había, sin embargo, un problema: el califa no tenía herederos. Los cortesanos, preocupados, buscaron esclavas para el califa, quien, al contrario que su padre, no había mostrado interés en mantener un harén.

La elegida por Alhakén fue Subh, conocida como «la vascona» (al-baskunsiyya), quien probablemente fue raptada en una de las incursiones a los reinos cristianos, o era descendiente de cautivos del norte de la Península. Si bien se ha dicho que su nombre cristiano era Aurora, esto parece ser una invención posterior de un cronista.

Subh era una jawari, «esclava cantora», mujeres que eran entrenadas para entretener, además de con su belleza, con su habilidad para el canto y la poesía. Tuvo dos hijos con Alhakén: Abderramán, al que hace referencia el bote de marfil y que moriría siendo niño, e Hisham, quien finalmente sucedería a su padre. El bote parece ser un regalo de agradecimiento por haber dado a luz al heredero del califa.

Mosaico en la que representa una escena cortesana de entretenimiento, posiblemente musical o poética

Mosaico en la que representa una escena cortesana de entretenimiento, posiblemente musical o poética

El esplendor del califato omeya de Córdoba, sin embargo, estaba viviendo sus últimos días. Hisham subió al trono siendo niño, y su regente, el ambicioso Almanzor, gobernó en su lugar con mano de hierro. Rompió la tregua con los reinos cristianos que Alhakén II había pactado y emprendió una yihad o «guerra santa» que supuso una campaña de guerra y destrucción en la Península.

Destruyó también el legado cultural y científico de Córdoba, ordenando ominosas quemas de libros. Muchos intelectuales debieron exiliarse. A la muerte del caudillo, el califato se desintegró en los reinos de taifas. Subh tampoco acabó bien: había sido valedora de Almanzor, y a ella le debía en gran parte su meteórico ascenso en la corte: se rumoreó incluso que eran amantes. Sin embargo, la vascona pronto vio que no podía confiar en el regente de su hijo e intrigó contra él para apartarlo del poder. Almanzor descubrió la conjura y la condenó a arresto domiciliario: moriría poco después.

El bote de Subh acabó llegando a la catedral de Zamora, aunque no está claro cómo. En el siglo XIV ya está documentada su presencia en el tesoro de la catedral, donde se usó como relicario. Es por eso por lo que la pieza es también conocida como «bote de Zamora».

En 1911, el cabildo de la catedral lo puso a la venta, y lo adquirió un coleccionista privado. Sin embargo, el arqueólogo e historiador Gómez-Moreno, al enterarse, tiró de sus contactos en política para evitar que la pieza saliera de España.

El asunto llegó incluso a debatirse en las Cortes, con la intervención del presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas. Surgió una polémica en torno a la titularidad del patrimonio artístico eclesiástico, ampliamente recogida por la prensa nacional. Tras todo el proceso, el Estado optó por adquirir la pieza por el mismo importe que había pagado previamente el coleccionista, y quedó depositada en el Museo Arqueológico Nacional, donde puede verse hoy.

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