Pedro de la Gasca, un eclesiástico español enviado al Perú, enfrentándose al conquistador Gonzalo Pizarro

Pedro de la Gasca, un eclesiástico español enviado al Perú, enfrentándose al conquistador Gonzalo PizarroGTRES

El hermano de Pizarro que se rebeló contra Carlos V por las leyes que protegían a los indígenas

Los encomenderos eran muy poderosos, ricos, sostenían un sistema feudal, habían obtenido sus privilegios mediante capitulaciones con el Rey y se opusieron con violencia en algunas partes a la nueva ordenación

En 1542, el emperador Carlos promulgó en Barcelona las llamadas Leyes Nuevas (Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por su Majestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios), que supusieron un cambio radical en el trato a los pueblos americanos.

Resumiendo, se prohibió su esclavitud y fue sustituido el sistema de encomiendas creado por las Leyes de Burgos de 1512 por los repartimientos. La encomienda se había convertido en una forma encubierta de esclavitud y, con el repartimiento, aunque los indios no tuvieron la plenitud de derechos y estaban sometidos a una especie de vasallaje, sí que se evitaron los abusos más gruesos. Pero la aceptación de estas normas no fue pacífica en todos los territorios.

Los encomenderos eran muy poderosos, ricos, sostenían un sistema feudal, habían obtenido sus privilegios mediante capitulaciones con el Rey y se opusieron con violencia en algunas partes a la nueva ordenación.

El mismo año de las Leyes Nuevas se creó el Virreinato de Perú y se nombró al primer virrey, Blasco Núñez Vela. En su jurisdicción tuvo lugar la rebelión más importante, encabezada por Gonzalo Pizarro, entonces encomendero en Charcas (actual Bolivia). Fue elegido por los encomenderos para protestar, oponerse y recurrir la medida. Blasco Núñez era autoritario, de mal carácter y soberbio, pero consciente de su función.

No era un hombre para transigir, por lo que los encomenderos lo tomaron prisionero y lo embarcaron rumbo a España, aunque logró escapar. Mientras Gonzalo Pizarro entraba triunfador en Lima con sus huestes, el virrey desembarcó en Tumbes y se dirigió a Quito, donde estaba Pizarro, para formar un gran ejército.

Dibujo de Guaman Poma de Ayala, que representa a Gonzalo Pizarro (al centro) recibiendo a Francisco de Carvajal] (a la derecha)

Dibujo de Guaman Poma de Ayala, que representa a Gonzalo Pizarro (al centro) recibiendo a Francisco de Carvajal] (a la derecha)

El virrey no estaba solo; se le unieron algunos capitanes, como Sebastián de Benalcázar, y los indios curacas. Con eso, se refugió en Popayán. Pizarro logró engañar al virrey con una maniobra de distracción y, cuando este se dirigía a ocupar Quito sin guarnición, comprobó que era una añagaza y que los hombres de Pizarro lo esperaban cerca. No rehuyó la batalla.

Era el 18 de enero de 1546. Se encontraron en el valle de Iñaquito. Pizarro dominaba las alturas y tenía más hombres de a pie, aunque las caballerías parecían igualadas. La superioridad rebelde se impuso. El virrey murió valientemente y sus principales capitanes fueron heridos.

El bando del virrey tuvo unos trescientos muertos por solo siete de Pizarro. No se ensañó el vencedor con los capitanes y solo algunos hombres del virrey fueron ejecutados.

El gran cronista llerenense Cieza de León, que acompañaba al ejército de La Gasca, nos dejó una buena descripción de primera mano en su Tercer libro de las Guerras Civiles del Perú, el cual se llama La Guerra de Quito, publicado por Jiménez de la Espada en 1877.

El virrey no comprendía que los españoles se rebelaran contra su Rey y que sus capitanes cambiaran de bando, y Cieza describió su estado de ánimo: «En gran manera se aceleró el visorey, no pudiendo dejar de mostrar por su rostro la pena que lo interior de su ánima tenía, diciendo: '¡Esta tierra es el diablo! Grandes son los males que la han de cercar; nunca han de estar en paz unos con otros los que en ella vivieren. Hasta agora que lo veo, no creyera cuán sin mesura, sin temor de Dios e poca verdad y vergüenza negasen la lealtad a su Rey'».

El conflicto fue uno más en las guerras civiles de los españoles en Perú. Fue el enfrentamiento entre dos modos de entender la conquista. Los encomenderos representaban el ideal de poder sobre todo lo que creían tener tras conquistar un trozo de continente, sobre tierras y hombres, para hacerse más ricos y poderosos.

Óleo de Juan Lepiani que representa la captura de Atahualpa en Cajamarca

Óleo de Juan Lepiani que representa la captura de Atahualpa en Cajamarca

El virrey, que era el Rey en el lugar, trataba de imponer las nuevas leyes y proteger a los indios frente a los encomenderos. Tras su victoria, Gonzalo Pizarro se hizo nombrar gobernador de Perú sin oposición, y lo fue de hecho hasta que se organizó un nuevo ejército real al mando de Pedro de la Gasca, que partió de Panamá con dieciocho naves y desembarcó en Manta decidido a acabar con la ignorancia del poder del Rey.

Era un hombre de Iglesia que no tenía conocimientos militares, por lo que tuvo que poner al frente de las tropas a Hinojosa y Alvarado. Después de alguna derrota inicial y de la tajante negativa de Pizarro a tratar la paz honrosa, comenzó la guerra. Pizarro se había refugiado en Cuzco y La Gasca fue a su encuentro.

Los hombres de La Gasca creían en su superioridad y se plantaron ante los de Pizarro en el lugar elegido por este cuando abandonó Cuzco: el valle de Juaquijahuana. Esta vez fue el rebelde el que vio desertar a parte de sus hombres ante la vista de la mayor fuerza de La Gasca, que se impuso definitivamente en la batalla el 9 de abril de 1548.

A los cabecillas derrotados los juzgó de inmediato un tribunal presidido por el licenciado Cianca y Alvarado en un proceso sumario porque, como señalaba Prescott en La conquista del Perú (Madrid, 1851), la comisión no exigía largo tiempo: «el crimen de los presos era demasiado manifiesto, pues se los había cogido con las armas en la mano».

Gonzalo Pizarro fue ejecutado poco después cerca de Cuzco. Sus últimas palabras, según Prescott, revelan su carácter: «Muchos hay entre vosotros —dijo— a quienes la bondad de mi hermano y la mía han hecho ricos. Sin embargo, de todas mis riquezas nada me queda sino la ropa que tengo encima, y aun esta no es mía, sino del verdugo. Me encuentro, pues, sin medios para mandar decir una misa por el bien de mi alma, y os ruego, por el recuerdo de los pasados beneficios, que cuando muera me hagáis esta caridad, para que os sirva de descargo en la hora de vuestra muerte».

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