Mural 'Retablo de la independencia' del pintor Juan O'Gorman.
México tras la independencia: todo lo que heredó de España y dilapidó en 28 años
España deja al nuevo país en las mejores condiciones para convertirse en la primera potencia del mundo; sin embargo, el proceso de independencia acaba por destruirlo
Cuando, por desgracia para todos –para españoles y para mexicanos por igual–, en 1821 España tiene que abandonar el ya tricentenario Virreinato de la Nueva España porque se ha independizado, nace un nuevo país. Este adopta como nombre el de una de las doce intendencias que lo componen: México. España deja al nuevo país en las mejores condiciones para convertirse en la primera potencia del mundo.
Para empezar, España le deja a México cinco millones de kilómetros cuadrados. Compárese esa extensión con el millón novecientos mil kilómetros cuadrados que tiene en la actualidad, después de la separación de las cinco repúblicas centroamericanas –Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica– y de la pérdida frente a Estados Unidos de dos millones y medio de kilómetros cuadrados.
Estas pérdidas territoriales se producen con motivo de la Guerra de Texas, en 1836, y de la Guerra Mexicano-Estadounidense, que termina en 1848 con el ruinoso Tratado de Guadalupe Hidalgo. En ese momento, por cierto, Estados Unidos se niega a absorber la totalidad de México porque estima que «estaba lleno de indios», según palabras pronunciadas por el senador demócrata John Caldwell Calhoun en el Senado norteamericano el 4 de enero de 1848. Lo hizo en un discurso de veinte páginas con el que debió de agotar la paciencia de sus compañeros de cámara y que algún día habrá que tomarse la molestia de traducir entero, porque debió de ser fino.
España deja también a México diez mil kilómetros de costa en el Pacífico. Estados Unidos, en ese momento, no tenía ni un solo kilómetro de costa en ese océano; no los tendrá hasta 1848 y, precisamente, robados a México. México se convierte así en el país del mundo con más kilómetros de costa en el que es el océano más importante del planeta.
Además, España le deja tres mil kilómetros de costa en el Atlántico. En definitiva, México era el país más grande del mundo capaz de unir el Atlántico y el Pacífico, justamente lo que es hoy, y no por casualidad, la gran potencia del planeta: Estados Unidos.
Mapa del Virreinato de la Nueva España (1794)
Acapulco es entonces el principal puerto del mundo en el Pacífico. Es el puerto del Galeón de Manila y el de las grandes expediciones hacia Asia y América del Norte. Veracruz, también en México, es uno de los puertos más importantes del mundo en el Atlántico. México era, además, un importante productor de barcos en sus astilleros de San Blas, Acapulco y Veracruz.
Cuando España abandona México, acaba de dejar de operar la principal ruta comercial del mundo, el Galeón de Manila, aunque todavía es recuperable. Esta ruta permite acceder al gigantesco y lujoso mercado chino y de las especias. De hecho, origina en México dos de las grandes ferias del mundo, Acapulco y El Parián, además de convertir al país en el gran mercado entre Asia y Europa.
La moneda de México, el real de a ocho, está avalada por su peso en plata y por su prestigio y es la principal divisa del mundo. Tanto es así que, en ese momento, es también la divisa de los Estados Unidos de Norteamérica, donde la llaman Spanish Dollar. Además, es aceptada en los principales mercados del mundo, desde China o la India hasta Inglaterra u Holanda. Y no solo es aceptada, sino altamente apreciada.
Los propios yanquis llegan a llamarla «dólar mexicano». Dólar, por cierto, no es una palabra inglesa, sino la españolización de la palabra alemana thaler, una moneda austríaca introducida en España y en América por los Habsburgo y que dará origen a dólar.
Cuando en 1821 el Virreinato de la Nueva España se independiza de España, la ciudad de México, con casi doscientos mil habitantes, es la más poblada de América. Tiene sesenta mil habitantes más que Nueva York y es mayor que cualquiera de las ciudades estadounidenses. Cuenta también con una renta per cápita superior a la de cualquiera de las ciudades yanquis y con infraestructuras urbanas mucho mejores.
Su catedral era el edificio más alto de toda América y su Palacio Virreinal, el edificio más grande de todo el continente. Su cosmopolita población, formada por blancos, indios, mestizos e incluso negros y asiáticos, es bastante armónica. Además, se rige por unas leyes que el escritor alemán Alexander von Humboldt, autor de Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, definió como «sabias y humanas».
España deja también a México yacimientos metalíferos de la importancia de los de Guanajuato y Zacatecas. Le lega, asimismo, el territorio en el que, un cuarto de siglo más tarde, aparecerán las minas de oro más importantes del mundo: California.
También le deja el territorio en el que, medio siglo después, aparecerá el material que se convertirá en protagonista indiscutible de la Segunda Revolución Industrial: el petróleo.
Todo esto le deja España a México. Y todo esto se lo deja arrebatar México en el corto plazo de veintiocho años desde que accede a la independencia.
México debe iniciar un proceso de reflexión histórica que le conduzca a reconocer sus errores como nación –todas las naciones los han cometido– y dejar de interpretar el triste y lastimoso papel de quien busca por el mundo a alguien dispuesto a asumirlos por él.
Ese comportamiento solo conduce a ofrecer una lamentable imagen y, desde luego, a una importante merma de su propia autoestima y autorrespeto nacionales. Pero eso no ocurrirá mientras sus políticos continúen dirigiendo sus esfuerzos a eternizarse en el poder, aupados, precisamente, por un pueblo que dedica más tiempo a lamerse las heridas del pasado que a trabajar por su futuro.
Algo que, por cierto, se conoce bien en España, donde el panorama, desde ese punto de vista y aunque con otros actores y escenarios, no es muy diferente.