Franco y Mola (Burgos, 1936)
«El 17 a las 17»: el plan de Mola para tomar Madrid y hacer triunfar el alzamiento de 1936
Madrid debía caer. Si la capital se derrumbaba, el Gobierno caería con ella. Esa era la premisa sobre la que Emilio Mola construyó el plan militar del alzamiento de julio de 1936. Concebida para resolverse en apenas unos días, la operación acabaría transformándose en una guerra civil
Cuando en la tarde del 17 de julio de 1936 comenzaron los movimientos militares en el Protectorado español de Marruecos, los organizadores de la operación estaban convencidos de que todo podía resolverse en cuestión de días. España acabaría entrando, sin embargo, en una guerra que se prolongaría durante prácticamente tres años.
El plan pergeñado por el general Emilio Mola no perseguía una guerra prolongada de desgaste, sino el colapso del Gobierno mediante una serie de acciones coordinadas ejecutadas por las guarniciones comprometidas con el alzamiento.
Mola dirigía la trama desde Pamplona; Sanjurjo aguardaba en Portugal para asumir el mando supremo; Goded y Queipo de Llano debían desempeñar un papel esencial en la ejecución del plan. Franco, destinado entonces en Canarias, se sumó a la conspiración en una fase relativamente avanzada y todavía no ocupaba la posición central que alcanzaría posteriormente.
Madrid, el objetivo decisivo
Mola, conocido en la conspiración como 'El Director', había concebido un plan que otorgaba una importancia decisiva a Madrid. La capital concentraba las principales instituciones del Estado y poseía además un enorme valor simbólico. Como señalaba el propio general, cualquier acontecimiento triunfante en Madrid sería aceptado por buena parte de la nación como un hecho consumado.
Sin embargo, precisamente allí residía una de sus mayores preocupaciones. Los apoyos dentro de la guarnición madrileña resultaban insuficientes y la conspiración no había arraigado con la misma fuerza que en Navarra, Castilla o Aragón.
Ante esa dificultad, el plan adoptó una concepción operacional más ambiciosa. Si Madrid no podía ser dominada desde el interior, debía ser conquistada desde el exterior mediante la convergencia de varias columnas procedentes de diferentes regiones.
Las divisiones de Valladolid, Burgos, Pamplona y Zaragoza debían avanzar sobre la capital a través de los puertos de Guadarrama, Navacerrada y Somosierra. Paralelamente, otras fuerzas procedentes del Levante debían presionar sobre Madrid desde el este. La maniobra buscaba cercar la capital y provocar la rápida caída del Gobierno.
El esquema incluía además medidas características de las operaciones de control territorial de la época. Las autoridades militares debían declarar inmediatamente el estado de guerra, asumir las competencias de gobernadores civiles y alcaldes, asegurar las comunicaciones y ocupar los principales centros de poder.
Fuerzas republicanas desfilan en Ávila durante el verano de 1936
La Marina debía impedir movimientos adversos entre Marruecos y la península, mientras organizaciones civiles afines colaborarían en la consolidación del control de la retaguardia.
La apuesta por el Ejército de África
Durante junio de 1936, Mola introdujo un elemento estratégico de enorme relevancia: el protagonismo del Ejército de África. La Legión y las unidades de Regulares, consideradas las tropas más experimentadas del Ejército español, pasaban a ocupar una posición central en el plan.
Dos columnas debían desembarcar en Andalucía y avanzar con rapidez hacia Madrid a través de Despeñaperros. Aquella decisión reforzó de manera notable la importancia militar del general Francisco Franco, encargado de dirigir unas fuerzas cuya experiencia de combate era muy superior a la de la mayoría de las unidades peninsulares. Una vez asegurado el triunfo de la operación, debía regresar desde Portugal el general José Sanjurjo, el «León del Rif», designado para asumir el mando supremo del nuevo régimen.
El general Mola y el general Franco junto con otros generales sublevados
En los días previos al alzamiento, Mola distribuyó instrucciones detalladas a las juntas militares y a los mandos comprometidos. Las órdenes insistían en la concentración de fuerzas, la vigilancia permanente, la prevención frente a emboscadas y el mantenimiento de la disciplina en operaciones urbanas.
El 12 de julio, Mola transmitió un mensaje reservado a los conspiradores reconociendo que el entusiasmo y los apoyos disponibles no eran tan amplios como se había deseado. Pese a ello, insistió en continuar adelante.
Pocos días después se distribuyeron las claves telegráficas que permitirían comunicar el momento exacto de la sublevación a las distintas plazas militares. El sistema garantizaba la coordinación sin revelar los planes a las autoridades gubernamentales.
«El 17 a las 17»
La mañana del 17 de julio partieron desde Bayona los radiogramas definitivos dirigidos a Franco, Sanjurjo y los responsables militares en Marruecos. Todos contenían la misma instrucción: iniciar el movimiento «el 17 a las 17». La maquinaria se puso definitivamente en marcha.
La ejecución práctica del plan puede apreciarse en documentos como el bando promulgado por Gonzalo Queipo de Llano al asumir el mando de la II División Orgánica. En él se declaraba el estado de guerra, se prohibían las huelgas, se ordenaba la entrega de armas, se establecía el toque de queda y se disponía la incorporación de reservistas y voluntarios.
Tales medidas reflejan con claridad la lógica operacional concebida por Mola: asegurar la retaguardia, concentrar recursos y someter el territorio al control militar mientras las columnas avanzaban hacia los objetivos estratégicos previstos.
Cuando el plan chocó con la realidad
Pero la historia militar demuestra que los planes rara vez sobreviven intactos al contacto con la realidad. El levantamiento triunfó en numerosas regiones, entre ellas Navarra, Galicia, parte de Aragón, Castilla la Vieja, Canarias y el protectorado marroquí, pero fracasó en algunos de los principales núcleos urbanos del país. Madrid resistió. Barcelona permaneció fuera del control de los sublevados. Valencia tampoco cayó. España quedó dividida de una forma que ninguno de los contendientes había previsto.
La consecuencia fue inmediata. El movimiento militar no logró derribar al Gobierno, pero tampoco fue derrotado. El equilibrio resultante transformó radicalmente la naturaleza de la crisis. Lo que había sido concebido como una operación destinada a resolverse en cuestión de días pasó a convertirse en una confrontación de dimensiones nacionales.
Ambos bandos tuvieron que improvisar ejércitos, movilizar recursos, organizar retaguardias y prepararse para una lucha mucho más larga de lo imaginado inicialmente.
La muerte de Sanjurjo, apenas tres días después del inicio de la sublevación, privó además al movimiento de la figura llamada a ejercer su jefatura, precisamente cuando el plan comenzaba a desmoronarse y el conflicto adquiría una dimensión imprevista.
Madrid no había caído, el Gobierno no se había derrumbado y el plan de Mola había dejado paso a algo muy distinto de lo previsto: una guerra civil cuya duración y consecuencias nadie era todavía capaz de imaginar.
La lucha por el control de España acababa de comenzar.