Así comenzó la Guerra Civil española: del asesinato de Calvo Sotelo al alzamiento de julio de 1936
Se cumplen 90 años del comienzo de la Guerra Civil española, un conflicto fratricida que, lamentablemente, sigue de actualidad pese al reguero de destrucción y muerte que provocó hace ya muchos años y cuyas heridas aún no se han cerrado
La legión entrando en Badajoz el 14 de agosto de 1936
En 1936, España estaba constituida políticamente como una república desde 1931. Tras diferentes periodos en los que se alternaron Gobiernos de derechas e izquierdas, a las elecciones generales, convocadas para el 16 de febrero de ese año, concurrieron básicamente dos grandes formaciones.
Por un lado, una especie de coalición antirrevolucionaria de derechas, con la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) como principal partido, pero desgastada tras dos años apuntalando un Gobierno salpicado en los últimos tiempos por casos de corrupción.
Y, por otro, un Frente Popular que, recuperando la coalición republicano-socialista del primer bienio del periodo republicano, aglutinaba ahora, además, grupos minoritarios, pero tan influyentes como el Partido Comunista (PCE), el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) o el Partido Sindicalista (PS). La CNT-FAI declinó la invitación a unirse a este bloque, pero favoreció entre sus bases una libertad de voto que ayudaría a que la balanza se decantase hacia la izquierda.
Aunque los resultados fueron muy reñidos, mostraban una clara polarización en dos grandes bloques antagónicos, propiciada por las incendiarias declaraciones de los líderes de ambos bandos, las gravísimas alteraciones del orden público –quema de conventos e iglesias, asesinatos selectivos, huelgas violentas, etc.–y la trayectoria de inestabilidad –veinte Gobiernos en cinco años–. España se vio abocada así, sin remedio, a un enfrentamiento fratricida.
El panorama internacional no ayudaba a calmar los ánimos, sino que los exacerbaba. Las naciones occidentales continuaban muy afectadas por la crisis de 1929. Por el contrario, dos movimientos totalitarios, pero de signo contrario, parecían aumentar la prosperidad de sus respectivos pueblos y se alzaban como modelos para las juventudes del mundo: el comunismo, triunfante en la URSS desde 1917, y el fascismo de Mussolini, en Italia desde 1922.
El nazismo se asentaba en Alemania mostrando sus apetitos expansionistas, y países como Portugal, Hungría, Polonia o los Estados bálticos abrazaban la senda del autoritarismo. Europa, pues, también se polarizaba.
Aunque el Ejército español de los años treinta del siglo XX no era ya el de una gran potencia, no era tan obsoleto como algunos se han esforzado en mostrar. La polarización dentro de las Fuerzas Armadas era también patente, y sus oficiales se decantaban entre dos agrupaciones minoritarias, pero muy influyentes: la Unión Militar Española (UME) y la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA).
Llegados a la primavera de 1936, el deterioro socioeconómico se acentuaba: paro, huelgas, cierres patronales, detenciones sumarias, manifestaciones o pistolerismo. En su discurso del Primero de Mayo, Indalecio Prieto, uno de los principales líderes del socialismo, escarmentado por la experiencia insurreccional de Asturias, advertía del peligro inminente de un golpe de Estado.
La conspiración
La conspiración militar, que se había mantenido en estado balbuciente durante varios años, empezó a tomar cuerpo tras el triunfo del Frente Popular.
Desde el mes de marzo, algunos altos jefes militares comenzaron a conspirar y llegaron a dos conclusiones. La primera, que, por su prestigio, solo un general podría encabezar una sublevación: Sanjurjo, vencedor del Rif y el único que ostentaba el empleo de teniente general. La segunda, que únicamente otro estaba capacitado para organizarla: Emilio Mola.
General Emilio Mola
La idea inicial del golpe parecía consistir en derribar al Gobierno, no a la República, con el objetivo de ocupar la capital mediante divisiones peninsulares procedentes del norte y del este.
El 8 de marzo tuvo lugar en Madrid una reunión de militares conservadores, algunos ya retirados y considerados clave, en casa de un líder de la CEDA. Todos estuvieron de acuerdo en formar una junta con algunos generales veteranos que permanecerían en Madrid con el objetivo de dirigir la «organización y preparación de un movimiento militar que evite la ruina y desmembración de la patria», que «solo se desencadenará en caso de que las circunstancias lo hiciesen absolutamente necesario». El líder absoluto sería Sanjurjo, que en esos momentos residía en Lisboa.
Para contribuir a crispar aún más el ambiente, la izquierda continuaba demandando responsabilidades a quienes, bajo las directrices de la propia República, habían contribuido a sofocar la Revolución de Asturias de octubre de 1934, y exigía que fueran encarcelados y procesados. Sin embargo, solo el general moderado y republicano López Ochoa, que había dirigido el Ejército de Asturias, fue encarcelado y poco después liberado.
A primeros de abril, el Frente Popular votó en las Cortes la destitución del presidente Alcalá-Zamora. El objetivo de la coalición era consolidar el poder total de la izquierda, elevando a Azaña a la Presidencia de la República. El 8 de abril de 1936, Alcalá-Zamora fue depuesto como presidente.
Entre las filas de los insurrectos empezaban a aparecer ciertas fisuras. El veterano general monárquico Luis Orgaz, implicado en las primeras fases de la conspiración, fue destinado a Canarias por el Gobierno a primeros de abril. Estableció contacto con Franco y le censuró sus reticencias para unirse a la conspiración.
También Sanjurjo albergaba cierto resentimiento hacia él por no haberlo apoyado cuatro años antes y no haber aceptado su defensa en el consejo de guerra tras la «Sanjurjada». Pero, para Mola y otros conspiradores, la figura de Franco no era prescindible, ya que su prestigio aportaba una importante dosis de cohesión al proyecto conspirativo.
En junio, Mola había llegado a la conclusión de que, por sí solos, los acuartelamientos de la Península eran demasiado débiles para llevar a cabo toda la operación y de que la insurrección solo podía tener éxito si se trasladaba la mayor parte de las unidades de élite de Marruecos.
La jefatura de las fuerzas de Marruecos se le ofreció a Franco, cuyas reticencias iniciales a unirse a la rebelión eran patentes. Sin embargo, a finales de junio, por primera vez, parecía dispuesto a participar, aunque poco después volvería a cambiar de opinión.
Al estar destinado en Canarias, la cuestión clave era cómo transportarlo rápidamente al Marruecos español, para lo que se diseñó un plan que consistía en alquilar un avión privado denominado Dragon Rapide, que lo trasladaría al continente africano para hacerse cargo de las fuerzas allí destacadas.
El general Mola y el general Franco junto con otros generales sublevados
Franco, sin embargo, seguía dudando. Mientras tanto, el avión privado que se había contratado para recogerlo en Canarias y trasladarlo a Marruecos partió de Londres el 11 de julio. Al día siguiente, Franco envió un mensaje cifrado a los conspiradores en el que indicaba que para él no había llegado el momento de la insurrección y que aún no estaba preparado para participar.
Aquel mensaje, replicado desde Madrid, le llegó a Mola alrededor de las once de la noche del día 13 y generó gran consternación, pues ya se habían enviado mensajes a los militares de Marruecos para que comenzara la rebelión el día 18. Ante ello, Mola cambió algunas instrucciones y ordenó que, cuando estallara la insurrección, Sanjurjo volara desde Portugal hasta Marruecos para que tomara el mando de las fuerzas del Protectorado.
El alzamiento
Aunque el alzamiento estaba a punto de comenzar, lo que finalmente hizo decidirse a Franco y a muchos otros oficiales fue el clima de violencia política extrema que tuvo lugar en Madrid la noche del 12 al 13 de julio. Sobre las diez de la noche, el teniente José Castillo, oficial de la Guardia de Asalto, fue asesinado a tiros en una calle de la capital cuando se dirigía a cumplir con su servicio nocturno. Castillo era socialista y militante de la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA).
Al conocer el asesinato de Castillo, oficiales de la Guardia de Asalto acudieron inmediatamente al Ministerio de la Gobernación exigiendo autorización para detener a varios líderes conservadores que figuraban en una larga lista, incluidos Gil Robles y José Calvo Sotelo, el jefe monárquico del Parlamento, aunque estos, al ser diputados, gozaban de inmunidad.
El Ministerio lo autorizó y se constituyeron una serie de escuadrones heterogéneos compuestos por guardias de asalto, policías fuera de servicio y varios activistas socialistas y comunistas, dirigidos por el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés, que también había estado encarcelado por amotinamiento y actos subversivos en 1934.
Gil Robles no estaba en Madrid, pero Calvo Sotelo fue detenido sobre las dos de la madrugada en su domicilio. Introducido en una camioneta policial e iniciada la marcha, el pistolero Luis Cuenca le disparó un tiro en la nuca y luego otro en la cabeza, cuando el diputado de Renovación Española yacía en el suelo. La furgoneta de la Guardia de Asalto siguió el camino del cementerio del Este con sus ocupantes en silencio.
Al llegar, dejaron el cadáver de Calvo Sotelo junto a la acera, bajo un cobertizo de la entrada, y se marcharon, regresando al cuartel policial de Pontejos. Calvo Sotelo fue identificado a primera hora de la mañana siguiente.
Camioneta de la Guardia de Asalto adscrita al cuartel de Pontejos en la que fue asesinado José Calvo Sotelo la madrugada del día 13 de julio de 1936.
El efecto que se produjo fue como una descarga eléctrica. Ello fue lo que terminó de decidir a muchos indecisos, incluido el propio Franco, que recibió la noticia en su cuartel general de Tenerife en algún momento del 13 de julio. La situación límite de la que siempre había hablado como el único elemento que podía justificar una rebelión armada finalmente se había producido.
Menos de veinticuatro horas después de enviar una nota a Mola en la que decía que aún no estaba preparado para unirse a la insurrección, comunicaba su total compromiso con la causa y apremiaba a los demás para que el alzamiento comenzara cuanto antes.
El día 14 recibió una comunicación en la que se le informaba de que el Dragon Rapide, el avión privado fletado en Londres, había llegado a Gran Canaria y estaría listo para iniciar su viaje a Marruecos desde primera hora del día 15. A lo largo de aquel día y del siguiente, se prepararon los planes definitivos para la sublevación en Canarias.
El siguiente paso fue resolver su salida de Tenerife hacia Gran Canaria de forma autorizada para no levantar sospechas. Solicitó autorización al Ministerio para poder realizar una visita de inspección, permiso que le fue denegado, lo que solo le dejaba la opción de que el piloto del Dragon Rapide volara a Tenerife en horas de buen tiempo o de saltarse la orden y tomar el ferry nocturno hacia Gran Canaria, lo que sería el primer paso de la rebelión.
General Amado Balmes
Sin embargo, el asunto se resolvería de forma algo dramática cuando, al mediodía del 16, llegó un telegrama comunicando que el general Amado Balmes, subordinado de Franco y al mando de la guarnición de Gran Canaria, había muerto de repente en un accidente en el campo de tiro. Entonces, el Gobierno autorizó el viaje de Franco para asistir al funeral, que tendría lugar al día siguiente.
Tras arribar a Gran Canaria en un barco nocturno el día 16, Franco asistió al funeral de Balmes y aprovechó para organizar los preparativos del alzamiento que tendría lugar el día 18 al amanecer. Otorgó el mando de las fuerzas de Canarias al general Luis Orgaz, las cuales, con apoyo de civiles, tomaron el control total del archipiélago en los días siguientes.
La noche del 16 de julio de 1936, una unidad de las Fuerzas Regulares Indígenas de Marruecos recibía órdenes de abandonar su base en las cercanías de Alhucemas para iniciar una marcha nocturna con destino final en la ciudad de Melilla. No se trataba ni de unas maniobras ni de una orden cursada por el conducto reglamentario, sino de una iniciativa adoptada por un enlace de la conspiración. Fue, en rigor, la primera acción de la Guerra Civil española.
El alzamiento se inició de forma precipitada el 17 de julio en Melilla, al ser descubierta la conspiración. Sobre las 15.00 horas de ese día, en la Comisión de Límites de la ciudad se encontraban algunos jefes y oficiales de la plaza preparando las acciones que se desarrollarían al día siguiente, cuando fueron sorprendidos y rodeados por un grupo armado de guardias de asalto, al mando de un oficial y varios policías de paisano.
Los guardias rodearon el edificio. Los sitiados se aprestaron a defenderse con granadas de mano que les habían sido distribuidas y con sus propias pistolas.
Los policías se acercaron a la puerta y llamaron. Les salió al encuentro el teniente coronel Darío Gazapo, que serenamente les preguntó qué deseaban. El motivo era la orden de registro y detención de quienes allí se encontraban reunidos. El teniente coronel Gazapo y el capitán Medrano intentaron convencerlos de que, al ser aquel un edificio militar, no podían efectuar registro alguno.
Ese momento fue aprovechado por el teniente de La Legión Julio de la Torre Galán para llamar por teléfono a la representación de La Legión que estaba cerca, en la que se encontraba el sargento Sousa con un grupo de legionarios, y solicitar apoyo. Cuando los legionarios llegaron, encañonaron a los guardias y estos depusieron las armas. Era el comienzo del alzamiento armado.
El mensaje de que el alzamiento se había iniciado y había triunfado en Melilla le llegó a Franco por telegrama a las tres de la madrugada del día 18. Se vistió rápidamente y entró en acción. Acompañado del general Orgaz, se dirigió hacia la Comandancia Militar y, una vez allí, envió un telegrama mostrando su adhesión al alzamiento.
El jefe del Gobierno, Casares Quiroga, intentó hablar personalmente con él a primeras horas del día 18, pero Franco no se puso al teléfono. La suerte estaba echada.
Santiago Casares Quiroga pronunciando una arenga durante la presentación de Izquierda Republicana
Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes, por encargo de Azaña, telefoneó a varios jefes militares alzados con la intención de que depusieran su actitud. Consiguió hablar con Franco, quien le aseguró que el alzamiento no iba contra la República, sino contra el Gobierno del Frente Popular, pero se negó en rotundo a deponer su actitud.
El traslado de Franco desde Canarias hasta Tetuán para hacerse cargo del mando de las tropas africanas fue una operación llena de riesgos. Tras tomar un remolcador en el puerto de Las Palmas, se dirigió al cercano aeródromo para tomar el avión que lo esperaba. Despegaron alrededor de las dos de la tarde del día 18 e hicieron escala para pasar la noche en Casablanca, donde Franco se vistió con ropa civil y se afeitó el bigote para evitar ser reconocido.
A primera hora del domingo 19 de julio, el Dragon Rapide, desprovisto de radio, voló desde Casablanca hacia Tetuán, capital del Protectorado español. El despegue se realizó a las cinco de la mañana, cuando ya se aproximaba un grupo de policías y aduaneros franceses para identificarlo y, muy probablemente, detenerlo.
El avión alcanzó el aeródromo militar de Sania Ramel, en Tetuán, pero no se atrevió a aterrizar hasta que, desde el aire, Franco reconoció la figura del coronel Sáenz de Buruaga, apodado el Rubito por sus compañeros, señal de que el alzamiento había triunfado en Tetuán. Aterrizó y Buruaga le dio la contraseña acordada: «Sin novedad en Tetuán, mi general». Inmediatamente, Franco fue designado jefe del Ejército de África.
En esos momentos, el Gobierno de Casares Quiroga se hundió. El Protectorado marroquí había caído en manos de los insurrectos los días 17 y 18 de julio, pero el Gobierno anunció con cierta confianza que la rebelión estaba siendo contenida y que los rebeldes nunca pondrían un pie en la Península.
Sin embargo, en la tarde del día 18, los insurgentes comenzaron a tomar Sevilla, con lo que Casares se dio cuenta de que sus cálculos empezaban a fallar, de que había perdido su apuesta y de que la insurgencia, lenta pero implacable, se extendía por gran parte del país. Alrededor de las diez de la noche, Casares Quiroga y su Gobierno dimitieron en bloque.
En la noche del 18 al 19 de julio, mientras Franco volaba hacia Marruecos, Manuel Azaña se enfrentaba a una importante insurgencia militar y a una potencial guerra civil, poco más de dos meses después de haber sido elevado a la Presidencia de la República. Ante tal situación, Azaña se inclinó por una solución de compromiso y, a medianoche, convenció a Diego Martínez Barrio, líder más moderado de los partidos del Frente Popular, para que formara un Gobierno de centroizquierda que pudiera alcanzar un acuerdo con los insurrectos.
Soldados durante la Guerra Civil española
Martínez Barrio, que apenas había dormido en cuarenta y ocho horas, consiguió reunir a una coalición de ministros de los partidos más moderados de izquierdas, no muy diferente de la de su predecesor, Casares, pero más calmada en el tono. Alrededor de las cuatro de la mañana del día 19, comenzó a ponerse en contacto con los mandos militares regionales, la mayoría de los cuales todavía no se habían levantado en armas, para exigirles que no lo hicieran, prometiéndoles un nuevo Gobierno de conciliación entre la izquierda y la derecha.
Las negociaciones telefónicas consiguieron abortar la insurrección militar en Valencia y Málaga, pero no tuvieron éxito con el resto de los principales mandos rebeldes.
A primera hora de la mañana, llegó a oídos de los sectores más radicales y extremos del Frente Popular que el nuevo Gobierno estaba intentando alcanzar una solución de compromiso con los alzados. Alrededor de las siete de la mañana, una gran manifestación violenta se puso en marcha y agrupó a los partidarios de Largo Caballero, los comunistas e incluso el ala más radical del partido de Azaña. Poco después, un agotado Martínez Barrio dimitía. El intento tardío de llegar a un acuerdo había fracasado.
Azaña, viendo la situación desesperada en la que él y su Gobierno se encontraban, designó un nuevo gabinete de izquierdas republicanas más comprometido, encabezado por el ministro de Marina, José Giral. Durante varios días, los movimientos revolucionarios exigieron que el Gobierno entregara armas a sus partidarios con el fin de acabar con la insurrección.
Tanto Casares Quiroga como Martínez Barrio se habían negado en redondo, declarando que las masas armadas de revolucionarios conducirían invariablemente a un estado de anarquía, a la guerra civil y al fin de la República constitucional. Sin embargo, el nuevo Gobierno de Giral decidió no confiar solo en las unidades leales del Ejército y las fuerzas de seguridad, por lo que, a las pocas horas, anunció que iba a «armar al pueblo» y a disolver las unidades militares rebeldes.
El desenlace
Al amanecer del día 19, Franco aterrizaba en el Protectorado y tomaba el mando de la situación en África. Lo había hecho dejando sublevadas todas las unidades de Canarias. Con algunas zonas del sur de Andalucía alzadas, Marruecos asegurado y el archipiélago canario prácticamente dominado, se podía considerar que la conspiración había comenzado a triunfar con fuerza por el sur y se puso de manifiesto que, para que se consolidase, era imprescindible trasladar a las tropas de Marruecos y de las islas a la Península.
Al anochecer del día 18, en el sur solo se habían unido a la acción Cádiz y la muy importante base naval de San Fernando; Algeciras y parte del Campo de Gibraltar; la ciudad de Córdoba; Málaga, que sucumbiría en las jornadas siguientes; Granada, que se alzaría, aunque quedaría aislada en medio de territorio enemigo; Sevilla, y Huelva.
En el norte, Galicia, Oviedo, Navarra, Burgos, Palencia, Valladolid, Salamanca y Zaragoza cayeron en poder de los rebeldes, bajo el liderazgo de Mola.
En el centro, Cáceres, Ávila, Segovia y Teruel también fueron ocupadas por los sublevados.
Fuera de la España peninsular, en las Islas Baleares y Canarias, además de todo el Protectorado marroquí, quedaron en poder de los rebeldes.
El resto del territorio se mantuvo fiel al Gobierno de la República.
España aparecía así dividida en dos mitades ideológicamente irreconciliables y con características socioeconómicas perfectamente contrapuestas.
Dio comienzo una conflagración civil que absorbió otras guerras que confluyeron de manera inusitada en una sola: una guerra ideológica, una guerra religiosa, una guerra política, una guerra económica y, finalmente, una guerra de odios y rencillas, pero que, además, derivó en una confrontación internacional que algunos analistas han identificado como la antesala de la Segunda Guerra Mundial.
Se cumplen ahora noventa años de aquellos tormentosos sucesos. Una experiencia, en fin, de la que debemos aprender para que no vuelva jamás a repetirse.
- Antonio Ruiz Benítez es general de División (retirado) del Ejército de Tierra