El origen español de la bandera argentina: por qué la Albiceleste lleva los colores de los Borbones
La Albiceleste: el origen español que esconden los colores de la bandera argentina
Uno de los elementos más representativos y desconocidos de esa historia común entre estas dos naciones hispanas son los colores de la bandera argentina que la selección sudamericana lucirá el domingo frente a la selección rojigualda
España y Argentina disputan por primera vez una final del Mundial. La selección española, campeona de Europa, se medirá contra la vigente campeona de la Copa América y, al menos hasta el domingo, del mundo.
El pasado compartido entre las dos naciones hispanas es inmenso, pero uno de los elementos más representativos y desconocidos de esa historia común son los colores de la bandera argentina que la selección sudamericana lucirá el domingo frente a la selección rojigualda.
La Albiceleste toma su nombre de los colores de la bandera nacional argentina: el blanco y el azul celeste. El origen de la enseña está en el inicio de la sublevación de Buenos Aires contra la Corona española.
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El 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná, cerca de la ciudad de Rosario, el general porteño Manuel Belgrano decidió dejar de usar las banderas españolas que hasta entonces habían venido utilizando ambos bandos e izar una enseña propiamente nacional.
Un mito romántico sostiene que Belgrano alzó la cabeza y se inspiró en el azul del cielo y el blanco de las nubes que se extendían sobre él. La realidad, sin embargo, es que, para encontrar el origen de la bandera argentina, no hay que mirar al cielo, sino a los palacios y altares de la vieja España. Y es que ambos colores tienen una connotación profundamente española.
Belgrano y la Bandera
Empecemos por el blanco, históricamente vinculado a la Casa de Borbón. En el siglo XVIII, con la llegada de la dinastía de los Borbones a Madrid tras la guerra de Sucesión, el color blanco se convirtió en la seña de identidad indiscutible de la Monarquía española.
Los uniformes, las banderas de los ejércitos, los pabellones navales y los estandartes reales adoptaron el blanco borbónico como fondo común. Así, en España, al igual que en la Francia prerrevolucionaria, el blanco era el color indiscutiblemente asociado a la legitimidad de la Monarquía.
Aunque Carlos III recuperó el rojo carmesí como color representativo de España y, desde 1785, introdujo la rojigualda como pabellón naval, precisamente para diferenciarla de la de otros reinos borbónicos, en 1812 la Monarquía española seguía utilizando el blanco como color claramente asociado a la dinastía.
Si el blanco es de origen regio, el azul celeste es de origen religioso, ya que era tradicionalmente el color de la Inmaculada Concepción. La devoción de España por el dogma inmaculista fue desde muy pronto absoluta, y su defensa se convirtió en motivo de orgullo para la Monarquía española.
Fue Carlos III –un rey ilustrado, pero devotísimo– quien convirtió esta advocación en la gran protectora del reino. En 1771, el monarca creó la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III.
Esta orden distinguía a las personalidades más señaladas por sus servicios y fidelidad al rey y estaba bajo la protección de la Inmaculada Concepción. ¿Cuáles fueron los colores elegidos para la banda de esta condecoración, la más alta de la Corona? Tres franjas verticales: dos azules celestes y una blanca en medio, idénticas a las de la actual bandera argentina.
El rey Alfonso XII ataviado con el atuendo de gran maestre de la Orden, por Ramón Padró y Pedret
Hacia principios del siglo XIX, por tanto, los colores blanco y celeste estaban profundamente vinculados a la Monarquía española. De hecho, cuando las tropas británicas intentaron invadir Buenos Aires en 1806 y 1807, los criollos que defendieron la ciudad, entre ellos, el propio Belgrano, se organizaron en milicias como el Regimiento de Patricios, luciendo precisamente esos colores como muestra de fidelidad al rey.
Cuando, pocos años después, esos mismos criollos se alzaron contra la Corona, mantuvieron la escarapela blanca y celeste con la que ya habían combatido. El Gobierno revolucionario de Buenos Aires la adoptó como escarapela nacional y, poco después, Belgrano la usó como base para su nueva bandera.
Como él mismo reconoció en su correspondencia: «Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional».
La bandera albiceleste es, así, el reflejo perfecto de la compleja relación que une a Argentina con España: los mismos colores que se izaron para marcar la ruptura de todos los lazos con la Corona española son, paradójicamente, un símbolo indisolublemente ligado a la dinastía de los Borbones, pues funden el grito de la independencia con la huella indeleble de sus antiguas raíces hispanas.