El antiguo zar Nicolás II en Tsárskoye Seló tras su abdicación en marzo de 1917

El antiguo zar Nicolás II en Tsárskoye Seló tras su abdicación en marzo de 1917

«Fusilar al ex zar Nikolái Románov»: la sentencia sin juicio que acabó con la dinastía Romanov en 1918

En el verano de 1918, los bolcheviques asesinaron brutalmente al zar Nicolás II y a toda su familia en el sótano de la casa Ipátiev de Ekaterimburgo

Mientras la artillería del Ejército blanco se abría paso por los Urales, en la cercana y emblemática ciudad de Ekaterimburgo, los bolcheviques asesinaron brutalmente al zar Nicolás II y a toda su familia.

Con la excusa de un posible bombardeo, los revolucionarios obligaron a bajar al sótano al zar Nicolás, la zarina Alejandra, sus cinco hijos y los cuatro sirvientes que los acompañan en el cautiverio. El comunismo que se instaló en Rusia tapó lo que sucedió aquella madrugada del 17 de julio de 1918 en el interior de la casa Ipátiev. Pero el tiempo y varias investigaciones permitieron que la verdad sobre aquel macabro crimen saliera a la luz.

En cuanto llegaron al sótano, Yákov Yurovski, al frente del comando bolchevique, empezó a leer un documento: «Resolución del Presidium del Consejo Regional de los Urales... En vista de que las bandas checoslovacas amenazan la capital del Ural Rojo, Ekaterimburgo; en vista de que el verdugo coronado puede eludir el juicio del pueblo, la Presidencia del Comité Regional, en cumplimiento de la voluntad del pueblo, ha acordado: fusilar al ex zar Nikolái Románov, culpable ante el pueblo de innumerables crímenes sangrientos…».

Los Romanov visitando un regimiento durante la Primera Guerra Mundial.

Los Romanov visitando un regimiento durante la Primera Guerra Mundial.

El soviet local dio la orden de la ejecución, sin juicio, para evitar un posible rescate. En cuanto terminó de hablar, y sin que los miembros de la familia pudieran replicar nada, los milicianos dispararon sus fusiles y pistolas contra la familia Románov. Aunque pueda parecer un milagro, las duquesas resistieron la primera descarga porque las joyas familiares que habían cosido a sus corsés para que no se las robasen, hicieron de chaleco antibalas.

Para acabar con ellas, los verdugos dejaron de disparar y las remataron a base de culetazos y envestidas con las bayonetas en medio de un charco de sangre. Apilaron los cuerpos y los envolvieron en sábanas para poder sacarlos hasta el camión que esperaba fuera con el motor en marcha para que no se escuchasen los disparos.

Todavía en plena noche, condujeron hasta llegar a un bosque situado a las afueras de la ciudad, donde había un sector de pozos mineros conocido como Ganina Yama. La idea inicial era incinerarlos, así que desnudaron los cuerpos, los rociaron con ácido sulfúrico para desfigurar los rostros e intentaron quemar los restos, sin éxito.

Un asesinato poco encubierto

Debían hacerlo mientras fuese de noche, para evitar que les descubrieran. El plan inicial fracasó. Los cuerpos no se habían consumido del todo, así que recogieron los restos, los volvieron a subir al camión y los llevaron a un bosque cercano, a la zona de Porosiónkov Log.

Allí cavaron una zanja, volvieron a echar ácido sobre los rostros y los enterraron, sin que se supiera nada de ellos durante décadas. Cuando el Ejército Blanco recuperó el control de Ekaterimburgo en 1918, se asignó la investigación sobre el paradero de los restos al juez Nikolai Sokolov.

Jamás encontró los restos, pero recopiló casquillos y marcas de bayoneta en la Casa Ipátiev, además rastreó los pozos mineros de Ganina Yama. Con la victoria del comunismo en Rusia, el juez tuvo que huir a Europa para salvar la vida y se llevó el informe consigo. Estas indagaciones realizadas meses después del asesinato sirvieron de base para el resto de las investigaciones que varios países europeos realizarán a lo largo del siglo XX.

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